jueves, 21 de julio de 2011

La casa grande II

Hace calor. Me resulta sofocante este calor que se te pega al cuerpo antes de la media tarde en estos día del verano en que al sol se le da por hacerse notar y lograr que nos enteremos de lo bien que se está después de comer, durante la hora de la siesta, sintiendo un aire fresco que invita a taparnos con una ligera sábana. Hoy noto el mismo calor que aquella otra tarde y siento también la misma comezón por no quedarme en casa y salir corriendo al río. Pero aquí no tengo ningún río cerca para refrescarme en sus aguas de fondo fangoso.
Y acaso aquel día realmente tenía tantas ganas de remojarme en el agua fría del remanso al que solía ir en esos veranos pasados en el pueblo?. Nunca me lo planteé seriamente entonces y no quiero hacerlo ahora. Pero aquel día, tras la comida en familia, con toda la pesadez del calor exterior y el familiar también, sólo tenía en mi cabeza la idea de irme con mi bañador y una toalla, a pesar que bien sabía que la prudencia aconsejaba no exponerse gratuitamente a esa solanera asfixiante que nos caía encima y esperar un par de horas al menos para salir con la fresca.
Pero yo no estaba para frescas esa tarde y algo en mi me decía que pusiese alguna excusa aceptable para convencer a mi madre y me dejase ir sin más tardanza al río. Y no me fue fácil convencerla, pero ser el único hijo varón tiene algunas ventajas, sobre todo con mamá. Y ni miré para atrás por si ya se había arrepentido mi madre y me llamaba otra vez para que descansase un rato y no fuese a pasar tanto calor por esos caminos, como solía decir ella.
Mi cabeza no paraba de darle vueltas a mis obsesiones y con ellas lidiando llegué frente a la casa de Amalia. Las contras estaban cerradas y el silencio  indicaba que estaría sesteando, pues era improbable que a esas horas una persona cuerda como ella se aventurase a andar fuera de su casa con un sol de justicia sobre su cabeza. Dudé si llamarla y pensando mejor las cosas empecé a alejarme en una dirección posiblemente equivocada. Equivocada, porque no sería el que eligiese el camino más directo para ir al río, sino que tomaría por ese otro sendero que daba un rodeo más largo. Pero lo significativo de esa otra ruta era que pasaba muy cerca de la casa grande. 
Y ya había dado varios pasos y oí la voz de Amalia a mi espalda llamándome. Volví la cabeza y allí estaba plantada en la puerta de su casa, mirándome con una sonrisa y los brazos en jarras. La salude y ella exclamó con esa voz tan dulce que todavía tengo en mis oídos como si la oyese ahora: “Dónde irás con lo que está cayendo, alma de cántaro!. Anda, ven y siéntate un rato conmigo que vas a coger una insolación”. Y como el niño que cogen en falta, di media vuelta y fui hasta ella sin saber que decirle ni como explicar una salida sin esperar la fresca, como era costumbre en el pueblo y aconsejaban los viejos que todo lo saben y normalmente suelen acertar en sus pronósticos y aseveraciones.
Aquella mujer no sólo sabía cosas que yo deseaba conocer respecto de la dichosa casona, sino que también podía leer mi pensamiento y saber cuales eran mis intenciones, aún sin estar muy seguro de ellas yo mismo. Pero no dijo nada ni me reveló sus sospechas sino que se limitó a hacerme pasar y decirme que me sentara en una de los dos mecedoras que tenía en la sala. Y me preguntó: “Te apetece una fruta bien fresca?”. Cómo sabía ella cuales eran mis gustos y de que modo conocía los mejores métodos para sujetar a un hombre, aunque tan solo fuese un chaval, y hacer que retrases sus planes inmediatos; si es que yo en verdad tenía un plan concreto esa tarde. Cosa de lo que entonces no estaba muy seguro y mucho menos decidido a dar el gran paso que giraba por las noches en mi mente antes de quedarme dormido.
