
Sus aguas siguen siendo limpias y hermosas y en ellas, por donde navegaron monjes y aristócratas, nos deslizamos serenamente sin poder dejar de mirar las cimas de los impresionantes picos rocosos que rozan el cielo en este sereno paraje de la naturaleza.
Y muy cerca ascendemos hasta otro capricho hecho para satisfacer la egolatría de un dictador, que quisieron llamar “el nido del águila” y no podemos dejar de estremecernos al pensar en el dolor y las vidas que costó su factura.
Y allí, a dos mil metros de altura, codeándonos con los Alpes y fascinados por la grandiosidad de un paisaje que nos deja sin palabras, vemos, allá al fondo, ese lago y otros lugares de una tierra que agota los calificativos con lo que pretendamos describir su belleza.
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