domingo, 11 de septiembre de 2011

La casa grande XVIII

Llegué al río acalorado, siguiendo el paso acelerado de Alfredo, y al ver a los dos chavales tendidos sobre la hierba, retozando como cachorros, me oculté tras un matojo y quise ver donde pararía aquel juego que los tenía enzarzados a los dos. Se reían, pero daba la impresión que era una pelea típica de críos lo que estaba ocurriendo allí. Vi que se detenían y se miraban fijamente a los ojos por unos segundos. Y entonces vino lo que yo esperaba sin desearlo. Miguel pegó su boca a la de Castor y lo besó. Y como si un rayo le cayese sobre la cabeza al otro muchacho, se apartó de Miguel; y sin reponerse de la sorpresa que le causara con ese beso, le arreó un puñetazo que lo tumbó de nuevo, pero ahora dolorido y sangrando por un labio.
Debí intervenir de inmediato para evitar que las cosas subiesen de tono, pero no lo hice y esperé que se desarrollasen por si mismos los acontecimientos. Y no se hizo esperar mucho la respuesta de Miguel y le devolvió el golpe a su compañero con más fuerza de la que lo había recibido él. Castor acusó el puñetazo y cayó de bruces y no le dio tiempo a responder con otro, porque su atacante se levantó y echó a correr hacia donde Alfredo y yo nos ocultábamos. Y Alfredo me gritó: “No dejes que se marche y deje así a Castor!. Oblígalo a volver junto a él y que le pida perdón y consiga hacer las paces con su amigo..... Venga!. No seas timorato y páralo!”. Y lo detuve saliéndole al paso y lo agarré por un brazo y con voz autoritaria, tal como me hablaba a mí Alfredo, le ordené que pidiese perdón a Castor, aunque yo no tenía claro cual de los dos debía hacerse perdonar por el otro. 
Miguel solamente había expresado el deseo que Castor le provocaba con sus bonitos ojos pardos y su cara de macho, tan joven y atractivo, que en realidad a todos los de la casa nos dejaba sin aliento al mirarnos. Y supongo que al estar tan cerca de él y oler la virilidad de su cuerpo, el chico no pudo resistirse a besar esos labios carnosos y tan frescos que le sonreían. Castor se dejó llevar por un sentimiento de macho mal entendido, quizás, y rechazó violentamente lo que tan sólo era una muestra de afecto y de aprecio tan sincero y ardiente como el amor que Sole le profesaba. Y al sentirse herido y rechazado de ese modo, Miguel sacó su vena de hombría y le pagó el desprecio a su amigo con la misma moneda. Pero él atizó empujado por la rabia de no ser comprendido por el hombre que tanto ansiaba tener en sus brazos para amarlo con todo su ser.
Y no sé bien si fueron mis palabras o el propio deseo del chaval por ir de nuevo junto al amigo, el caso es que Miguel dio la vuelta y se fue al lado de Castor, que todavía estaba tendido en el suelo. Se arrodilló junto a él y casi llorando al verlo abatido y sangrando por la boca le pidió perdón y prometió que nunca jamás haría nada parecido. Realmente el asunto no era como para rasgarse las vestiduras, pues tan sólo había un beso entre los dos; y mal dado, por cierto. Sin embargo, la cara de Castor parecía distinta y no supe interpretar su gesto. Ya me había visto, porque salí de mi escondite, pero parecía que no yo no estuviese con ellos. Y, sin pronunciar palabra, Castor puso una mano detrás de la nuca de Miguel y atrajo su cabeza hacia la suya, besándolo con una pasión y una intensidad que seguramente ni a Sole la besara nunca de ese modo. 
Ahora si que estaba desconcertado viendo aquello. Y no quedó ahí la cosa, porque Castor se abalanzó sobre Miguel, aprisionando su cuerpo bajo el suyo, y, sin parar de morrearlo como un loco, le fue dando la vuelta para sobarle las nalgas y buscar con sus dedos el redondel que pretendía traspasar. Miguel no se resistía y yo alucinaba sin entender nada y le pregunté a Alfredo que coño estaba pasando. Pero Alfredo no me respondió ni lo vi a mi lado. Y no hizo falta saber nada más para maliciar lo que sucedía en realidad. No podía verle los ojos a Castor, pero tampoco me hacía falta verlos para saber que ya no eran pardos sino grises. Y Miguel estaba siendo usado otra vez, creyéndose que era su apetecido amigo quien lo gozaba. 
Estuve por interrumpir aquella escena, que me parecía indigna y fraudulenta, pero quedé paralizado y no pude apartar la vista de sus cuerpos enlazados buscándose y palpándose  con un ansia desaforada. Y llegó el punto álgido del juego y ocurrió lo que seguramente nunca había previsto Miguel. Castor, mejor dicho Alfredo a mi entender, logró ponerlo boca abajo y sujetarlo inapelablemente con el peso de su propio cuerpo. Con las piernas separó las del otro chico; y como si una fuerza imparable guiase su pene al punto donde otro quiso dirigirlo, lo penetró casi de golpe y lo violó sin que Miguel pudiese impedir la invasión de su cuerpo. Debió dolerle mucho y seguramente sintió que su carne se partía y sus entrañas se rasgaban, pero no pudo gritar y apenas se oyeron unos gemidos ahogados por la fuerte mano de Castor que le tapaba la boca. No duró mucho, pero Castor, más que jadear sobre el cuerpo de Miguel, emitía bramidos más propios de una fiera que de un hombre. Luego se detuvo y ya no movió su cuerpo sobre el del otro chaval. Y así, uno sobre el otro, se quedaron agotados sobre la hierba a la orilla del río y ante mis ojos asombrados y mi mente alborotada por lo que que acababa de presenciar.