Yo le respondí con la cabeza aceptando su oferta y ella fue a la cocina sin dejar de hablarme del calor y otras cosas que yo apenas le puse atención. Y al volver me alargó una de sus manzanas secretas. Y eso era un placer en si mismo. Eran de color verde claro. Ese que se suele calificar y definir como verde manzana. Lisas, brillantes y perfectas y redondas como esferas. Unas manzanas de anuncio!. Lo que más me llamaba la atención de esos frutos de Amalia era que naciendo en un árbol enano, escondido bajo una cepa, las manzanas eran grandes. Aunque también es cierto que cada manzano debía dar una sola por falta de más espacio. Eso no lo sé seguro, pero ahora que lo pienso intuyo que sería así. Ella decía que eran japoneses tales manzanos. Yo ignoro ese extremo todavía hoy, porque nunca más les he vuelto a ver y comer; y entonces me importaba un bledo la nacionalidad de las manzanas, todo hay que decirlo.
Eran tan ricas!. Al morderlas crujían como si fuesen de cristal y te salpicaba la boca su abundante jugo de un sabor exquisito. Al ver la manzana en al mano de Amalia casi se me fue el santo al cielo y con él las tentaciones que rondaban por mi alocada cabeza. Ella me miraba y yo mordía con unas ganas locas la manzana; y sin más preámbulos me dijo: “Adela..... Doña Adela para los del pueblo..... Así se llamaba la última señora de la casa grande”. 
Quedé paralizado y a medio masticar un bocado de manzana. Lo tragué como pude y casi sin paladearlo, pregunté: “Y quien era esa señora?”. “La mujer de don Amadeo. El amo de la casa grande”. Yo ni respiraba ni abrí la boca para comer otro cacho de manzana ni para decir nada. Y Amalia añadió: “Ella era una buena mujer, encantadora y muy agradable tanto en el trato como por su aspecto.... No es que fuese una mujer hermosa, pero compensaba eso con una elegancia y un saber estar que cautivaba a cuantos la trataban.... Y lo más importante era que se portaba bien con todo el mundo...... Doña Adela se hacia querer y al morir todos dijeron que su marido sentía por ella tal adoración que no soportó su muerte. Lo cierto es que tres meses más tarde también él se fue al otro mundo”.
“Y de que murió ella?”, pregunté. “De un mal en el alma fundamentalmente. Aunque los médicos dijeron que eran fiebres o una mala gripe que derivó en neumonía. Eso ya no importa y además da igual una cosa que otra. Pero yo sé que la mató la pena. Y él se fue apagando al faltarle ella o a causa de no tenerla cerca por culpa suya en gran parte. Los médicos también se sacaron de la manga un diagnóstico y afirmaron que fue el corazón quien se lo llevó. Y en eso acertaron más que con ella, porque es verdad que murió al faltarle su mujer y podría pensarse que era por no soportar la nostalgia de su pérdida...... Eso sería algo muy romántico. Sin embargo, no creas que fue por amor simplemente. Nostalgia puede que sí, pero para mis entendederas y conociendo la causa del sufrimiento de Adela, te aseguro que a él lo mató más el remordimiento que el amor. Y al verse solo y sabiéndose responsable en alguna medida del dolor de su mujer, todo eso derivó en una profunda tristeza que le paró el corazón tras secarle el alma”.
La escuchaba embobado y la carne de la manzana empezó a colorearse de oxido alrededor de mis mordiscos. Pero no quería ni mover un dedo para que Amalia siguiese contando esa historia que me fascinaba aún sin conocerla al detalle. Y ella me recordó mi manzana, bueno la suya, pero que ya era mía porque la tenía demasiado mordida para dejarla y no terminar de comerla. Y yo, que quería saber más y no me pregunten si esa curiosidad era sana o insana, porque me daba lo mismo entonces y me sigue importando un comino ahora lo que pueda pensarse en ese sentido, pregunté cual era esa pena que matara a doña Adela. Y en ese punto Amalia me cambió de conversación y me dejó con la miel en los oídos y muy fastidiado al no contarme más sobre esa pareja que fueran los señores de la casa grande.
Y con muy buenas palabras me despidió diciéndome que si me retrasaba más se me pasaría la hora de bañarme en el río. Y cogí otra vez mi toalla y con la mente más caliente que antes de hablar con ella, me fui caminando hasta llegar a la bifurcación del camino que llevaba al río dando un rodeo para pasar por la que fuera mansión de don Amadeo y doña Adela. Dependía de mí solamente seguir recto y llegar al río sin complicarme las cosas, o torcer a la izquierda y arriesgarme al influjo de la dichosa casona que parecía llamarme con sus ruidos y su misterioso aire de un pasado medio sepultado y un incierto futuro para su conservación. 

