martes, 30 de agosto de 2011

La casa grande XV

Antes de llegar a los establos me detuve y pensé en que le diría al chico que me encontraría allí, sobre todo si al mirarme sus ojos brillaban y me hería otra vez con ese color gris que los hacía irresistibles. Eché una mirada a mi alrededor por si algo me indicaba cualquier otra presencia que no fuese humana, mas al no escuchar nada extraño ni ver ningún ser, a no ser que me observase sin que yo pudiera verlo, entré en las cuadras y vi a un mozo, de espaldas y desnudo de cintura para arriba, que se afanaba en limpiar un pesebre vacío. Tuve que admitir que su cuerpo era bonito y con ese color de  piel uniforme y en un tono de tostado que tiraba al ámbar, daban ganas de tocarlo y rozar sus fibrosos miembros superiores. No pareció oír mi llegada y ni se volvió para verme ni se inmutó tampoco cuando le di las buenas tardes. Y al mirarme sin extrañeza, ni mostrar alguna timidez por serle desconocido, me fijé que quien me veía de arriba a abajo tenía los ojos de un precioso color pardo transparente.
Y eso me tranquilizó y sonreí al tiempo que le felicitaba por el estado tan pulcro de aquellos establos. Y añadí: “Veo que deben gustarte los caballos. Pero aún no hay ninguno para que cuides los pesebres con tanto mimo y dedicación.... Sabes montar?”. El chico me dedicó una sonrisa tan sincera como agradable y respondió: “Señor, sé que pronto habrá un par de caballos en este establo y me anticipé a preparar todo esto para albergarlos como es debido...... Porque además también sé que serán de pura raza y a esos ejemplares hay que saber tratarlos....... Yo los cepillaré para que su capa esté siempre brillante y luzcan su bella estampa al trotar por los alrededores...... Nuca anduve  a caballo, pero aprenderé si a usted no le importa que los monte”. “Siempre tuviste esa afición por los caballos o es algo repentino?”, le pregunté para sonsacarle. Y él me contestó: “No. Pero desde hace poco me gustan. Y aunque no sé el por qué, quiero cuidar esos caballos que va a comprar y dedicarme a ellos”. “Pero de dónde sacaste esa idea de que yo quería tener caballos en esta finca?”, exclamé. Y Miguel miró hacia otro lado y respondió: “Lo sé. Eso es todo”. “Pero por qué crees saberlo?”, insistí. Y el chico sin volver a mirarme, dijo: “Me lo dice él”.
Y no tuve más remedio que gritarle: “Mírame a los ojos!”. Y allí estaba la mirada que imagina ver. Los ojos de Alfredo me sonreían desde la cara de ese chaval, seguramente inconsciente en ese instante de lo que decía y sucedía en su interior. Y fue su voz la que me habló para decirme: “No pensarás ir al río a estas horas?........ Te entretuviste demasiado, en casa de Amalia, supongo, y ya no nos da tiempo de ir a darnos un baño...... Será mejor dejarlo para mañana”. Me quedé callado mirando la transformación de Miguel en Alfredo y al ver que seguía sonriéndome, esperando que le hablase, dije: “Es necesario que hagas esto?....... Entiendo que quisieses atraerme a esta casa, pero por qué no lo has hecho de la misma manera que entonces?...... Por qué utilizas a otros para verme y hablarme?...... Eso no lo entiendo, Alfredo”. El me clavó su mirada y dijo: “Qué importa como me veas si sabes que soy yo?...... Mejor dicho, qué más da como deseas darme forma, si al fin y al cabo eres tú quien me hace real!...... Sólo existo porque tu mente me crea y me da cuerpo y espíritu, cuando tan sólo soy una idea, una sombra que nunca llegó a vivir...... Primero fue mi madre la que me hizo como a ella le gustaba que fuera y me puso los ojos y el nombre de otro..... Y luego tú y nadie más me hizo sonreír de un modo fascinador y puso sentimientos en un corazón irreal, pero que supo aprender pronto a desear y amar al que me daba vida. Te necesito para seguir siendo lo que deseas tener y no te atreves a admitirlo. Y sin mí tú no puedes continuar viviendo....... Soy esa parte de ti mismo que nunca has dejado salir para darla a conocer al resto del mundo. Soy tus sueños y tus pesadillas y los más secretos deseos de tu ansiedad”.
Me senté en una banqueta pegada a una pared de la cuadra y un calor sofocante me hizo sudar y me costaba respirar el aire que se volviera pesado de repente. Y con la voz quebrada, dije: “Alfredo, deja en paz a otras criaturas si al único que quieres poseer es a mí. Me rindo y no voy a luchar más por apartarme de ti ni engañarme creyendo que puedo olvidarte, cuando en todo este tiempo nunca me has abandonado ni despierto ni en mis sueños........ Sal de ese cuerpo y deja a Miguel que viva y tenga sus propios gustos y aficiones y no le hagas decir ni querer lo que a ti se te antoja....... Tanto Castor como él son buenas personas y demasiado jóvenes para que no les dejemos vivir sus sueños tranquilos...... Y a ti no te voy a negar que me gustan..... De sobra sabes lo que sentía al estar contigo jugando desnudos en el río. Pero ellos tienen otros gustos y aspiran a una vida a la manera que más les apetezca...... Y supongo que Sole también, aunque todavía no la conozco...... Déjate ver como eras antes, porque así me gustabas mucho más”. Cerré los ojos agotado de digerir lo que me estaba pasando y al abrirlos de nuevo me encontré con un Miguel muy asustado que me abanicaba con una mano y me preguntaba si estaba bien y que iría a llamar a Castor para que avisase a un médico por si mi desvanecimiento pudiese deberse a algo grave. 
“No hace falta que llames a nadie!”, exclamé. Y el chico se quedó parado sin dejar de mirarme con gesto de preocupación. Y le pregunté: “Qué pasó?”. Y Miguel respondió: “Estaba hablando conmigo y de pronto se puso blanco y se sentó ahí; y en cosa de segundos se le pusieron los ojos en blanco y luego balbuceaba palabras que no pude entender. Y las pocas que entendí no tenían sentido. Tardó poco en recuperar el conocimiento, pero menudo susto me dio!. Se encuentra bien?”. “Sí. Debió ser cosa del cansancio, pero ya estoy bien....... De todos modos ayúdame a levantarme y acompáñame a la casa”, le dije a Miguel. 
Y salimos de la cuadra despacio y yo me apoyé en el brazo del muchacho, que no dejaba de mirarme como si fuese a caerme de nuevo al suelo.  Castor nos vio venir y se acercó, primero sonriendo y al estar más cerca puso cara de interrogación, y preguntó si había sucedido algo. Y Miguel le contó a grandes rasgos el incidente y les dije a los dos que la cosa no era para tomarla de forma tan seria y que no se preocupasen por mí. Y ver tan pendientes de mí a esos chicos y notar con que afán me acogían, me obligó a replantearme mis planes respecto a la casa grande y comencé a dudar sobre si lo que pretendía hacer entraba dentro de la cordura. Quemando la casa y la finca alteraría no sólo la vida de ambos chavales, sino también el orden natural de los acontecimientos que se estaban desarrollando desde el primer momento que llegué a la casa. Y con la mano en el corazón me dije a mí mismo que no tenía ningún derecho a destruir todo aquello para sepultar malamente mis propios temores e indecisiones para plantarle cara a la vida tal y como realmente debía vivirla hasta el final de mis días.
Y esa aceptación de mi propio ser, pasaba por admitir mis pasiones más íntimas y escondidas y no negar mi necesidad de afecto y la dependencia a que estaba sometido por ese otro ser impreciso y sin término ni medida que que me obsesionaba desde mi más tierna juventud. Alfredo era tan real como yo, porque vivía en mí y yo reflejaba su forma en el contexto que me rodeaba. Sobre todo dentro de los límites de la finca de la casa grande, que me servía de escenario perfecto para darle cuerpo a mis ensoñaciones, que dejaban de ser irreales para encarnarse en un mundo creado en mi cabeza. O me equivocaba de medio a medio y ese mundo no lo ideaba yo sino Alfredo?. Y si él era la realidad y yo su ilusión para tomar forma y sentir la vida a través de otra existencia ajena y supeditada a su voluntad de ser algo cierto dentro del gran universo que todo lo engloba y trasforma hasta volverlo a su origen convertido en pura energía?. Era acaso el simple embalaje para contener esa fuerza superior que yo identificaba con Alfredo?. Mi cabeza me daba vueltas y sentí un dolor en la base del cráneo que me obligó a bajar la vista al suelo.
Sencillamente no quise luchar más contra hipotéticos gigantes, que tan sólo eran viejos molinos de viento, y claudiqué. Claudiqué de todo y respecto a todo. Y acepté lo que desde hacía tiempo debía haber admitido como mi verdadera y más real identidad. Y le dije a los dos chavales: “Desde hoy mismo habéis de considerar que esta es vuestra casa. Tan vuestra como mía, porque, entre los dos y con la ayuda de Sole, la habéis mantenido en pie y montasteis un hogar agradable y muy acogedor, tanto para vosotros como para mí...... Contaréis con la financiación necesaria para que ese negocio de las plantas prospere y también compraremos un par de caballos con buena estampa para que Miguel aprenda a montar y cumpla su deseo de cuidarlos. Y sé que pronto serás un experto en caballos y no me preguntes ahora como lo lograrás. Quédate tan sólo conque llegarás a conocer todo lo necesario para tratar con caballos....... Y en cuanto a ti, Castor, te encomiendo la administración de esta finca y la responsabilidad de remozarla y mantenerla mientras viváis en ella los dos....... Y para ello no es necesario que gastes tus ganancias, sino que yo correré con los gastos, porque a mí me corresponde hacerlo. Y por último, me gustaría dormir en la habitación que tú, Miguel, usas ahora; pero no quiero que te alejes demasiado de ella, porque deseo que duermas cerca de mí. Me gusta tu compañía y me sentiré más seguro si sé que te tengo a mi lado. Al lado de ese cuarto hay otro que es mucho más soleado y alegre. Y ese será para ti..... Espero que no te moleste hacer ese cambio?”. “En absoluto, señor. Además yo tengo otro cuarto en la parte del servicio. Ni sé por qué se me dio por dormir ahí unas cuantas noches!..... Pero si prefiere que me quede junto al suyo, lo haré de mil amores, señor. Estaré encantado de dormir en esa otra habitación...... Pero hay una cosa que debe saber. Cuando estuve arreglando los tabiques y retocando la puertas y ventanas, comprobé que entre las dos habitaciones hay una puerta que está tapada por el papel que tapizas las paredes. Lo sabía?”. “Sí..... Y mañana quiero que la descubras y dejes la puerta a la vista”, le ordené sin titubeos.
Y al oír eso, la sonrisa de Miguel quizás resultase enigmática para Castor pero no para mí. Yo sabía bien cual era el matiz de esa sonrisa y del gesto que dibujaban sus labios. Y aunque sus ojos no cambiasen de color, también supe qué quería decirme con su mirada elocuente y directa como un puñal que me lanzase al corazón. Les dije que necesitaba descansar un rato y subí al cuarto de Alfredo, que ya era el mío por derecho de propiedad. Me senté en la cama y al poco apareció Miguel con sábanas limpias para hacerme la cama, retirando las que él usara anteriormente. Y estuve a punto de decirle que por mí no se molestase y dejase las que estaban, pues no me importaría notar que él hubiera dormido antes en ellas. Pero no dije nada y el chico, con una diligencia asombrosa, mudó la cama y llevándose sus sábanas me dejó solo con mis pensamientos y deseos. 
Y tal y como estaba sentado me miré en el espejo del armario y me vi cambiado. Me pareció que mi semblante era más jovial y hasta mi cuerpo daba la impresión de haber rejuvenecido unos años. Me puse de pie y observé despacio mi propia figura y me vi todavía atlético y con un cuerpo bien definido que aún podía resultar muy atractivo. Y estando en esta contemplación, a mi lado apareció otra figura más joven y de aspecto ágil y elástico, mucho más guapo de lo que yo recordaba. Su tipo resultaba asombrosamente parecido al de Miguel; e inmediatamente comprendí por qué me resultara tan familiar y agradable el aspecto de ese muchacho nada más verlo. Más que sonreír, reí abiertamente al vernos juntos en el espejo y lo saludé: “Hola Alfredo....... Por ti no ha pasado el tiempo y sigues igual que entonces”. Sus ojos me abrasaron el alma y me respondió: “Ayer te dejé en el puente y hoy tardaste más de la cuenta en venir a buscarme para ir al río. Pero no importa porque iremos mañana y también todas las tardes que nos apetezca, pues ya no tienes que ir a ninguna otra casa. Ahora te quedarás en la mía conmigo. Y así no volverás a llegar tarde nunca más....... Mírate bien y verás que en un  solo día ni tú ni yo pudimos cambiar tanto como pareces creer. Siempre estás tan guapo que no puedo dejar de admirarte y desear estar contigo....... Además, mi permanencia en el tiempo sólo depende de que me recuerdes y me hagas presente. La inmortalidad simplemente consiste en que no te olviden y dejes de estar en la memoria de los vivos. A mí me creó una mujer en su recuerdo, porque me quería y no soportó que no llegase a ver a luz con mis propios ojos. Y mi madre, que me dio el nombre de su hermano, no fue quien me dotó de estos ojos grises, ni de una sonrisa que engancha a quien le sonrío. Esos atributos me los diste tú, porque son la sombra de los tuyos. Tus ojos verdosos se ven grises en mi cara y tu forma de sonreír, tan sensual, se vuelve encantadora en la mía, por que también lo es la tuya...... Soy el reflejo de ti mismo y ese muchacho que te recuerda a mí, es decir, a la idea que tu mismo te has forjado del ser que deseas y que amas desde que lo creaste en tu mente, es la tabla de salvación que necesitamos los dos para continuar viviendo y alcanzar la felicidad que nunca tuvimos plenamente”. Y Alfredo me besó de nuevo en los labios y creí morirme al contacto de su boca y al respirar su aliento, tan fresco y a la vez cálido que no pude resistirlo. 

