jueves, 8 de septiembre de 2011

La casa grande XVII

Miguel adoraba los caballos y su atracción por ellos crecía a tal ritmo que pronto consiguió dominarlos y mantenerse sobre la silla, o cabalgar incluso a pelo, y daba la impresión que se entendía con ellos y podría hablarles un su misma lengua. Al montar sobre el lomo del noble bruto era como si otro ser estuviese en su pellejo y fuese ése y no él quien le hablaba al animal. A mí me encantaba dar largos paseos con el chico, montados en los dos caballos más nerviosos y de mejor estampa, y nació entre nosotros una confianza y camaradería más propia de dos chavales de su misma edad que entre un chico tan joven y un hombre ya maduro que había dejado atrás los cuarenta. Y, sin embargo, nos entendíamos bien y a veces creía que Miguel estaba más cómodo conmigo que con Castor. 
Eso no quitaba que al ver medio desnudo a ese otro mozo, enseñando el inicio de la raja del culo, cosa que era habitual en él, Miguel se pusiese muy colorado y nervioso y a mi me entraban sudores pensando en el tacto recio de esas dos bolas de carne que el muy cabrón solamente dejaba que se insinuasen. Yo siempre me decía para mis adentros: “Cómo debe gozar Sole agarrando con fuerza esas putas nalgas y apretarlas contra ella cuando la está follando”. Y seguramente a Miguel lo que más le jodía era que si el enseñaba también el comienzo de su trasero, que lo tenía precioso, Castor se quedaba indiferente y no le causaba la menor inquietud verle el culo entero. Castor se quedaba entontecido al mirar las apretadas tetas de Sole que sobresalían por el escote de la blusa o el vestido dejando ver la mitad de sus bonitas manzanas algo doradas por el sol. 
El caso era que Miguel y yo nos divertíamos juntos y podíamos hablar de cualquier cosa que no fuesen temas sobre los que el chaval no poseía conocimientos suficientes o ninguno en absoluto, como eran los propios de mi profesión, o ese otro tabú, que yo no quería mencionar ni que saliese a relucir nunca hablando con el chaval, por si fuera el caso que él sospechase algo acerca de ese espíritu que más de una vez entrara en su cuerpo para usarlo de medio en la extraña relación amorosa que yo mantenía con Alfredo. Puede que Miguel no fuese consciente cuando el otro se apoderaba de su voluntad y transformaba sus ojos y mirada, volviéndola de un intenso color gris brillante como una estrella solitaria que resalta en el firmamento en una de esas noches sin luna, pero plagada de estrellas unidas en constelaciones. Como ese astro que llama nuestra atención al verlo en la oscuridad y llegamos a creer a veces que en vez de una estrella podría ser algo extraño a nosotros y al universo que nuestras mentes alcanzan a ver y entender. 
Esa experiencia utilizando a Miguel como caparazón del espíritu de Alfredo se había repetido en dos ocasiones más después de la del río. Y ni mi sentimiento de culpa ni la vergüenza inicial de entonces pudieron evitar que me plegase al deseo de Alfredo y besase los labios de Miguel absorto en los ojos grises del que lo dominaba desde el interior. Y en algunos instantes me parecía advertir que el verdadero Miguel reaccionaba también a mis caricias y debajo de los de Alfredo me miraban sus ojos pardos, no con odio ni sorpresa por usarlo sin su consentimiento, sino con un atisbo de asentimiento y placer al sentir en la piel mis manos y el calor de mi cuerpo sobre el suyo. Sin embargo, yo estaba seguro que el chico deseaba al otro muchacho y no se le pasaría por la mente apetecer sexualmente a un tío que le llevase tantos años, pues en ese tiempo le doblaba la edad al chaval. Además, no hacía falta más que ver el modo en que Miguel miraba a Castor para darse cuenta que en sus poluciones nocturnas estaba presente ese mozo y no otro hombre ni mucho menos una mujer. Con Sole el rapaz mantenía un entente cordial sin llegar a intimar más allá de lo justo ni permitirse un resbalón que la pusiese en guardia sobre las secretas intenciones del chico respecto a su novio.
Mi conciencia me remordía con tanta fuerza como me atraía el muchacho al verlo a mi merced sumergido en un letargo que yo imaginaba inconsciente. Pero aunque quisiera evitar aprovecharme de él de ese modo, me sentía incapaz de revelarme contra los deseos que me imponía la carne y mucho más para hacerle frente a la persuasiva invitación que Alfredo me hacia para gozar una relación que estaba vedada a un ser sin contorno definido ni dimensión alguna de tiempo y espacio. “Sólo a través de ese muchacho podemos sentir lo que siempre has deseado desde que nos conocimos”, me repetía Alfredo insistentemente al verme reacio para abrazar y besar la forma humana de Miguel. Muchas veces estuve tentado a preguntarle al chico si notara algo raro en ocasiones, pero no me atreví a profundizar en algo que para mí mismo era todavía inexplicable. E incluso a veces me parecía que tan sólo lo había soñado y no se produjera el menor contacto físico con Alfredo por medio del cuerpo del muchacho. 