domingo, 17 de julio de 2011

la casa grande I


Algo trajo a mi memoria los veranos que pasaba siendo todavía niño en una aldea de mi tierra, de donde era oriunda mi familia. Y entre esos recuerdos de infancia, me quedé con el de una mujer, Amalia, que por su carácter afable y cariñoso hacia honor a su nombre y aún tengo presentes como si acabaran de ocurrir los momentos felices y entretenidos que pasé en la casa de esa buena mujer. 
Tenía una casa típica de aquel pueblo, construida con lajas de pizarra, de una sola planta sobre las cuadras y la bodega y abriendo al frente un corredor también techado y cerrado con una baranda de madera vieja, pero lustrada con esmero por Amalia. En ese corredor había macetas con geranios rojos como de terciopelo y también otras plantas sin flor, pero de hojas muy verdes y hasta moteadas en color morado, tan hermosas y lozanas que daba envidia ver que gozaban de tan buena salud por los cuidados de aquella señora. 
Porque Amalia era una verdadera señora a pesar de su aspecto pueblerino y sus ropas oscuras y sencillas. En sus facciones todavía se veían los rasgos de su juventud, que debieron ser bellos y muy atractivos para los hombres; y aún ahora lo eran teniendo ya algunas arrugas que estiraba el moño tipo castaña con el que recogía sus cabellos oscuros entreverados de canas. Se movía con dignidad y en todos sus gestos era cautivadora y daba confianza nada más verla. Me encantaba ir a su casa y aprovechaba mis idas y venidas hasta el río con el fin de darme un baño para detenerme delante de su puerta y esperar a que ella me invitase a pasar y a comer alguna fruta de su huerto.
Una gran higuera daba unas brevas riquísimas, tan maduras y rojas por dentro que no podías resistirte a comerlas. Y no digamos los ciruelos de los que colgaban esas jugosas frutas amarillas que parecen rezumar al mirarlas. Pero quizás lo que yo prefería y Amalia lo sabía, eran las claudias de un verde oscuro y con menor diámetro que las ciruelas doradas para comerlas enteras de un solo bocado. Notaba como se me deshacían en la boca y se tornaban en pura agua dulce y apetitosa. 
Amalia, a veces, si tenía tiempo y ganas, me hablaba de sus cosas y hasta de los recuerdos de su juventud, pero matizaba algunos aspectos dejándome con la intriga de conocer la historia completa. Seguramente me veía muy niño para contar ciertas cosas y aspectos de sus experiencias pasadas, y lo cierto es  que ya no lo era tanto como para no saber lo secretos de la vida y asustarme tan fácilmente escuchando lo que los mayores llamaban temas escabrosos. En ese año en que ella me contaba cosas más interesantes e incluso algo atrevidas sin subir en exceso el tono, yo ya tenía catorce años cumplidos e iba tan rápido como crecía hacia los quince. Podía decirse que ya era casi un hombrecito y desde luego yo me sentía más adulto de como me veía mi familia.
Sin embargo, ahora pienso que para Amalia ya no era tan niño como decía su boca, pero no deseaba que supiese tan pronto ciertos detalles de su vida que todavía tenía tiempo de saber y hacerme mi propia composición de lugar sobre ellos. Y las evasivas más rápidas que me daba era cuando yo mencionaba la que todos en el pueblo llamaban la casa grande y le preguntaba por sus antiguos moradores. Eso si era un tabú para Amalia y no soltaba prenda al respecto. Pero yo sospechaba con fundamento cada vez más firme que ella tenía algo que ver con esas gentes y también con la propia mansión abandonada y desconchadas sus fachadas en medio de una finca descuidada y cubierta de hierbas en el más absoluto desorden. 