domingo, 28 de agosto de 2011

La casa grande XIV


Una extraña sensación me inquietaba y se acrecentaba a cada metro que recorría para acercarme más a la casa grande. No estaba nervioso ni me dominaba el miedo o tan sólo un temor a encontrarme con algo inesperado, si es que tratándose de esa casa pudiese haber alguna cosa que me sorprendiese. Y al dar la última curva del camino, la vi, enseñoreándose del entorno como una aristocrática dama contagia el aire al abanicarse con elegante sensualidad. Me pareció la misma sin cambios aparentes ni en su fachada ni en el jardín que la rodeaba. Y, sin embargo, al apearme del coche y mirarla desde las verjas del portalón, me di cuenta que no estaba tan deslucida como entonces y los cristales de las ventanas y balcones no estaban quebrados ni estallados y hasta lucían limpios al darles la luz mortecina del final de la tarde.
Me quedé quieto sin intentar entrar empujando la puerta ni comprobar si estaba abierta o cerrada. Y un crujido de pasos me sacó de la estúpida parálisis en que me dejara el hecho de reencontrarme con esa mansión. Era un mozo de aspecto joven y sano, vestido con un peto de faena, que, al no llevar puesta una camisa, enseñaba a medias su torso y la fortaleza de unos brazos curtidos y acostumbrados a las labores del campo. No me sobrepasaba en estatura y al llegar junto a la puerta de hierro, me miró con sus ojos pardos, grandes y bien defendidos por largas pestañas; y lo único que se me ocurrió pensar al verlo fue que nunca había reparado en que los chicos de pueblo, aun con esos atuendos poco favorecedores, fuesen tan guapos como los niños pijos y bien acicalados que se ven en la ciudad.Y este lo era y mucho, además. 
El veinteañero me saludó sonriente y me preguntó, dándolo ya por hecho, si yo era el nuevo dueño de la mansión. Y afirmé con un movimiento de cabeza sin pronunciar todavía ninguna palabra. Y sin darme tiempo, él se adelantó y me dijo que se llamaba Castor. Y no le dije mi nombre puesto que me lo anticipó el chico, diciéndome que el anterior dueño le había informado de la venta y que tuviese preparada la casa y la finca para cuando yo llegase a ella. Y realmente, al fijarme más en todo, aquel jardín no era la selva que yo esperaba encontrar, ni la tierra estaba descuidada o los arbustos desmadrados y medio secos. El parque de la casa grande parecía otro del que yo conociera y el chaval sin duda se enorgullecía de ello a tenor de su mirada y la seguridad conque me recibía en la que ya era mi casa. 
Y abrió las dos hojas de la gran puerta de lanzas de hierro, ahora pintadas de verde oscuro en lugar de oxidadas como antes, y me preguntó si quería que él entrase el coche y lo llevase a una cochera que se había tomado la libertad de habilitar en un viejo galpón entre la casa y las cuadras. Accedí con otro movimiento de cabeza y entré en mi propiedad sin volver la vista atrás ni recapacitar en lo que me estaba pasando con cada paso que andaba para ir hacia la puerta de la casona. Castor llevó el coche y seguí mi camino para entrar en la casa después de tanto tiempo sin atreverme a volver a esa construcción, que por un instante me dio la impresión de tener vida propia.
Empujé la puerta y entré al distribuidor principal de la planta baja y me asombró que nada hubiese cambiado en tanto tiempo y que si entonces había suciedad por todas partes y telas de araña disputando el espacio a la mugre, ahora los muebles y objetos relucían y hasta las tapicerías y cortinas estaban como si fuesen nuevas. Sería acaso obra de Castor toda esa limpieza y orden?. Si era así, el chico era una joya y de inmediato me dio lástima que todos sus esfuerzos se fuesen al traste en cuanto le prendiese fuego a la casa con todo lo que había dentro. Mi intención era no salvar nada ni dejar algo que pudiera alimentar la memoria de quienes viesen en el futuro un sucio montón de escombros calcinados. Por quemar, quemaría hasta los árboles y todas las plantas, pero ya me daba mucha pena que todo el trabajo de ese voluntarioso joven se perdiese convertido en humo. 
Y estando en estas consideraciones y dudas, porque ya tenía serias dudas sobre lo que decidiera antes de llegar a la casa, oí a mi espalda la voz del chico que me preguntaba con un ilusionado tono de voz si encontraba todo a mi gusto. Y cómo iba a decirle que mi gusto era verla completamente abrasada. Yo esperaba que la casa estuviese en un estado contrario de como él la tenía. Deseaba ver una ruina para que mi labor de destrucción fuese menos drástica. Y no esperé más para preguntarle si el anterior dueño le mandara cuidar tan bien la propiedad y mantenerla en tan buen estado. Y di por supuesto que, además, le había proporcionado dinero para ello, dejándome de una pieza el muchacho al aclararme que todo lo hacía por su cuenta, a cambio del permiso del otro propietario para instalar un invernadero en el que cultivaba flores y plantas medicinales y también ornamentales. Con las ganancias de ese pequeño negocio se mantenía e iba poniendo parches en la casa para hacerla habitable. Porque él se alojaba en la mansión, usando uno de los antiguos cuartos del servicio. Me dijo que al ser más pequeño costaba menos mantenerlo caliente en invierno y para él y su novia no necesitaban una habitación tan grande como las del piso principal. 
Porque era la novia quien le ayudaba en la limpieza y con todo ese lío de tener las cosas de una casa en su sitio y preocuparse de la comida y otras faenas para las que a él no le quedaba tiempo si quería que todo aquello fuese arriba y no se perdiese todo su esfuerzo. Y antes de que yo le preguntase más sobre su relación con ella, me aclaró que, aunque Sole, que así la llamaron sus padres desde el nacimiento, vivía en el pueblo con su familia, a veces se quedaba en la casa; y lógicamente compartían la misma cama y habitación. Eso hizo que me acordase de mi mujer y de los años tan felices que vivimos al principio de nuestra relación. Y deseé sinceramente que estos dos chavales, tan jóvenes todavía, disfrutasen de sus ganas de vivir el gozo de amarse. La chica no estaba en la casa porque acababa de irse al pueblo y sentí un deseo enorme de conocerla y ver si era tan guapa como para hacer una buena pareja con ese novio que me estaba cayendo estupendamente.
Ese chaval me estaba gustando por su decisión y ansias de aprovechar la vida aclimatándose al entorno, pero amoldándolo a sus necesidades y aficiones de la mejor manera que sabía. Y para ser sincero he de decir que desde ese mismo momento entendí y vi claro que su tesón merecía al menos un respeto a su labor y no deshacer para acallar mis miedos y cismas todo lo conseguido con su esfuerzo. Y le pregunté: “Y vosotros dos habéis hecho todo esto?”. Castor bajó la vista al suelo y con una voz menos segura me respondió que no. Que en la finca estaba otro joven que les ayudaba en todo, aunque últimamente donde más tiempo pasaba era en los establos. “Acaso también hay caballos?”, le pregunté con tono de asombro. Y me pareció que el mozo dudaba en contestarme, pero al insistir respondió: “Todavía no....... Pero él me asegura que el nuevo dueño comprará un par de caballos de raza. Y por eso ha dejado las cuadras como un jaspe y se pasa la mayor parte del tiempo allí”. 
Algo me hizo pensar en lo que no deseaba, pero ya no era tiempo de eludir la verdad. Y le pregunté: “Y cómo es ese otro muchacho?”. Y Castor se apresuró a responderme: “Muy majo, señor. Y muy trabajador. Si no fuese por él no estaría la casa en estas condiciones. Fue quien pintó las rejas y ventanas, repuso los cristales de las ventanas y también limpió la piedra y repasó el tejado........ No se cansa de trabajar y tiene que ver como están de bonitas esas cuadras...... Porque no las ha visto todavía. O ya las conoce?”. “Las conozco. Estuve en ellas una vez, pero de esto hace muchos años. Tantos o más de los que tú tienes ahora”, contesté yo. Y añadí: “Y está allí ese chaval. Porque imagino que también es un chico como tú”. 