Pero al margen de tales conjeturas, he de decir que mis días en la casa grande con los chicos y Sole eran tranquilos y sobre todo muy felices. Tanto que ni echaba de menos mi anterior vida en la ciudad, ni ganas tenía de volver a ese mundo de prisas y agobios de tráfico y asuntos de trabajo o compromisos que suelen presentarse con variado cariz. Sole realmente nos alegraba con su risa y un modo de ver las cosas por el lado positivo. Y Castor ponía un toque de sencillez en sus maneras y gustos, sin afectación alguna, y envuelto él mismo  en una sinceridad tan aplastante, que aparte de tremendamente viril resultaba un tanto rústico y encantador. Era una criatura afable y con buen humor que nunca fruncía el entrecejo ni decía a nadie una palabra malsonante. Me parecía tan entrañable como atractivo y entendía que le gustase tanto a su novia como al otro muchacho. Lo malo era si llegaba a estallar una rivalidad entre Sole y Miguel, queriendo llevarse al huerto a Castor cada uno por su lado. Y hasta llegué a pensar si el ambiente de la casa grande, o un espíritu que nos dominaba a todos dentro de ella, influía en nosotros despertándonos deseos y pensamientos que quizás en otro lugar mantendríamos dormidos.
Y lo más real era que los tres formábamos ya parte de esa mansión y cada día que pasábamos juntos en ella nos convertíamos en su misma esencia, atrapándonos entre sus paredes sin dejarnos escapar ni tampoco querer huir de allí. Flotábamos en su atmósfera y nos sujetaba a esa finca una fuerza superior que nunca podríamos vencer. Al menos ni Miguel ni yo y puede que Castor tampoco. Desde que fui consciente del influjo que la casa grande operaba en algunos espíritus, supe que si alguien podría escapar de ella era Sole. Nosotros tres, me refiero a los dos chavales y a mí, estábamos enredados en una red invisible, pero más fuerte que el acero, que nos retenía en la casa para alimentarse con nuestras vidas y completar su alma con las nuestras. Y no sé si todo eso lo orquestaba Alfredo o también él era parte del mismo juego a que nos sometía la casona para prevalecer en el tiempo sobre aquellos que la habitaban creyéndose sus dueños. Y la única dueña de ella misma era la casa grande; y también era dueña de todos los que entrábamos en ella para quedarnos. Porque fuese cual fuese las intenciones, la casa se encargaba de cumplir sus propios designios y apoderarse de sus habitantes para siempre.
Ahora estoy convencido que todos bailamos al son que quiso tocarnos esa casa y no fuimos capaces de salirnos del círculo mágico que trazó a nuestro alrededor para mantenernos controlados y unidos a su antojo. Y, como remate, no faltaba la colaboración de Alfredo para poner las cosas en su punto si era preciso darnos un empujón y llevarnos al terreno donde la casa grande quería vernos. Y fue una tarde, tras el almuerzo y al ir a dormir la siesta cada cual a su cuarto, cuando ocurrió lo que nunca esperaba ni creía posible. Castor y Sole no parecían tener ganas de irse a su habitación a descansar un rato y Miguel me dijo que subía a echar una siesta un par de horas. Yo no tenía sueño, pero me gustaba saber que en la habitación vecina estaba el chaval desnudo y probablemente cachondo pensando en el otro chico. Y subí detrás de Miguel diciéndole hasta luego a los otros dos jóvenes que ya retozaban en el sofá de la sala.
Sin embargo, Miguel no entró en su cuarto y se quedó en la escalera espiándolos. yo entré en mi dormitorio, pero no cerré la puerta del todo y por la generosa rendija que dejé abierta podía ver a Miguel agazapado en los balaustres del pasamanos. Sólo lo veía a él, pero por sus gestos y actitud pude imaginar que pasaba abajo. Y vi con claridad como Miguel se desabrochaba los pantalones y su brazo me indicaba que la mano se ocupaba de algo más contundente que acariciarse el pene. Sole y Castor tenían que estar morreándose de lo lindo o follando medio en pelotas, porque la excitación de Miguel demostraba que la escena que miraba lo estaba poniendo como un burro. Así estuvo un rato; y yo, tan caliente con él, aguardaba el desenlace de su calentura, pero me sorprendió que de repente se diese media vuelta y dirigiéndose a mi cuarto abriese la puerta y la cerrase tras él. No dijo nada y yo disimulé mi empalme ahuecando las sábanas para que no notase la rigidez del miembro que intentaba esconder. Pero no debió cuajar la treta porque el chico se acercó a mi cama, se sentó a mi lado y sin dejar de mirarme con sus ojos pardos me besó en la boca. Me quedé atónito de entrada, pero al segundo reaccioné y fui yo quien lo besó a él en los labios con mayor fuerza todavía. Miguel, sin incorporarse, se quitó los pantalones y la camiseta y me destapó para tumbarse a mi lado y pegarse totalmente para rozarse voluptuosamente contra mí. Y esa vez era él y no Alfredo y no rechacé su entrega ni sus besos y sobeos. 