Y a mí esa gran casa, deslucida y triste, me atraía como el imán al hierro y no sabía decir ni el motivo ni que fuerza extraña ejercía sobre mí. Pero el caso es que me obsesionaba la idea de saltar sus muros y ver de primera mano lo que se encerraba en ella. Algunas gentes decían que se oían ruidos en su interior y también entre los árboles de lo que fuera un frondoso parque que sombreaba el entorno de la casa. Quizá solamente fuese el viento o el crujido de las maderas por falta de cera, sin embargo a muchos les imponía la visión de la casona y no se atrevían a pasar demasiado cerca de su portalón enrejado. 
O también fuera el eco de voces del pasado prendidas en el aire enrarecido por el polvo y las telarañas que debían colgar en todos los rincones lo que se escuchase salir de sus piedras. Y eso era lo que decía el boticario del pueblo, don Severo, que lo único que pretendía era meter miedo a los niños para que no entrasen en esa finca y se lastimasen al caer desde las tapias o tropezar al correr de miedo intentando abandonarla a toda prisa. Seguramente el hombre ya estaba harto de hacer curas en piernas, codos y rodillas, y había optado por crear una leyenda de voces fantasmales y demás zarandajas de espíritus presos entre las paredes de la arruinada mansión.
Todo podía ser, pero yo no me lo creía y seguía interesado en saber todo lo posible sobre la casa y quienes la ocuparon antes de caer en aquel lamentable estado en que se encontraba entonces. Y algo me daba en la nariz que Amalia sabía mucho más que el resto de sus paisanos, pero se hacía la tonta conmigo y no soltaba ni una palabra que paliase mi curiosidad. Ella se reía cuando yo le insistía y me decía que era un puñetero cotilla al interesarme por vidas ajenas que en nada tenían que ver conmigo. Mas no lo era ni pretendía conocer la vida de nadie del pueblo, sino solamente saber algo sobre los habitantes de esa casa y por que motivo la habían abandonado. Me provocaba más interés la casa que las personas que anduvieran por sus pasillos y salas. Y eso a mi entender no era ser un cotilla sino como mucho un puto curioso y nada más. Pero Amalia no se rendía con facilidad y era difícil hacerla ceder de sus planteamientos e ideas. No es que fuese testaruda y mucho menso intransigente, pero sobre la casa grande no quería decirme nada de nada; y a mi me recomía el ansia por soltarle la lengua a esa mujer que tan buen recuerdo conservo a pesar del tiempo transcurrido desde entonces.

domingo, 10 de julio de 2011

Reflexiones del barón

Algunos piensan que no es frecuente que un hombre se enamore perdidamente de una mujer mayor que él; y en algunos casos la sociedad los mira con recelo y piensan que otros motivos menos puros que el amor mueven al joven a yacer con esa mujer que le supera en edad y posiblemente también en experiencia. Parece como que el macho tenga que dejar clara su posición dominante y prepotente sobre la hembra, siendo ella no sólo más frágil sino más joven e inocente también. Por supuesto es habitual dar por hecho que ella ha de ser hermosa, al menos a los ojos de ese hombre que la desea; pero esa es una cuestión que está dentro de los gustos personales y las fantasías eróticas de cada cual. 