Me daba la impresión que Castor estaba deseando hablarme del chaval y comenzó a explicarse: “Sí. Debe tener la misma edad que yo .... Si quiere conocerlo iré a buscarlo y lo traigo para que lo vea. Es algo tímido y quizás se azore al ver a un hombre que todavía es un extraño para él. Pero le aseguro que es un tío de ley y muy cariñoso también. Mi novia a veces siente celos de él y me dice que ese chico es tan amable y agradable conmigo porque le gusto. Pero son cosas que se le ocurren a Sole, porque si un defecto tiene es el ser bastante celosa. A mi me gustan las mujeres y a Miguel supongo que también. Pero la verdad es que nunca va al pueblo ni menciona si tuvo novia o si alguna chica le gusta. Pero tampoco habla de si antes de venir aquí tenía amigos o familia. Apareció un día por la mañana, ya hace un año, y me pidió si podía darle agua y descansar un rato al pie de esa magnolia. Lo vi tan cansado y sucio que me dio lástima y le dije si quería lavarse. Y al verlo limpio y recuperado de la fatiga, me pareció un chaval muy agradable e incluso atractivo. Y sobre todo con cara de buena persona. E indagué de donde venía y cuales eran sus planes. Me respondió que venía de otro país y sus proyectos eran encontrar un trabajo y quedarse en un lugar tranquilo donde poder vivir sin más aspiraciones que estar bien y tener un lugar donde dormir. Y le ofrecí quedarse conmigo para que me ayudase a mantener la casa y repartir las labores con las plantas. Y aquí se quedó. Pero hace un par de meses que está raro y hace cosas que no me las explico. Pero él sabrá el por qué y yo me fío de él, pues hasta ahora no me dio motivos para dudar de su amistad y buenas intenciones, tanto conmigo como con mi novia; a pesar de las tonterías que se le meten a ella en la cabeza...... Usted creé que un hombre puede enamorarse de otro?”.  
Dude para darle una respuesta coherente con mis pensamientos al muchacho, pero no me devané demasiado los sesos y respondí: “Bueno. En este mundo hay de todo. Y desde muy antiguo hubo hombres enamorados de otros, que se han amado con tanta fuerza e intensidad como puede hacerlo un hombre y una mujer. Sin embargo, no debe afirmarse sin más que el afecto entre dos muchachos o hombres adultos tenga que ser necesariamente un amor acompañado de un deseo carnal de uno hacia el otro”. Creo que me pasé usando términos tan académicos, pero eso debió convencer a Castor, o al menos puso cara de estar de acuerdo conmigo. Y me volvió a preguntar: “Voy a buscar a Miguel?”. Y como un ramalazo que me espabilase de repente, dije: “No..... Deja...... No te molestes en traerlo........ Iré yo a la cuadra y hablaré con él. Seguramente estará ocupado con algo y es mejor no distraerlo. Aunque sea algo tímido y aunque lo coja desprevenido, no creo que se esconda de mí...... Quizá le de una sorpresa, pero estoy seguro que él y yo vamos a ser buenos amigos”.
Y Castor insistió de nuevo relatándome las virtudes de Miguel: “Lo que más le gusta es ir a bañarse al río. Pero si vamos solos los dos. Cuando está mi novia y quiere acompañarnos él busca un motivo para no venir y quedarse en la casa. Eso es lo que me desconcierta de Miguel. Que no le guste que los tres pasemos un buen rato desfogándonos en el río. Es como si para esos juegos en el agua sólo me quisiese a mí y a nadie más. La verdad es que cuando vamos solos lo pasamos estupendamente, porque nos tiramos al agua a lo bruto y nos damos caladas y hacemos carreras. Y, además no nos importa estar en bolas y tomar el sol tumbados como lagartos sintiendo el calor en todo el cuerpo. Cuando estamos solos parece otro y siento que es muy feliz al verme a su lado...... Y yo también lo soy, que conste. Me gusta estar con él y me siento más libre para decir y hacer lo que me de la gana. Es distinto a estar con Sole. Pero ella me atrae de otra manera y además está lo del sexo. Ahí si que gana ella a Miguel!. Es muy guapa, ya la verá mañana. Y creo que está muy enamorada de mí. Tanto como yo de ella. Esa es la verdad”.
Ya tenía ganas de conocer a ese Miguel y también a Sole. Pero dónde quedaban mis planes destructivos?. Mi pensamiento era acabar con la casa grande esa misma tarde. Pero, al ver la cara de Castor y el entusiasmo del chico con todo lo que había levantado en ella, mi ánimo comenzó a claudicar y aceptar la idea de demorar la ejecución de la sentencia que yo mismo había dictado contra la gran casona. O mejor dicho, contra Alfredo y contra mi mismo, realmente. Además, por el momento este fantasma de mis recuerdos no se había manifestado todavía, como en el fondo yo esperaba nada más pisar el suelo de la casa grande. Y eso era un factor positivo a tener en cuenta para suspender por unas horas o días el cumplimiento de mis designios de destrucción. Pero tuvo que volver a hablar Castor del otro chico y se me pusieron los huevos de corbata. 
Y dijo: “Lo que pasa es que, como ya le dije, de un tiempo a esta parte está muy raro. Y coincide con esa manía que le entró por los caballos. Se pasa horas en la cuadra como si ya estuviesen los animales en ella. Y creo que algunas noches ha dormido allí en lugar de hacerlo en su cuarto. Que además cambió de habitación, también, y le dio por dormir en una de arriba, que me parece que era la del hijo de los antiguos dueños de esta casa, que se llamaba Alfredo y le gustaban mucho los caballos. Parece ser que se mató montando uno que no estaba domado del todo. Casualidades de la vida, no cree?”. Y tanto que hay casualidades en la vida y vaya si debía creerlo!. Que me iba a contar ese chaval de los Alfredos!. O del único Alfredo si es que el mío era el mismo que el de Amalia, lo que todavía no tenía claro ni me atrevía a conjeturar nada al respecto. Y Castor añadió, por si fuera poca la leña que ya alimentaba el fuego: “Será que le contagió esa afición dormir en el mismo cuarto y lo poseyó el espíritu de ese Alfredo?....... Yo no creo que existan fantasmas....Porque usted no creerá en fantasmas, verdad?..... No existen. A que no?”.
Así como escuchaba a Castor me iba quedando rígido y sin aliento. Y con un temblor en las manos que me delataba, sólo pude gritar:”Voy al establo a ver a ese chaval...... De que color son sus ojos?”. Castor hizo un gesto de incomprensión ante mi reacción y pregunta, pero respondió: “Pardos como los míos, creo”. “No estás seguro?”, pregunté. Castor lo pensó unos segundos y dijo: “Sí. Pero como ya le dije anda raro y a veces al mirarme me parecen que cambian de color y parecen..... No sé. Puede que sólo sean figuraciones mías y no le pase nada raro a Miguel”. “De que color te parecen sus ojos?”, le interrogué casi gritando. El chico hasta se asustó al verme tan agitado y con una voz apagada me contestó: “Creo que se parecen a los de la señora del retrato de la sala. El que está sobre la chimenea...... Pero él los tiene pardos, señor. Son como los míos y no grises. Así que debe ser por efecto de la luz que algunas veces se los veo de ese color....... Y suele ser cuando estamos solos y me mira a los ojos, o si me habla de los putos caballos de los cojones, que solamente están en su mente y no en la cuadra..... Al oírlo se me pone la piel de gallina de tan real como ve a esos animales que todavía no existen. Parece como si ya los tuviese delante y pudiese tocarlos y montarlos........ Un día se puso tan pesado con ese tema que llegó a asustarme. Pero Miguel nunca ha hecho nada para que le tenga miedo porque le gusten tanto los caballos y me mire con unos ojos brillantes como luceros en una noche de luna llena”. “Y su sonrisa es fascinante”, añadí yo. “Sí”, contestó Castor. Y el chico se encogió de hombros sin entender del todo mi deseo de ir a ver al chico en lugar de que él viniese a presentarse al nuevo amo de la casa grande.