Duró poco, pues, probablemente más por la excitación nerviosa que por la sexual, los dos nos vertimos casi al mismo tiempo tan sólo con sentir el calor de esa otra carne, ansiando satisfacer una lujuria desbordada por el placer de otros y contenida por nuestra propia inseguridad. Y al irse Miguel quedé destrozado en lugar de satisfecho, porque estaba seguro que solamente me había utilizado para descargar sus testículos, recalentados por la visión de ese otro hombre que tanto deseaba solazándose con la novia. Y por si mis recelos al respecto no fuesen suficientes, vino a remachar el asunto Alfredo, diciéndome que todos nos aprovechábamos de otros si las circunstancias nos eran propicias. A mi me escocía que Alfredo se metiese en la piel de Miguel para que yo pudiese sobarlo y besarlo como dos amantes, pero no desaprovechó la ocasión mi querido amigo sin cuerpo para restregarme en las narices que el rapaz me había usado para satisfacer la libido provocada por Castor. Y por tanto no era como para tener tantos remordimientos que nosotros lo hubiésemos utilizado a él un par de veces o alguna más. Eso ya daba igual, pues el chico también buscaba lo mismo y estaba claro que prefería a un hombre para satisfacer sus necesidades sexuales. Y Alfredo tuvo el cuajo de recordarme que aunque ya fuese un cuarentón, aún tenía un cuerpo como para hacerme un favor y que no era tanto sacrificio para el chaval acostarse conmigo. El muy cabrón lo decía porque él seguía igual de joven y de guapo que cuando nos vimos por primera vez y sabía que su cara, sus ojos y sin duda su sonrisa me desarmaban y me rendía sin remedio a cuanto quisiera pedirme. 
Debí dormirme después de charlar con Alfredo y me di prisa por ver si también estaba levantado Miguel, por el sólo hecho de verlo y comprobar si me sonreiría al verme o se avergonzaría por haberse acostado conmigo. Pero no lo encontré y bajé para saber por donde andaba el muchacho. Y Sole, muy contenta, seguramente por el polvo disfrutado con su novio, me informó que Miguel y Castor se habían ido a darse un baño en el río. Y eso me descolocó totalmente y quise helarle la sonrisita en la boca; y maliciosamente le insinué que posiblemente ellos habían preferido ir solos y no llevarla al río para que también se diese un baño, porque seguramente lo pasarían mejor juntos. Sole, con una media risita me dejó claro que si no iba era porque no le apetecía, pues Castor, antes de marcharse, le preguntara si no le parecía mal que la dejase para acompañar a Miguel. Sin duda quiso dejar constancia que tenía a su novio comiendo en su mano como un cordero y si le soltaba la cuerda era porque estaba segura que era suyo y de nadie más. Y ahora era yo quien sentía celos de Castor. O quizás lo que temía era que fuese Miguel el que consiguiese encelar a su joven  amigo y lo llevase tras un matorral para saciarse de ese olor a macho que desprendía el mozo. Y si solamente fuese de un aroma viril de lo que tenía ganas Miguel!. Mas yo sabía bien que ese chaval necesitaba mucho más que eso y únicamente Castor podía darle lo que tanto buscaba en otro hombre.      
Salí de la casa con intención de montar a caballo y galopar sin rumbo para calmar mis ansias, pero me salió la paso Alfredo y me convenció para ir también al río y darnos un baño en compañía de los otros dos muchachos. Y no tuvo que hacer mucho esfuerzo para convencerme y llevarme donde él quería para hacer conmigo lo que le diese la gana sin que tuviese que forzarme demasiado para conseguirlo. El mandaba y yo no sabía como resistirme.

6 comentarios:

  1. Mestro ya me estoy escondiendo detrás de algún árbol a orillas de ese río para espiar a esos tres, o mejor dicho cuatro hombres!!!
    Besos

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  2. Seguramente esos hombres pretenderán hacer lo que cada uno está deseando. El problema estará si no todos quieren hacer lo mismo. Y si alguno de ellos es tan listo y bonito como tú, logrará lo que se proponga en todo y en cualquiera circunstancia. Sigue creciendo que todavía tienes mucho que dar de ese maravilloso potencial que llevas dentro. Besos

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  3. Sólo hay que ir hasta el río con el protagonista y seguro que espiarás a los otros dos personajes. Besos

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  4. Boa noite SENHOR!

    Antes de cntinuar lendo o resto do conto, aproveito para deixar-lhe algo com respeito...

    Tem presente pra você no blog Infinito Particular de ÍsisdoJUN,
    sem tarefas e sem compromisso.

    Ofereço-te com carinho, um prêmio/selo de amizade no mundo SEM FRONTEIRAS.

    Beijos carinhosos,

    ÍsisdoJUN

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  5. Muchas gracias, amiga mía. Considero un honor tu distinción y mucho más tu amistad y compañía. Besos

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