Y una lectura que ahora me entretiene me hizo reflexionar en esto y quiero comentar uno de estos casos, sobre el que versa este libro, en que un hombre pone su lasciva mirada y brota su lujuria ante el cuerpo de una mujer que le lleva unos años más. Se trata de un adolescente que conviviendo casi a diario con una bella joven, siete años mayor que él, ésta despierta en su tierna carne el fuego de la pasión y le atrae por encima de cualquier otro ser. 

La historia podría ser una mera anécdota sin importancia si no fuese porque el joven era un príncipe adolescente y la joven, una gentil muchacha que fuera dama de su madre la reina y emperatriz, cuando surge ese abrasador deseo hacia la chica en el corazón del muchacho era dama de la infanta María, hermana del tierno galán. 

El ardor del príncipe, con tan sólo dieciséis años, lo consumía al verla y soñarla. Y esas prietas carnes y el recio cuerpo bien proporcionado y esbelto del muchacho, cautivaron a la dama que a sus veintitrés años aún no conociera varón. Los dos eran atractivos, con la piel muy blanca y los cabellos rubios; y las brillantes y punzantes miradas de sus ojos claros les atravesaban el alma dejándolos indefensos la una frente al otro. 

Se amaron y se agotaron en besos y caricias durante noches enteras hasta que el alba les obligaba a separarse para atender las respectivas obligaciones, que con el paso del tiempo los separaba irremediablemente. Ella se debía a su señora la infanta, que descubrió los amoríos de su hermano y su dama y no los vio con agrado, pues aquel joven se debía a los reinos que un día heredaría de su augusto y poderoso padre el rey emperador. Y él, tenía que cumplir su alto cometido como sucesor de un trono que lo colocaba ante responsabilidades posiblemente impropias para un mozalbete medio imberbe aún. 

Y pronto el chico tuvo que contraer un matrimonio de interés antes de cumplir los dieciocho años con una prima carnal de su misma edad, gorda y poco agraciada, a la que nunca quiso y no soportaba su contacto. Y siguió amando a su enamorada en contra de la cordura y los consejos de quienes lo rodeaban. 

Ella lo adoraba y se moría por el muchacho y penaba ante las separaciones forzadas a las que se veían obligados a causa de la posición del joven príncipe y su reciente matrimonio con la princesa María Manuela de Avis. 

Y la tragedia liberó al príncipe de su no deseada esposa al morir ésta de parto de su primer y único hijo. Un varón mal formado y débil que bautizaron con el nombre de Carlos como su abuelo paterno el gran emperador del Sacro Imperio y rey asociado a las coronas de su madre doña Juana, la llamada reina loca. 

Y volvieron a consumirse en vigilias de amor pegados por el sudor que brotaba del delirio de una inagotable calentura que los trasportaba fuera de ese mundo en el que no les permitían ser felices juntos. Y ella cambió de señora y pasó a servir como dama a la hermana menor del príncipe, la infanta Juana. Y ésta tampoco vio con buenos ojos los amoríos de su dama con su apreciado y atractivo hermano el príncipe Felipe. 

Y pasados unos años, la razón de estado jugó otra mala pasada a la pareja; y él, que ya tenía veintisiete años, tuvo que contraer nuevo matrimonio con otra mujer, también mayor que él y quizás prematuramente envejecida por la difícil vida que llevó hasta suceder a su padre en su corona, que no le gustaba nada al muchacho. Pero esa nueva esposa, prima hermana de su padre, doce años mayor que el príncipe, era la reina de Inglaterra y eso bastaba para justificar el sacrificio a que se veía abocado el apuesto heredero de un imperio. 

Y qué importaba que tal boda volviese a mortificar una vez más a su adorada amante la hermosa dama, cuyo nombre era el de la difunta madre del príncipe, Isabel. 

Y no era la mayor edad de su futura esposa lo que desagradaba al príncipe en principio, como tampoco fuera motivo para gustar de su primera mujer que tuviese los mismos años que él. 