martes, 23 de agosto de 2011

La casa grande XIII


No logré volver a ordenar mis ideas después de la fugaz visión del rostro jovial y sonriente de Alfredo en el espejo de mi cuarto de baño. Sin verlo de nuevo me perseguía como la cola sigue en su vuelo a la cometa y no me dejaba ni a sol ni a sombra. Ese mañana en el despacho no pude rendir lo habitual y me largué antes de que alguien se diese cuenta de lo que me estaba pasando. Pero tras la comida y mientras paladeaba un café solo y con poca azúcar, tomé una decisión que no sabía bien cuanto tiempo tardaría en arrepentirme por tomarla. 
Y desde ese mismo instante en que mi cabeza tuvo lo que me pareció una idea genial, un hormiguillo se instaló en mi estómago que no me dejaba parar quieto ni un minuto. Estaba nervioso y a la vez excitado como si fuese a echar el primer polvo de mi vida. Y lo primero que podía hacer para efectuar mi proyecto, era informarme de quien era el dueño de la casa grande. Puesto que si quería destruirla definitivamente y con ella mis recuerdos, o mejor dicho mis fantasmas, sólo me faltaba convertirme en un delincuente al prenderle fuego a una propiedad privada que perteneciese a alguien concreto. No me importaba en que estado se encontrase la casa, ni su precio. Mi único interés era adquirirla y quemarla sin dejar en pie ni los cimientos. Haría lo que debí hacer cuando crucé el puente por última vez y que, cagado de miedo, no me atreví a pasarlo de nuevo para acabar con esa casona y todo cuanto significaba para mí entonces.
No fue fácil dar con el propietario de la casa grande y me costó unos cuantos meses ponerme en contacto con un representante de ese tipo para negociar la compra de la dichosa finca. El fulano resultó ser un nieto de un primo carnal de don Amadeo, a cuyas manos pasó la casa grande al morirse este señor sin otra descendencia. Le importaba un bledo la casa y todas las tierras que la rodeaban; y el hombre, como su padre y su abuelo, no se había gastado ni un chavo en conservarla ni procurar que no se derrumbase por puro abandono desde que quedara deshabitada. Sin embargo, su portavoz, supuestamente defendiendo los intereses de su mandante, intentó hacerme creer que aquella propiedad era un palacio y como tal pensó vendérmela a un precio exagerado, dando por hecho o solamente suponiendo que yo tenía mucho más interés en poseerla del que aparentaba al tratar de acercar posturas en la negociación. En todo el tiempo que duró el tira y afloja para adquirirla, no llegué nunca a ver en persona a ese fulano que la heredara, ni hablar directamente con él, pues siempre traté con su apoderado. Y en realidad no hubiese sido necesaria la presencia de ese señor a la hora de cerrar el trato y firmar las escrituras de compra, pues el otro tenía poderes bastantes para vender, pero por un momento me intrigó ese individuo y llegué a sospechar que podría tratarse de la misma persona que yo conociera aquel último verano en el pueblo.
Y si ese tío era Alfredo?, me planteé antes de cerrar el negocio. Y exigí que él fuese quien firmase los documentos de transmisión de la propiedad. Y así fue y el dueño de la casa grande vino a la notaría para la firma de la escritura. Cuando una señorita que trabajaba en la notaría me anunció que ya había llegado el vendedor, me dio un vuelco el corazón y deseé que fuese Alfredo, aunque al mismo tiempo temiese que lo fuera. Y ese hombre ni se llamaba Alfredo, ni se parecía a él. Y sus ojos eran pardos y su sonrisa apagada y triste. Lo miré sin verlo y escuché al notario leer el documento antes de que ambos lo firmásemos. Intentó decirme en que estado se hallaba la casa grande, pero le dije que  no me interesaba en absoluto como se encontraba el inmueble. Y por si le quedaban dudas de mi poco interés por lo que daba por hecho que era una ruina, añadí que no me importaba si estaba la mitad en pie todavía, o tan sólo quedaban cuatro piedras que recordasen que en ese lugar hubo una gran casa. Solamente quería ser su dueño y nada más. Lo qu eme callé fue el motivo de mi verdadero interés, que era destruirla.
La casa grande ya era mía y podía demolerla, si aún estaba entera, o quemar lo que quedase de esa mansión, sin que a nadie importase los motivos que podían impulsarme a hacer tal cosa. Y al ir a darle la mano para despedirnos, obviando las explicaciones sobre mis planes respecto a la finca, que él me requería e insistía en saber el destino que iba a darle a la casa, me quedé paralizado y me faltó la respiración al percatarme que sus ojos se tornaran grises y aquella boca que me hablaba sonreía como yo recordaba que lo hacía Alfredo. Sin duda me estaba volviendo loco de atar, o los nervios y la tensión del momento me hacía ver cisiones o delirar. Pero si me hubiesen tomado juramento sobre lo que pensaba en ese instante, diría sin vacilar que ese hombre no era quien decía ser, sino otro muy distinto. Otro que yo conociera hace años, siendo unos adolescentes, que decía ser el dueño de la casa grande y respondía al nombre de Alfredo. Mas ni podía asegurar que ese fuese su verdadero nombre ni tampoco que la casa le perteneciese como él decía. Ese Alfredo, o como se llamase realmente, seguía siendo un misterio insondable para mí y me llevaba de calle logrando que perdiera el juicio e hiciese locuras tales como comprar una ruina sin otro propósito que convertirla en cenizas, ni más valor que el de curar mi miedo apagando con fuego mis recuerdos.
Esa nueva aparición de la mirada de Alfredo en otro ser, que en nada tenía que ver con lo que creí vivir tiempo atrás, me llevó hasta mi coche y sin poder remediarlo me puse en marcha en dirección al pueblo, sin más equipaje que la desazón que envolvía mi alma al pensar que ese mismo Alfredo que jugara conmigo entonces, volvía otra vez a intentar hacer de mí su juguete. Pero esta vez quien jugaría con él sería yo y acabaría con ese espacio que le servía de cancha para volverme loco con sus regates y sus jugadas por sorpresa. Iba sin otra meta que quemar esa misma tarde la casa y cuanto me recordara a Alfredo y la velocidad me calmaba al sentir el aire y oír el ruido de mi marcha sobre le asfalto.
Tenía el pueblo a un tiro de piedra y detuve el coche para apaciguar mi pulso y calmar mi respiración. Recuperé el aliento y arranqué de nuevo para llegar a la casa de mis abuelos cuanto antes. En esa época del año estaba cerrada y me di cuenta que no llevaba las llaves, pues mi viaje fuera tan precipitado y sin pensarlo antes, que ni tomé las mínimas previsiones para alojarme, o procurar llevar el suficiente dinero para ello, ni por supuesto fui a pedirle a mi madre las llaves de esa casa donde pasara tantos veranos. Sin salir del coche sopesé la oportunidad de dar la vuelta y regresar a la ciudad, pero lo avanzado de la tarde me desaconsejó hacerlo y me dirigí al puente con intención de cruzar el río al otro lado. 
Al ver aquel viejo puente de piedra, paré dando un brusco frenazo y me apeé del vehículo sin atreverme a cruzar a la orilla de enfrente. Y apoyado en las vetustas piedras del petril que saltara el otro Alfredo con su caballo, si es que realmente ese Alfredo no era el mismo que yo creí otro distinto, intenté ver desde allí la casa de Amalia, por si en ella aún había vida. Pero la distancia, aunque no fuese mucha, era suficiente para no distinguir si sus ventanas estaba cerradas o abiertas. Y monté sin muchas ganas en el coche y muy despacio atravesé el puente y me acerqué a casa de Amalia. 
Y vi a mi buena amiga sentada como antes en su sillón de mimbre, pero más vieja, con el rostro surcado de arrugas y su cabello casi blanco. No sabía si me reconocería al verme, pero ni tuve que hablarle para oír su expresión de sorpresa diciendo mi nombre. Subí al corredor y ella me  besó llorando de alegría por volver a ver mi cara, que, como ella misma dijo, ya era la de todo un señor. Amalia estaba tan emocionada que no podía articular palabra. Y al decirle que había comprado la casa grande se llevó el índice de la mano derecha a la sien, insinuándome que estaba loco. “Pero cómo se te pudo ocurrir semejante idea?........ No estás en tus cabales, muchacho....... Esa casa no puede traerte más que desgracias. Y razón tiene la gente de este pueblo al no acercarse allí porque dicen que está maldita........ La última que se les ha ocurrido es que en ella hay fantasmas......... Ni que los muertos no tuviesen cosa mejor en que dedicar su tiempo, o lo que sea lo que ellos tengan, pues no creo que vean pasar los días y los años como los que aún estamos aquí!”, exclamó Amalia un tanto exaltada al decirlo. Y le pregunté: “Los del pueblo dicen que hay un fantasma o más?....... Alguno llegó a verlo de verdad y pudo describirlo, o son meras fantasías sin fundamento?”. Amalia cambió el cariz de su mirada y respondió: “Ya sabes como es la gente de inculta y de cédula para lo que no debe.... Y en cuanto algo les parece raro o no le encuentran una explicación mejor, lo atribuyen a causas sobrenaturales o de brujas,,,,, Aunque ahora esa pobres mujeres están bastante devaluadas en las creencias populares...... Nadie vio nada, ni podían describir ese fantasma que asusta a todo el que se acerca a la casa grande”. 
Eso ya me intrigó mucho más y consiguió que mis recelos y temores tomasen cuerpo en mi cabeza. E insistí: “Pero no sabes si ese espíritu es bueno o malo?...... Ha causado algún mal?....... Se presenta bajo el aspecto de un joven, o toma otra forma para hacerse patente?”. Y Amalia, con ganas de dar por zanjada la cuestión, me contestó: “Todo eso son tonterías..... Cómo va a existir un fantasma, ni más rabo de gaitas!....... Vamos!. Que ya eres un hombre hecho y derecho y cultivado, por si fuera poco!....... Además, si alguien tenía que haberlo visto y salir corriendo, si es como para tenerle miedo a ese fantoche, sería el joven que cuida de la casa grande...... Que es muy majo, por cierto..... El se encarga de mantener la finca sin que se la coman las malas hiervas y vigila para que la rapiña no haga presa en los objetos que todavía quedan dentro de esa casa........ Una tarde que pasaba por aquí ese chico, se paró a hablar conmigo y me dijo que el dueño de la finca lo contratara para eso; y él nunca se topó con nada raro ni encontró fantasmas en ningún rincón de la casa...... No te habló de ese mozo el que te vendió la casa grande?”. “No..... En realidad no quise que me dijese en que estado estaba todo eso ni le di tiempo a contarme esos detalles que tu me cuentas. Pero ahora iré hasta allí y supongo que veré a ese joven. Y él me dirá cuanto me interese saber”.
Amalia me ofreció algo de fruta, como antaño, pero no tenía apetito ni ganas de entretenerme más tiempo para llegar hasta mi propiedad y ver otra vez la casa grande, que ahora por fin era mía y de nadie más. Ahora no le valdría a ningún Alfredo decirme que esa mansión era suya, porque yo era su único dueño e iba a reducirla a cenizas cuanto antes. Y así se acabarían las leyendas y los cuentos sobre esa casa y sus posibles habitantes de ultratumba. El caza fantasmas había llegado y sus armas de exterminio de almas en pena eran muy eficaces para que quedase uno solo en la casa maldita. Yo la redimiría de su pasado y acabaría con las maldiciones que hubiesen caído sobre esas piedras, que a pesar del abandono y el paso del tiempo se resistían a desmoronarse del todo. 
Y después de darle un cariñoso beso a Amalia, encendí el motor de mi coche y partí rumbo a mi destino y mi nueva casa, que para mí era más antigua que vieja, dispuesto a una caza de brujas sin tregua ni cuartel para los Alfredos; o Alfredo, si solamente era uno el que pretendía darme la lata con sus guiños y solapadas apariciones en un rápido reflejo de mi mismo o la mirada robada a otro ser. Estaba enardecido con la idea de ver las llamas purificadoras y presenciar ese sagrado espectáculo de la redención de esa casona que tanto tuviera que ver en mi propio pasado. A pequeña escala me sentía un Nerón que destruiría para crear algo nuevo y diferente, más bello, más artístico y mucho más lógico que lo anterior. Destruir para renacer a un nuevo orden y a otra vida alegre y llena de luz al haberse disipado las tinieblas y las sombras de un pasado poco venturoso, tanto para la casa como para mí. Porque quizás a ambos nos faltó dentro un amor verdadero para poder ser felices y sentirnos satisfechos con nuestra existencia.

