
Y que decir de sus viejas ciudades, tranquilas y acogedoras en las que no parece que el tiempo se haya apresurado para llegar a nuestros días.
Cuando vuelve el calor del sol tras la tormenta, se eleva al cielo, escalando las rocas, el vapor de agua hecho nube, blanca y ligera. Y al atardecer, cuando el sol ya cansado quiere ocultarse, el cielo se incendia y el agua del río se cubre de fuego.
Y las sombras se recortan sobre una luz aún cegadora que pronto dejará paso al brillante reflejo de la luna en la oscuridad de la noche
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