Sencillamente no las amaba ni soportaba su compañía. Y sus cuerpos no le atraían para nada ni ellas despertaban la menor lujuria en el vigoroso mozo que con la otra, su amada Isabel, era un fogoso amante incansable e insaciable para libar con ella el elixir del placer carnal, porque su tersa piel de nácar y sus redondos senos lo dejaban sin respiración y se creía morir solamente con rozarla. 

Simplemente entre ellos dos había amor sin reparar en la condición y la distancia abismal que los separaba dado el papel que les tocara desempeñar en este mundo, que con frecuencia parece estar medio loco para no ver los verdaderos sentimientos que unen a dos personas que se necesitan y se buscan con un deseo infinito de gozar en plenitud lo mejor de ellos mismos. 

sábado, 9 de julio de 2011

Reflexiones del barón

Una fresca brisa se une al cálido soplo que se junta con el húmedo aliento de dos bocas unidas sin querer despertar. La tiniebla se rasga con un tenue haz de luz mortecina, en el que bailan millares de motas de polvo jugando con el último sueño que todavía permanece en el aire sin terminar de marcharse. Se escucha el viento silbar, pero no resopla tan fuerte como para librar a sus mentes del sopor de la siesta. Lo que oyen es la resaca del mar sobre la arena y los golpes que pega al batir en las rocas que rematan la playa. Siguen dormitando, pero ya sienten el calor del deseo que se despereza. Y la sensibilidad se trasmite desde las yemas de los dedos para recorrer todo el cuerpo, que reclama sofocar el ardor de una atracción sin fronteras que impidan traspasar los límites de lo apetecido y ansiado por el amor. Todo es posible y nada es incorrecto cuando es el corazón quien manda y aviva la pasión entre dos seres; y nadie puede erigirse en juez ni creerse en posesión de la verdad para evitarlo, pues nada debe coartar la libre voluntad de un deseo consciente que reclama su derecho a la felicidad y a la dicha de gozar según dicta su verdadera naturaleza. Por eso ni el viento molesta ni pretende romper la magia que se vierte entre unas sábanas revueltas. 

Por eso el mar sólo pretende arrullar con su cadencia ese despertar que volverá a encender la llama de un fuego abrasador que jamás terminará de consumir a los que aman. Hasta que un día solamente quede el rojo rescoldo que va anunciando la proximidad del final. La terminación de lo que fue una bella historia de amor que únicamente dejará un poso en el alma para recordar y revivirla al llegar el frío de la soledad  

miércoles, 6 de julio de 2011

Reflexiones del barón

Con soplos de amor dejando en su oído un te quiero supo que lo ama. Aquellas caricias susurradas tan cerca, que era como si tuviese dentro a quien amaba, le dijeron que estaba amando sin poder discernir donde empezaba y acababa su existencia. Cuál de los dos veía por sus ojos como si sus pestañas fuesen un enrejado que tamizase la luz y las formas al otro lado del mundo. Sentir, notar la vida confundida de dos seres que se han unido penetrando el cuerpo y el alma, sin poder diferenciar de quien es ya el placer y a quien corresponde ese gozo que aumenta y se dispara sin medida como un torbellino que crece en el fondo para salir por la piel sudado de gemidos y lamentos mezclados con suspiros y hasta lágrimas movidas por la dicha de no ser ya uno solo, ni siquiera dos, sino un ente que no se desdoblará jamás por formar un único y delirante universo de deseo en el que sobra todo lo que no sea la entrega propia del que ama y del amado. Nadie sabe que sucede entre esos dos amantes que tan juntos duermen su deliciosa fatiga después de agotarse pegando la piel con la humedad que brota de las ganas que tienen de besarse y recorrer con ansia el mapa erótico de sus cuerpos, hasta amanecer fundidos en un mismo empeño sin querer despertar del sueño mágico que los trasportó a su paraíso

miércoles, 29 de junio de 2011

Reflexiones del barón

Dicen que somos lo que fuimos asimilando desde niños todo cuanto hemos visto y oído a nuestro alrededor. Sin embargo, también cuentan que nuestro carácter no se forja con la educación solamente o las vivencias, pues desde el nacimiento se refleja en nosotros una forma de ser y hasta de pensar y entender lo que nos rodea que tamiza nuestra mente en función de esas neuronas e incluso de los genes que nos dan forma y materia y van formando nuestro organismo durante la concepción. 