sábado, 20 de agosto de 2011

La casa grande XII

En medio del puente me paré en seco y miré atrás sin saber bien si quería ver si Alfredo venía en mi busca, o si era para cerciorarme de que no me seguía ni volvería a verlo si no me acercaba a la casa grande. Dudé si dar la vuelta y e ir a buscarlo o pasar al otro lado del río donde él no pasaría jamás. Y me decidí por lo segundo y eché a correr otra vez. Pero ya en la otra orilla y a salvo, me detuve y un coraje que me salía del fondo de mis testículos me hizo recapacitar y pensar que debería regresar al otro lado e ir a la casa grande y prenderle fuego para quemar con ella mis fantasmas y que con el humo se disipasen los recuerdos de esos días en que creí haber encontrado al mejor amigo que podía tener en mi vida. Además, sería una agradable venganza hacerle eso al muy cabrón que me estuviera tomando el pelo haciéndome creer quien no era. Y si esa era su casa, según decía el mismo, yo lo dejaría sin ella y tendría que irse por donde había venido al pueblo. Así aprendería ese imbécil por reírse de mí y jugar con mis sentimientos.
Y retrocedí unos pasos dispuesto a entrar en el puente, pero me paré porque me faltaron redaños y un miedo cerval se apoderó de mí. Creo que sentí verdadero miedo por primera vez en mi existencia y salí como alma que lleva el diablo tropezando contra todo y sin mirar lo que iba dejando a mi espalda. Iba tan rápido que daba la impresión que me pusieran alas para ir más ligero o se me estuviese quemando el trasero; y, sin embargo, a pesar de las prisas o precisamente por ellas, mi carrera era atropellada y mis movimientos incluso descompasados del pánico que llevaba en el cuerpo. Nunca olvidaré aquella sensación de huida de nada concreto y sí de algo que siendo impreciso, para mí era más real que todo el resto que veía en mi alocada carrera. Tenía la sensación que el aliento de Alfredo me daba en la nuca; y eso me hacía sudar por todos mis poros. O, en realidad, el sudor me brotaba por el esfuerzo del ejercicio y los últimos calores de la tarde, o simplemente por ir cagado de miedo ante la posibilidad de que mi mente admitiese la presencia de un ser incorpóreo que yo tomara por un cuerpo real. 
Fuese como fuere yo llegué a mi casa extenuado y empapado como si me cayera al agua del río. Mi madre se alarmó al verme y me obligó a sacarme la humedad del cuerpo quitando la ropa mojada e ir a darme un baño caliente para ponerme el pijama y tranquilizarme el ánimo antes de cenar. Obedecí sin rechistar y al terminar la cena dije que estaba muy cansado y quería dormir. Pero las horas pasaron una tras otra y mis ojos se negaron a cerrarse, ni el sueño quiso venir a mí para aliviar la tensión que se acumulaba por minutos en mi cabeza. Al amanecer debí quedarme traspuesto por el cansancio y la agotadora vigilia. Y ese día estuve como ido y sin vida consciente que me animase a desear divertirme o volver por la tarde al río para bañarme. Y no a la otra orilla, sino a esta en al que estaba mi casa y en la que también había bellos remansos donde poder nadar sin necesidad de cruzar el puente ni arriesgarme a encontrarme con Alfredo, o como quiera que se llamase el puto chaval.
Al día siguiente el tiempo cambió de improviso y se nubló el cielo amenazando tormenta. Nubes negras y densas como panzas de vacas preñadas nos sofocaban con un calor húmedo y pegajoso que se hacía irrespirable. Y los árboles comenzaron a agitarse y se curvaban los más delgados y flexibles como a punto de romperse por el tronco. Y un tallo todavía joven de la huerta de mi casa, partió y una rama ya crecida de un arbusto se desgajó y vino a parar cerca de mis pies. Más tarde tronó y los relámpagos que de tan azule se tornaban blancos y refulgentes, nos amedrentaron a todos rasgando un cielo atiborrado de malos presagios según yo me aventuraba a suponer. Mis padres decidieron volver a la ciudad y dar por terminado aquel verano que marcó el resto de mis días. 
Prosiguió mi vida con mis estudios y los amigos de siempre; y cada año, al aproximarse el verano, me buscaba un motivo, que no era más que una excusa para no volver al pueblo de vacaciones. Y si no era un curso en el extranjero para perfeccionar un idioma, era otro para relacionarme con gente joven de otros países consiguiendo una beca universitaria. El caso era no volver donde podía encontrar de nuevo a Alfredo y sentir en mi mente el misterioso influjo de la casa grande. Y pasaron los años y también terminaron mis estudios y más de un máster, que suelen ser caros y creo que enseñan lo justo, pero justifican más tarde los currículum para superar a otros contrincantes que opten al mismo futuro, sea en un empleo o ejerciendo una profesión de las consideradas libres y que están más sometidas al dinero que cualquier otra por cuanta ajena; como es el caso de la que yo hice y me ha dado de comer y para otros caprichos y lujos. Y mi intención seguía siendo no pisar el pueblo de mis antepasados donde pasara tantos veranos de niño y de adolescente, hasta que en uno, cuando cumplía los dieciséis años, se me ocurrió saltar la tapia de la casa grande y me encontré allí con Alfredo.
Mis primeros años de trabajo fueron duros y muy laboriosos, pero puedo decir que triunfé y mi situación económica empezó a prosperar sin necesidad de recurrir al dinero y patrimonio familiar. Era todavía joven y mi futuro lo veían en mi casa como muy prometedor. Y esa misma posición holgada y cada vez más afianzada en el mundo donde me movía profesionalmente, hizo que a mi madre le empezase a preocupar mi soltería.  Y se propuso hacer lo indecible por buscarme una novia, no para pasar con ella ratos de sexo desenfrenado y solazarnos juntos dándonos mutuos revolcones, que eso ya me lo procuraba yo solo y sin su ayuda, sino para contraer matrimonio por los sagrados cánones. Y la pesadez y empeño de mi madre con el casorio era un coñazo verbenero y me busqué una salida para librarme de tal acoso. Me fui una temporada al extranjero amparándome en una expansión comercial de altos vuelos en al que eran imprescindibles los servicios de un buen profesional en mi campo.
Y allí, en otro país y en otra ciudad, hablando un idioma que conocía, pero que no era el mío, una noche en una fiesta conocí a Marga, que por ese nombre la llamaba yo castellanizando el que usaban los otros para nombrarla. Me cayó simpática y yo no le fui indiferente. Nos vimos más veces y salimos de copas con amigos al principio y al mes íbamos los dos solos sin necesidad de nadie que nos animase a divertirnos. Lo pasaba muy bien con Marga y nos gustamos lo suficiente como para plantearnos vivir juntos y follar como descosidos en cuanto teníamos oportunidad y un rato para dedicarlo a esos menesteres, que son la sal de la vida y la causa de la existencia y el mejor motivo para continuar con ganas de seguir con los pies sobre la tierra. Creímos estar enamorados y nos casamos sin pompa ni el boato que le gustaría a mis padres para la boda de su querido hijo. A mi madre tampoco le hizo mucha gracia que ella fuese extranjera, pero la aceptó como nuera aunque el matrimonio sólo fuera laico y sin demasiados invitados, ni un vestido blanco con cola y un velo largo para arrastrar por el suelo de una iglesia. 
Teníamos una vida acomodada y pasamos muy unidos unos años que nos parecieron felices compartiendo una relación interesante. Nunca nos planteamos tener descendencia, pues tanto ella como yo andábamos muy ocupados en nuestros respectivos trabajos, y preferíamos salir a cenar e ir a teatros y cines y actos de cultura, sin dejar de viajar por mero placer cuando las ocupaciones nos lo permitían a los dos. Nunca sospechamos que tan pronto comenzase a hacer aguas todo aquello y el frío entró sin darnos cuenta en nuestra casa y nuestras vidas y se fue apagando el fogoso empujón que nos ayudaba a buscarnos para aparearnos sin procurar contribuir a aumentar la prole en este mundo; ya demasiado poblado a nuestro entender en aquellos tiempos. Nuestros encuentros eróticos disminuyeron y también las palabras entre los dos. Y un día no tuvimos nada que decirnos y nos vimos como dos extraños. 
Una tarde al volver de mi oficina me encontré en casa con Marga, muy serena y con un vaso de ginebra con soda y dos cubos e hielo en la mano. Y sin darme ni un beso de cumplido me dijo: “Pedro, creo que esto ya no tiene sentido. Somos adultos y civilizados y podemos entender que lo mejor es dejarlo y seguir nuestras vidas por separado. Me voy a casa de mi amiga Carla y espero que prepares cuanto antes los papeles del divorcio...... Esa responsabilidad te la dejo a ti que sabes más sobre cuestiones legales..... Fuimos felices durante un tiempo, pero todo se acaba”. Y con la misma agarró un par de maletas y se largó de casa sin discusión ni darme algo más que un beso de refilón en una mejilla.
Mis padres tomaron mi divorcio con resignación y en la expresión de mi madre pudo leer sin decírmelo que eso ya lo preveía ella por elegir a una extranjera y no querer a una joven de mi país, o mejor aún de mi tierra y de buena familia conocida y aceptada por toda la sociedad local. Mas la cosa ya estaba hecha, resuelta y liquidada, sin problemas ni resquemores por ninguna de las partes implicadas, es decir, Marga y yo. Y eso era lo principal y a pesar de la frialdad al despedirnos, quedamos como amigos para los restos. Ahora sólo me quedaba plantearme de nuevo mi vida y preferí volver a mi país y alejarme de todo lo que me recordase a esa vida con mi ex mujer.
Al verme solo reflexioné sobre mi relación con Marga e hice balance tan sólo de los ratos buenos y sobre todo de los besos y caricias que nos dimos mientras nos creímos uno. Y me convencí de que el saldo era muy positivo. Aunque una noche dando vueltas en mi cama medio vacía, me puse a comparar esos besos con los que nos diéramos Alfredo y yo hacía ya algunos años y me di cuenta que desde luego eran distintos y sin mucho que ver unos y otros. Pero los de antaño con aquel extraño chaval los recordaba quizás menos intensos pero mucho más sinceros que los apasionados morreos con Marga. Y eso me dejó tan mal cuerpo que necesité levantarme para tomar algo para el dolor de cabeza; aunque la verdad era que si algo me dolía era el alma. Y repasé mi vida de cabo a rabo sin poder dormirme, que era lo que procedía para estar despejado por la mañana y poder rendir en mi trabajo. Y esa mirada de Alfredo se me hacía tan nítida y real que me asustó tanto como cuando cruzara el puente por última vez. 
Rechacé toda idea que me llevase una vez más a la casa grande y sus misterios, sin tener otra consideración en mi cabeza que la de atender a mis ocupaciones, que eran muchas, mas tuvo que llagar una carta que solamente contribuiría a echar leña al fuego de mis pensamientos y recuerdos y me cayó mal en ese momento. Su contenido se refería a Marga y tuve que leerla dos veces y despacio para asimilar aquello sin perder mi autocontrol ni sentirme como un idiota. Carla me escribía para contarme que, al mes de dejarme, su amiga ya estaba viviendo con otro. Y no niego que me dolió un poco, más en mi orgullo que en otra parte de mi cuerpo. Y en cualquier caso quedé algo cabreado con mi propia sombra, pues aunque no fuese lógico enfadarme si ella rehacía su vida, más después de un divorcio tan civilizado, no podía evitar sentirme agraviado en mi orgullo de macho y vanidad personal al irse tan pronto con otro hombre. Y lo que más me llegó al alma era que, en opinión de la buena amiga de mi ex mujer, que me escribía tales noticias, ese tipo estaba mejor que yo físicamente y parecía mucho más joven. Ahora iba a resultar que Marga me había dejado para liarse con un niñato de esos que cultivan su cuerpo y no desarrollan ni un gramo de cerebro.
Bueno, eso eran simples conjeturas mías, porque a Carla le había bastado con insinuar que el tío ese tenía un buen tipo, pero no decía nada sobre sus actividades ni deportivas ni culturales. sin embargo, a mi me consolaba mucho y paliaba el escozor en mi ego herido que el joven fuese algo bruto y hasta inculto y únicamente supiese mostrar sus bíceps para deslumbrar a una mujer desesperada al verse abandonada por su marido. Y ese tampoco era realmente el caso de Marga, pues no sólo era guapa y atractiva como para que no le faltase un tío que la desease, sino que fuera ella la que me dejó a mí y no probablemente para irse con un puto cachas de los cojones que la conquistase a base de músculos. Y nunca quise imaginar el motivo verdadero por el que ella lo prefirió a él y se cansó de mí, porque no fuese a resultar que el miembro que más le gustara de ese otro fuera el viril. Y ser consciente de eso ya supondría un durísimo castigo para un macho despreciado. Y tampoco creo que fuera mi caso, porque no me cabe duda de haber cumplido con ella sin queja, al menos durante el tiempo en que nuestra relación iba como las rosas y nunca nos pinchábamos con las espinas que suele tener el tallo que las sustenta.
Yo me quedé solo y eso es lo que importa en esta historia. Y una mañana me desperté sin ganas de levantarme de la cama y tuve que hacer un esfuerzo grande para ponerme en pie y empujar mi cuerpo hasta le baño. Abrí el grifo del agua fría del lavabo y ni me miré en el espejo por no ver el rostro de ese hombre que me miraría sin pudor, como todos  los días, y que ya no se parecía a mi cara, ni conservaba los finos rasgos que yo recordaba cuando, entonces, al tener menos años, me miraba en otro espejo y probaba de que manera me veía más guapo al peinarme de una u otra forma el pelo. La cara que tenía cuando conocí a Alfredo y que seguramente le gustara tanto que me eligió por amigo. Su único amigo y la única persona que lo viera en aquellos días de mi último verano en el pueblo. 
Pero tenía que afeitarme; y sin verme no podría hacerlo, al menos sin cortarme o rebanarme una oreja. Y levanté la mirada hacia el espejo y se me nubló la vista y un mareo me dejó en el suelo sin conocimiento. No se si solamente fueron segundos o minutos, pero al volver en mí me dolía la cabeza, probablemente por algún porrazo contra el suelo, pues no estaba desnucado, ni había restos de sangre en el borde de la bañera. Y casi de soslayo miré y no volví a ver la imagen que había visto antes. Quizás fuese algo fugaz, fruto de mis pesadillas de la noche pasada casi en un puro delirio, del que eran testigos las sábanas sudadas y retorcidas como si en lugar de taparme hubieran servido de lona para una pelea. En el espejo estaba ahora mi cara, la que tenía en ese momento, desmejorada y ojerosa, pero no la otra que me saludó al ir a poner la hoja de la maquinilla sobre la piel. Esa otra no era la mía sino la de Alfredo. Y sus ojos grises, más brillante que nunca, y su eterna sonrisa encantadora, revivieron en mi corazón lo que ya creía superado. Su cara era más atractiva que entonces y por su aspecto seguía siendo un muchacho. Y eso era de todo punto imposible.