Pienso que todos deben tener parte de razón, pero estimo que lo importante no sólo está en lo que ya tenemos al sacar la cabeza a este mundo, dejando el placentero reducto en que flotábamos, sino también en cuanto podamos acrecentar y pulir nosotros mismos limando nuestras propias aristas y fomentando esas virtudes que logran convertir el genio, entendido como mal humor, en la chispa imaginativa y creadora que también se llama genio en el buen sentido. 

Todo lo que aportemos a los demás, entregándoles algo de nuestro espíritu con la intención de mejorar la convivencia, es apilar en nuestro beneficio un cuantioso capital que hará más llevadera la existencia. Y al final nos daremos cuenta que esa es la única manera de sentirnos felices; o al menos contentos con nosotros mismos, que ya es bastante en los tiempos que nos han tocado vivir. Y no voy a decir que son peores o mejores que los anteriores. Dejémoslo en que son simplemente distintos y son los que nos tocan a nosotros y tenemos la obligación de edificar algo positivo para quien venga detrás. 

Y por eso, exprimamos la imaginación y no nos quedemos a medio camino en una insoportable mediocridad que mata los mejores sentimientos y los sueños más irreales. Creemos lo imposible para ser cada día más auténticos y deshagamos la realidad para dejar que florezca la fantasía

viernes, 24 de junio de 2011

Reflexiones del barón


El aire trae recuerdos de días ya pasados y es como si en mis oídos retumbasen sones y palabras que tenia olvidadas. El viento me susurra cuanto escuché en otro tiempo y creo volver atrás en el tiempo y revivir aquellas tardes tranquilas de intenso calor en las que todo se adormecía esperando que llegase la brisa del atardecer refrescando el ambiente. Todo quedaba en penumbra al cerrarse las contraventanas y se hacía el silencio en la casa. Tan sólo se escuchaba afuera el trino de los pájaros; y hoy es el día que admiro su terquedad a dejarse envolver por la somnolencia. Era la hora de la siesta, pues no se debía salir mientras no bajase el sol y la pereza se adueñaba de la casa y solamente las moscas tenían ganas de seguir dando la lata a todo ser vivo con su zumbido y molestando el sueño al posarse impertinentes en nuestras narices u hocicos. 

Cuántas sensaciones se agolpan ahora en mi cabeza y hasta parece que siento en la piel el tacto de esas manos que supieron despertar en mí el deseo y ese apetito carnal aún adolescente que marea el estómago y hace que todo gire muy aprisa en la cabeza, como si ese calor que te abrasa el cuerpo por dentro y por fuera nos consumiese irremediablemente y no hubiese nada que pueda aliviar el ardor que te deja sin aire para respirar después de besar unos labios por vez primera. Me ahoga de nuevo el ansia de gozar esas cálidas caricias de antaño que me ponían el vello de punta y provocaban en mi frente la peor calentura que se puede sufrir sin tener fiebre. El sudor empapaba mi cara y se escurría por las sienes hasta las mejillas y por detrás de mis orejas caía sin parar con cada roce que mis piernas notaban al arrimarse a otros muslos. Qué sofoco entran en esas ocasiones e incluso se llega a pasar mal hasta que no logras romper las trabas que otros te han creado en tu mente y aceptas que no hay nada más maravilloso que amar y ser amado sin importar otra cosa que la atracción que sientas por el otro ser que se funde contigo en la misma pasión, despreciando cualquier tabú conque impregnaron nuestra educación desde niños