jueves, 18 de agosto de 2011

La casa grande XI

No podía contener los nervios y me reconcomían por dentro las ganas de contarle a Amalia quien era mi amigo Alfredo.  Pero debía esperar a que bajase más el sol y el calor no fuese tan intenso para caminar hasta el río sin temor a una insolación o a padecer una lipotimia. Ya se acercaba la hora en que la tarde amaina un poco los rigores del verano y me fui disparado a mi cuarto para coger una toalla; y con las prisas me olvidé el bañador.  Pero bien pensado, me dije a mí mismo, para que lo necesito si Alfredo y yo nos bañamos y tomamos el sol en pelotas.  Y salí de mi casa a toda prisa como si en lugar de ir a darme un chapuzón en el río perdiese un tren que me llevaría al fin del mundo, sin escalas, ni billetes, ni más equipaje que yo mismo y mis pensamientos, que a esas alturas ya estaban disparados y me iba repitiendo en voz baja como le diría a la buena mujer que el hijo de Clara estaba en el pueblo. 
Y corrí como una saeta en dirección al puente y lo crucé con el corazón en la boca del sofoco que llevaba al acelerarme tanto por llegar cuanto antes a casa de Amalia. Ella estaba en el corredor, sentada en su sillón de mimbre y pelando unos guisantes de su huerta, con tal minuciosidad que más parecía que los expurgaba. Y subí a verla y sin respiración ni siquiera sentarme le espeté de buena a primeras: “Ya sé quien es Alfredo!”. “Ya te dije quien era”, respondió ella. Y yo insistí: “Me refiero a ese Amigo que va conmigo al río y que se esconde para que no lo veas”. “Ese amigo misterioso que según tú estaba en la casa grande?”, dijo ella. “Sí”, afirmé. “Y quién es?”, me preguntó Amalia. Y con una cara de triunfo como sólo corresponde a un ganador del mayor premio del mundo, le solté: “Es el hijo de tu amiga Clara”. 
Ella calló y fijó la vista en los guisantes. Y yo añadí: “Me lo dijo él ayer cuando nos despedimos en el puente....... Le pregunté como se llama su madre y el me respondió que su nombre es Clara....... Ahora está claro por que dice ser el dueño de la casa grande y estar viviendo en ella”. 
Amalia dejó sobre una mesa su cuenco de guisantes y mirándome con ternura me dijo: “Siéntate....... Anda arrima esa silla y siéntate a mi lado........ Voy a contarte el resto de la historia de esa familia y así acabaremos con todo este lío que te traes inventando amigos que no pueden ser quien tú dices o quieres creer........... Vamos, toma asiento, pero antes te traeré una manzana de las que tanto te gustan...... O prefieres unas claudias?..... Están maduras y son muy ricas....... Bueno de sobra lo sabes y ya te has dado algún que otro atracón de esas ciruelas tan dulces. Te traeré las ciruelas y una manzana........ Espera que vuelvo enseguida”. Y Amalia se fue a buscar la fruta y yo quedé algo desfondado al no haberle causado el efecto esperado con la gran noticia que le traía. 
Al volver Amalia, acomodó y ahuecó los cojines para estar más cómoda y se sentó en silencio en su sillón de mimbre.Yo la miraba y ella sólo desplegaba una servilleta para dármela y evitar que me manchara la ropa con el jugo de las ciruelas. Y en cuento mordí la primera claudia, pues le eché mano a una antes de meterme de lleno con la manzana, Amalia empezó a hablar: “Después de la muerte de Alfredo, el carácter de Clara se agrió y se hizo aún más firme y radical, al punto que no hubo día desde entonces que no discutiera con su padre por algo, aunque fuese intranscendente. Su madre sufría mucho por eso, pero la abuela la veía cada más más parecida a ella y estaba de acuerdo en que la mayor parte de las veces la nieta tenía razón y su hijo no. Clara adoraba a su hermano y las dos nos consolábamos como podíamos por su pérdida, pero sin decirlo culpábamos a don Amadeo de aquella desgracia; y Clara nunca le perdonaría a su padre ni eso ni otras cosas que ocurrieron después”. Amalia se tomó un respiro, pero no me dio tiempo a otra cosa que limpiarme la boca para enfrentarme por fin a la manzana. 
Y ella prosiguió: “Al año siguiente Clara quiso irse a estudiar a la capital y, en contra de la voluntad de don Amadeo, que consideraba que una mujer no debía andar sola por el mundo y menos a su libre albedrío, ella no quiso ir a ninguna residencia de monjas, ni nada parecido, y se instaló con unas compañeras de estudios en un piso, sin que nadie las controlase ni les dijese a que hora tenían que recogerse en casa ni nada por el estilo. Cada vez venía menos al pueblo por no estar en la casa grande ni tener que ver a su padre; y eso entristecía mortalmente a doña Adela y también a la abuela, que, sin decirlo, sentía la ausencia de la nieta como un duro castigo que ni ella ni la nuera merecían........ Y un día llegó la noticia a la casa grande que desató el caos en esa familia. Clara se enamoró de un guaperas, al que sólo le importaba el dinero de la familia de la chica y sin más oficio ni beneficio que sus buenas maneras y una cara de don Juan de pacotilla, y tras varias trifulcas con don Amadeo, que en esto no le faltaba razón, Clara amenazó con irse con ese sujeto y olvidarse para siempre de que su familia quedaba en el pueblo, sino daba su consentimiento don Amadeo. El padre no dio su brazo a torcer y amenazó a la hija con desheredarla si se casaba con ese individuo, pero ella, terca como una mula y encastillada en sus trece, se largó con el tío dejando a su madre y abuela heridas en lo más profundo del corazón. Y ni le dio tiempo a casarse con ese sujeto, puesto que al saber el sinvergüenza que el suegro nunca lo admitiría en su casa, ni le daría un real, y que encima Clara estaba embarazada, la dejó sin avisar ni mediar más palabras que la clásica excusa de ir a comprar cigarrillos al bar más cercano”.
Amalia se enjugó una lágrima y sintió la necesidad de beber agua para mojar la angustia que tales recuerdos le traían a su pecho. Fue a la cocina y regresó con un gesto de cansancio que jamás había visto en ella y se dejó caer en el sillón para continuar con la historia de su amiga Clara. Y dijo: “El orgullo la mato y no quiso volver a su casa para tener a la criatura que llevaba en el vientre. Yo me ofrecí a ayudarla y albergarla en mi casa como si fuese mi hermana, lo cual de algún modo era cierto, ya que mi amor por Alfredo nos convertía a las dos en mucho más que amigas y más que hermanas....... Pero ella no quería volver al pueblo y me mintió diciéndome que no estaba sola y no le faltaría quien la atendiera si necesitaba ayuda. Una tarde fui a la casa grande para visitar a las dos señoras y las vi muy acongojadas, pero a doña Adela especialmente alicaída y sin ganas de vivir ni de hacer otra cosa que no fuese llorar por su hija y el fruto de esa desventurada relación que sin culpa iba a pagar las consecuencias de orgullos mal entendidos y mentes ancladas en sus rígidas convicciones, sin ser capaces de entender o intentar comprender a los seres más cercanos.......... Ellas me dijeron que no tenían noticias de Clara desde que se enteraran por otras personas de su embarazo y del abandono en que la dejara el muy cabrón hijo de puta que la engatusó con el único interés de su codiciada fortuna....... Yo tampoco sabía mucho más que ellas, porque Clara ni me escribía ni conocía a nadie que pudiera darme noticias de mi amiga.......... Padecí lo indecible aquellos días!...... No puedes ni imaginar lo que duele saber que alguien que amas te necesita y no quiere acudir a ti pidiendo ayuda ni tampoco permite que otros te avisen de que está en peligro para ir a solucionar sus problemas, si todavía está en tu mano hacerlo”.
Amalia bebió otro sorbo de agua y se secó los labios con su pañuelo. Y sin mirarme continuó: “Un día llegó una carta de Clara....... Me decía que estaba mal y que el embarazo se le complicara con no sé que cuestiones derivadas de su matriz o algo parecido....... El caso es que fui en cuanto pude a la capital a verla y me encontré con una mujer envejecida y agotada, en cuyo cuerpo no quedaba nada de la niña que fuera mi amiga........ Estaba débil y vivía en condiciones bastante duras y se me partió el alma viéndola en ese estado tan calamitoso. Sin que ella lo supiera y sin pensarlo dos veces, telefonee a don Amadeo y le conté como había encontrado a su hija.... Y el muy jodido y puñetero me contestó que ya no tenía hija alguna, porque para él estaba muerta desde el día en que se fuera con un golfo en contra de su voluntad y sin atender a más razones que sus caprichosas ganas de hacer su santa voluntad. Y por tanto, ni la admitía en su casa ni quería saber nada de ese hijo bastardo que llevaba en el vientre...... El muy burro de don Amadeo terminó de destrozarme el ánimo y sentí unas ganas enormes de volver al pueblo y partirle la crisma al muy desgraciado!..... No sólo me había dejado sin mi amor, sino que ahora no iba a poner nada de su parte para salvar la salud y la vida de mi amiga, que era la única hija que le quedaba al muy cabrón!...... Perdona estas expresiones, pero estos recuerdos me calientan demasiado para andarme con blanduras y zarandajas”.
Al verla cada vez más afectada, le pregunté si prefería no continuar hablándome de esa gente, pero ella me hizo callar y prosiguió: “Me quedé con ella hasta que dio a luz...... Y ahí viene la parte que te interesa para saber si ese amigo que dices tener es quien tú crees, o te ha hecho creer......... Pero antes te diré que doña Adela supo de la situación de su hija y le rogó al marido que la trajese a casa, como también se lo suplicó doña Regina, su madre y matriarca de la familia. Mas la cerrazón de don Amadeo fue más pertinaz que los ruegos de las dos mujeres y no cedió en su postura ni accedió a recoger en su casa a la hija y menos al futuro nieto que le traía de mala manera, sin casorio, ni papeles en regla que acreditasen ante la sociedad que era un vástago legítimo para poder ser heredero de su casa y fortuna........ Nunca pude entender esa ofuscación mental de ese hombre ni comprendí que un padre pudiese olvidar hasta tal punto que tanto la futura madre como la criatura eran su misma carne y sangre...... Pero él no se vino a razones y la hija no tuvo a su madre ni abuela cerca para estar más acompañada en el parto. Sólo yo le agarré la mano mientras paría y le secaba la frente llena de sudor por los dolores que pasó la pobre para sacar de su vientre al crío........ Porque efectivamente fue un crío el hijo que tuvo Clara. Pero al nacer no pudimos verle el color de los ojos para decirte ahora si eran grises como los de su bisabuela y su tío Alfredo.......... No pudimos vérselos porque el niño nació muerto..... Y, al enterarse, Clara se volvió loca con la pena y la desesperación se apoderó de su alma y su mente, sin darle ni resuello ni descanso hasta que unos días más tarde ella falleció al no superar las complicaciones del parto........ Yo me quedé tan abatida y me sentí tan desgraciada, que no pude ni reaccionar y me quedé sentada sosteniendo a Clara entre mis brazos y sin derramar ni una lágrima, pues no me quedaba ni una más de las que soltara en esos últimos días tristes y terribles de la vida de Clara”.
Yo estaba petrificado al oírla y no pude decir ni palabra y el carozo de la manzana se me cayó de la mano y rodó unos centímetros por el suelo. Y pasados posiblemente unos segundos, que para mí no transcurrieron, Amalia me dijo: “No sé quien es ese chico, pero ni es Alfredo ni mucho menos el hijo de Clara. Bueno, puede que también se llame Alfredo, pero no tiene nada que ver con la casa grande ni sus dueños....... Lo que si te digo es que Clara no aceptó la muerte del hijo y hablaba como si estuviese vivo, confundiéndolo con su propio hermano...... Mecía en sus brazos una toalla y le hablaba como si fuera ese hijo que, en su cabeza, tenía la imagen de Alfredo y sus mismos ojos grises y esa sonrisa encantadora que a mí me dejó el alma prendada de aquel muchacho al que sigo amando como el día en que saltó al río con su caballo........ Y le llamaba Alfredo también y me decía que el niño me miraba y me sonreía y que yo le gustaba tanto como a su tío..... Desvariaba y murió sin recobrar la cordura y ni fue consciente que se moría. Simplemente cerró los ojos y se fue dejándome más sola todavía de lo que quedara al morir Alfredo. Los dos eran los seres que más quería en este mundo después de mi pobre madre. Y desde su muerte mi vida no tuvo más aliciente que recordarlos. Hasta que llegaste tú y tus visitas me hicieron volver a tener ganas de saludar al día con otro aire y una sonrisa...... Y esa es la historia de la casa grande........ Falta decir solamente que la abuela no se recuperó del disgusto que le causó la muerte de su nieta y no se lo perdonó al hijo ni cuando se fue de este mundo un año después. Y tras ella, con una diferencia de seis meses, se fue doña Adela, a la que siguió al poco tiempo su marido, como te dije el otro día.......... Y esa es la realidad y todo el misterio de esa casona que los vecinos de este pueblo dicen que está maldita y procuran no acercarse a ella”. 
Cuando amalia calló, no sabía ni que decir ni que hacer. Y ella me acompaño hasta la puerta y me recomendó que no cogiese demasiado sol porque todavía estaba muy fuerte a esas horas. Y que le hiciese confesar a ese extraño amigo que me había echado quién coño era y que no me tomase el pelo con historias falsas y semejantes boberías. Ella me remarcó que la casa grande no tenía dueños que fuesen descendientes directos de don Amadeo; y por tanto mi Alfredo sólo podía ser un impostor que quería tomarme el pelo. Pero yo la oía hablar al despedirme y, sin embargo, no la escuchaba porque en mi cabeza volvieron a cruzarse imágenes e ideas que me trastornaron los sentidos y eché a correr en dirección al puente, sin ganas de ir al río ni de volver la cabeza por si veía detrás mía a Alfredo. Del otro lado del puente estaría a salvo y ya no me quedaban redaños para intentar retornar a esta otra orilla del río donde Alfredo se movía como pez en el agua. Yo no me movería de esa otra a la que él no pasaba y en ella no me encontraría más con ese muchacho al que tomé por amigo y solamente quiso burlarse de mí con mentiras. O lo que es peor, haciéndome creer lo que la naturaleza y la ciencia niegan. Los muertos no se mezclan con los vivos ni les hablan. Y menos los besan y abrazan como lo hiciera Alfredo conmigo. Y eso me descorazonaba.

martes, 16 de agosto de 2011

La casa grande X


Como si un enjambre de abejas se hubiera instalado en mi cerebro, o mejor sería decir de avispas rabiosas que me aguijoneaban inmisericordes anulando mi capacidad de razonar con claridad, sólo aturdía mis ideas una palabra que repetía sin parar y no era más que un nombre propio, Alfredo. Alfredo se convertía en mi obsesión, incluso mayor que la casa grande. El amor de amalia con sus ojos grises y una sonrisa que hipnotizaba se llamaba Alfredo y muriera en ese mismo puente que el otro, el Alfredo que me acompañaba al río por las tardes y luego hasta ese mismo puente que no quería cruzar. Ese también era Alfredo y sus ojos grises me miraban cautivando mi alma y su sonrisa me prendía a él como si fuese la más dulce miel que llama a las moscas para atraparlas y dejarlas morir pegadas en el panal. Así era mi Alfredo y se parecía demasiado al otro, al de Amalia, para no admitir que tenían mucho en común los dos.
Pero yo no quería ver más allá de lo que mi deseo esperaba para seguir viviendo una aventura inimaginable junto a ese chico. Aunque al cerrar tras de mí la puerta de la casa de Amalia eché a correr escapando de mis propias elucubraciones y sin querer ver hacia atrás para no darme cuata de que pudiera haber otra verdad que no me gustase tanto como la posible ficción que yo mismo creara. Corrí alocadamente, pero no recorrí a penas un par de metros cuando a mi espalda oí su voz otra vez. “Pedro!. Por qué te escapas?..... Es que ya no te acuerdas que estoy aquí?”, me gritó Alfredo. Y este era el mío y no el de Amalia. Me detuve y no me atrevía a mirarlo, pero él me adelantó y se paró frente a mí con esa sonrisa y esa mirada que me desarmaban y me rendían sin poner la más mínima resistencia. Entonces llegué a tener claro que para ese crío no significaban nada ni los segundos, ni los minutos, ni las horas. Y mucho menos tendrían que tener significado para él los días o los años. Me figuré que su existencia no estaba sometida a medida ni dimensión alguna como la del resto de los seres. Su existencia sólo era un destello que por el momento solamente me iluminaba a mí; y eso no sé por qué me hizo sentirme orgulloso y distinto a los demás.
Y ese era mi Alfredo y no el de Amalia y entendí por fin que no debía ni tenía por que compartirlo con nadie más. Era mío y solamente mío y nada importaba ni el antes ni mucho menos el después. Y le pregunté a mi amigo: “Te cansaste de esperar?..... Creo que estuve demasiado tiempo con Amalia....... Me ofreció arroz con leche y como me gusta tanto y ella lo hace tan bien, pues me puse a comerlo y se me pasó el tiempo sin darme cuenta....... Pero ya estoy aquí contigo otra vez”. “Ni me di cuanta del tiempo que pasó...... Hasta puedo decirte que no me separé de ti”, respondió Alfredo, convenciéndome de que efectivamente apenas nos separáramos unos minutos. Y seguimos hacia el puente despacio, retardando a propósito el momento de separarnos otra vez. 
Y yo me atreví a preguntarle: “Cual es el motivo por el que no quieres cruzar el puente?”. “Ya te dije que no se me perdió nada del otro lado y no quiero ir a esa orilla del río. Mi casa está de este lado y yo me siento más seguro aquí”, contestó Alfredo. Estaba tan resulto a no cruzar ese puente que desistí de intentar convencerlo de lo contrario. Pero antes de llegar nos sentamos en una cerca de piedras, bastante baja para impedir a nadie entrar en la finca que pretendía guardar, y nos miramos de frente y sin parpadear ninguno de los dos y yo tomé la iniciativa: “Alfredo, qué harás cuando me vaya?”. “A dónde?”, preguntó él. “A mi casa”, le dije yo. “Ya vas todas las tardes y vuelves otra vez a buscarme“, alegó él como si yo quisiera enredarlo en un sin sentido. “Me refiero a irme del pueblo y volver a mi casa de la ciudad..... Volver a estudiar y a salir con mis amigos....... A eso me refiero”, agregué yo. “Pero volverás otra vez para estar conmigo”, dio por sentado él. Y yo le dije: “Sí....... Claro que volveré, pero será el próximo verano....... Y hasta entonces que harás tú?”. “Esperarte”, me dijo él dando por zanjado el asunto. 
Pero yo no me quedé contento y le pregunté: “Y dónde está tu familia?..... Dónde vives el resto del año?”. “Aquí. En el pueblo........ Ahora vivimos en la casa grande, donde vivieron los abuelos......... No tenemos otro sitio mejor donde ir”, me dijo Alfredo con tanta naturalidad que quise creerle.  E insistí: “Y por qué nunca están ni tu madre ni tu padre en esa casa cuando voy a buscarte?”. El apartó la mirada por un instante y al mirarme otra vez le vi los ojos húmedos y me aclaró: “No tengo padre y mi madre me dejó hace tiempo......... Estaba cansada de arrastrar un vida muy amarga para ella........ Ahora yo soy toda mi familia a no ser que tú quieras serlo y así seremos dos y no estaré solo”. Me desarmó de tal modo que lo abracé y sin darme cuenta busqué sus labios y los besé. No se apartó ni rechazó mi beso y volví a besarle la boca consciente de que eso era lo que deseaba hacer.
Seguimos hasta el puente y al llegar a ese punto Alfredo se despidió hasta el día siguiente y yo le contesté y moví la mano en un adiós incompleto. Mas antes de que él se diese la vuelta y echase a correr como había hecho el día anterior, le pregunté de sopetón: “Como se llama tu madre?”. “Clara........ Se llama Clara”, me gritó Alfredo al alejarse. “Clara!”, exclamé rebobinando la información que me diera Amalia. Si su madre era Clara, Alfredo no era el Alfredo de Amalia. Era otro Alfredo. El mío. El hijo de la hermana de su Alfredo. Y eso ponía muchas cosas en su sitio. Ahora estaba resultas muchas cuestiones y entre ellas también estaba resuelto el hecho de si el chaval era o no el dueño de la casa grande. Lo era, porque era el heredero de don Amadeo y doña Adela. Era su nieto. Sin embargo el dijera que su abuela era la señora del retrato y esa no era doña Adela. Esa señora era la madre de don Amadeo y por tanto su bisabuela. Bueno, tan poco tenía importancia un grado más o menos en eso del parentesco. Y hasta podría ser que él no supiese quien era la buena señora del cuadro y la tomara por su abuela, o se refiriese a las dos señoras llamándolas abuela. La madre le hablaría de todos, pero seguramente no pudo enseñarle la casa antes de morir. Alfredo sabía que esa mansión era de su familia y ahora le pertenecía por ser el único miembro que quedaba.  Y eso sí se lo diría su madre. Pero ahora tenía que saber que fuera de Clara después de morir su hermano. Lo que podía intuir, sin temor a equivocarme, era que el nombre del chaval era en recuerdo de su tío. Y ese dato tenía que conocerlo Amalia sin lugar a dudas.
Volé hasta mi casa, nervioso y loco de contento al tener algo a que agarrarme para dar consistencia a esa realidad que ya no era tan imaginaria como le pareciera a mi amiga Amalia. Alfredo, mi Alfredo existía y su nombre era el de ese otro Alfredo que fuera y seguía siendo su amor eterno, porque el mío era sobrino del suyo e hijo de su gran amiga Clara. Todo encajaba como en un puzle al que hasta ese momento no le encontraba la pieza clave que uniese el resto del rompecabezas. Y corría y gritaba lleno de euforia: “Alfredo existe y es mi amigo!”.
Mi madre se asustó al verme tan excitado y riendo de una manera tan rara; y me preguntó si me pasaba algo. Yo le respondí que tenía un amigo en el pueblo. Un chaval de mi edad muy majo con el que iba al río y lo pasábamos en grande los dos. Ella quiso indagar de quien se trataba y si era de una familia conocida. Y yo, en mi incontenible euforia, le contesté: “Sí, muy conocida!. Es nieto de los señores de la casa grande”. “Pero que cosas dices!”, exclamó mi madre. Y yo recalqué lo dicho: “Sí, mamá. Es el hijo de Clara...... La hija de esos señores y seguro que tú te acuerdas de ella...... O no se llamaba así la hija de don amadeo y doña Adela?”. 
Mi madre me miró como si en lugar de ver a su hijo mirase fantasmas y me dijo algo conmovida: “Hijo mío, quién te ha contado esas cosas que son parte de un pasado casi olvidado en este pueblo.......Yo casi no la conocí, porque se fue siendo muy joven y al poco del ocurrir el desgraciado accidente del hermano......... Y sé que en la capital tuvo relaciones con un sinvergüenza que la dejó preñada, pero no volvió al pueblo nunca más, que yo sepa...... Si llegó a tener un hijo tampoco lo sé, ni creo que nadie en el pueblo pueda atestiguarlo........ Por eso no creo que ese chico que dices sea su hijo....... Serán cosas que se le han ocurrido al pobre y vete tú a saber de que familia será ese infeliz!........ Ya sabes que ni a tu padre ni a mí nos gusta que te mezcles con gente que no sea de fiar ni sepamos quien son sus padres...... Hay que tener mucho cuidado con quien se junta uno en esta vida!...... Anda ve a lavarte las manos y a cenar que ya es tarde. Ultimamente te retrasas mucho en el río y no me gusta. Ya lo sabes”. No quise contradecirla ni perder tiempo en algo que ya vi de todo punto inútil. Pero sólo añadí para justificar la tardanza que me había entretenido merendando arroz con leche en casa de Amalia y tenía poca hambre. Y eso zanjó la cuestión sin más derivaciones ni consecuencias que tragar unos cuantos bocados de una jugosa tortilla de patatas con pimientos verdes y rojos.
Y solo en mi cuarto volvieron a mi cabeza ese quebradero que me tenía ofuscado sin dejar que me serenase ni pudiese conciliar el sueño. Le daba vueltas a todo lo que había oído por boca de Amalia y también lo que me dijera mi madre al regresar a casa. Pero sobre las palabras de ellas flotaba en mi cerebro la voz de Alfredo, mi Alfredo, que me daba esa explicación racional a su aparición en la casa grande y la relación que unía al chico con la familia de don Amadeo. Pero todavía quedaban flecos sueltos para que todo cuadrase sin fisuras y pudiese demostrarle a mi madre, a la buena de Amalia y al resto del pueblo que ese amigo mío era quien decía ser y por tanto el heredero y dueño de la que en otro tiempo fuera la gran casa de los más potentados de aquellos contornos. La de esa poderosa familia que todos respetaban y envidiaban por iguales partes; y que muchos, por envidia y despecho mal sano encastrado en el fondo de sus almas, vieron con regocijo caer y hundirse en la miseria y el olvido de todos sus vecinos. 
Aunque en parte así ocurriera con la muerte de doña Adela y don Amadeo, la casa seguía siendo el testigo de su pasada grandeza y posición preeminente, no sólo en la comarca sino en esa zona del país. Y ahora estaba en ella un miembro de la familia, joven y con suficiente ímpetu para levantarla de nuevo. Y yo estaba a su lado y convencido de que ese joven, que era mi amigo, sabría conquistar a todos como me conquistara a mí. Porque a mí me tenía en un bolsillo, como suele decirse. Y al no poder pegar ojo con tantos pensamientos en conflicto, mi mente desvarió en sus planteamientos y me vi en el río con él, con tal realidad que hasta notaba como me salpicaba Alfredo al tirarse de golpe al agua. Le gustaba hacerlo así y sobre todo salpicarme sin que yo pudiese evitarlo y oírme chillar al contacto frío del agua. Yo le devolvía ese remojón, pero él ya se había mojado entero y la sensación repentina de frialdad quedaba en gran parte mitigada. Y se reía y entonces nos agarrábamos y entrelazábamos los brazos para lograr que el otro cediese y se hundiese más, por el sólo hecho de verlo salir después con cara de susto o tosiendo por haber tragado agua del río.
Por mucho tiempo que pase, nunca podré olvidar esas tardes con Alfredo, ni tampoco el fuerte atractivo que ejerció en mí desde el primer momento en que me miró con sus ojos grises. En eso los dos Alfredos debían parecerse mucho. Y, como el otro dejó impresa en el alma de Amalia su sonrisa y esa mirada que la penetró sin remedio, a mí también este Alfredo me hirió con ese precioso acero al mirarme antes de darme el primer beso en los labios, como premio por vencerme en una carrera que no tubo meta ni línea de salida. Los dos llegamos al mismo tiempo, pero él me ganó por la mano dejándome inerte al rozarme con su aliento para darme ese beso que me neutralizó sin que él pretendiese al besarme atarme a él para siempre. O al menos eso quise creer entonces y di por supuesto que el chaval no tenía otra intención en su mente que  gastarme una broma con ese beso. 
Y si dudé al principio, yo mismo me convencí que solamente fuera un inocente juego entre dos leales amigos que empezaban a descubrir los misterios de la naturaleza, como solían decirnos lo mayores al referirse a esos temas que consideraban escabrosos por estar relacionados con el sexo. Y daba igual que tan sólo fuesen simples muestras de cariño entre jóvenes que no ven mal alguno en quererse como personas sin darle a la identidad de sexo más importancia que la que realmente debe tener. Es decir, en cuestión de afectos, ninguna condición conlleva tanta enjundia que pueda diferenciarse por ser entre dos seres de sexo contrario o del mismo. Pues el amor siempre es único si sale del corazón. Y debí dormirme al llegar al convencimiento de que Alfredo era tan real como yo mismo, porque al despertarme por la mañana mi madre me encontró muy risueño y tan contento como si me encontrase un inesperado regalo bajo la almohada. Y durante toda esa mañana desesperé para que llegase la tarde porque no veía el momento de ir a casa de Amalia para contarle mi descubrimiento. Estaba como loco pensando en la cara que pondría la buena mujer al saber que mi amigo Alfredo no era una fantasía sino la misma carne de su amiga Clara y su amado Alfredo.