Los dos muchachos no se movían y a mi lado Alfredo me decía: “Ya está. Al fin Miguel tuvo lo que tanto quería. Deseaba a Castor y logró tenerlo entre sus brazos. Buscaba un rato de placer con él y lo tuvo. Y ahora supongo que todos contentos”. “Cómo dices eso!...... Tú lo has violado usando a Castor!..... Y qué pasará ahora entre los dos?”, exclamé con angustia imaginando que pensamientos estarían royendo el alma de Miguel, puesto que daba por hecho que el otro no se había enterado de nada y únicamente actuara de instrumento para que Alfredo llevase a cabo lo que se había propuesto al apoderarse de su voluntad. Me dolía ver a esos dos chavales desnudos y tirados sobre la hierba húmeda, todavía ensartados y aplastado Miguel bajo el peso de Castor, pero no me atrevía a ir hacia ellos ni hacer ningún ruido para no despertar de nuevo otro ataque de rabia de uno hacia el otro a causa de lo sucedido.
Y fue Miguel quien se movió primero y se giró bruscamente derribando a su opresor. Lo miró un instante y se levantó sin advertir mi presencia y se lanzó al agua como si ella no sólo pudiese lavarlo sino también borrar los restos de huellas dejados por su amigo Castor sobre su piel. Castor aún tardó algo más en incorporarse. Y al hacerlo buscó con la vista a su amigo y se fue al agua y nadó hasta la orilla opuesta como si quisiese huir del escenario donde tuviera un mal sueño. Yo estaba desolado y no sabía que hacer para remediar de alguna forma el desaguisado creado por Alfredo. Y le eché en cara esos métodos espantosos que tenía de usar a la gente según su capricho y con el sólo fin de hacer su voluntad. Le llamé retorcido y casi llegué a decirle que me espantaba su proceder sólo propio de un monstruo. 
Sí, le llamé monstruo y estaba a punto de decirle que no quería volver a verlo ni a compartir nada con él, pero Alfredo me calló la boca con un beso y agarrándome fuertemente me gritó: “No digas lo que vas a lamentar antes de que llegues a pronunciar la última sílaba!. Bien sabes que Miguel está loco por ese otro chaval y cada noche desea estar con él en la cama y sentir su calor para entregarse a él con toda el ansia de que es capaz un joven lleno de pasión y ganas de vivir. Si algo deseaba ese chico era sentirse unido a su amigo en el mayor abrazo que dos hombres pueden darse. Verse compenetrados hasta confundir sus cuerpos y los latidos de sus corazones al amarse y fundirse en uno solo lo que antes eran dos. Igual que tú y yo lo hemos deseado entonces y ahora sólo podemos lograrlo usando a esos muchachos. Piensa si realmente Miguel ha sufrido o por el contrario gozó con toda la intensidad que siempre soñó sentir”. Pero no quise escuchar su palabrería y quise largarme de allí para no saber que ocurría al salir los dos rapaces del agua.
No me dio tiempo. Y cuando iba a darme la vuelta para marcharme, oí la voz de Miguel que me llamaba al tiempo que ya salía del agua. Solamente giré la cabeza y lo vi venir corriendo hacia mí y no pude por menos que esperar y escucharlo. Y el chico me pidió que no me fuese y me bañase con ellos en el río. Ni sentía vergüenza por haber sido violado delante mía, ni daba la impresión que el escozor doloroso en el culo le impidiese mirarme con una sonrisa invitándome a jugar con Castor y él dentro del agua. Busqué a Alfredo a mi alrededor y el muy cretino estaba muerto de risa apoyado en un arbusto y meneando la cabeza indicándome con ese gesto que yo era un pringado por tomarme esas cosas del sexo de un modo tan trágico y tremendo. Como él me decía a veces, hacer esto es lo más normal y es lo mejor para pasar el tiempo cuando no hay nada que te preocupe. Y si lo hay, aún se necesita más una compañía agradable con la que puedas pasar un buen rato olvidando todo los problemas y relajando la ansiedad que nos perturba. 
Es posible que Alfredo con su filosofía acomodada a sus apetencias tuviese algo de razón. Mas a mi me seguía pareciendo demasiado transcendente eso del sexo. Y mucho más si se llegaba a culminar el acto con otra persona como hicieran esos chavales. Para mí follar era más importante de lo que decía Alfredo. Y no niego que probablemente él fuese más feliz y tuviese la conciencia tranquila con sus planteamientos al respecto, si es que aún le quedaba conciencia a ese truhán, y no tuviese reparos en usar a otros para complacer sus instintos y sus necesidades de afecto y gozo. Sin embargo, a mi todavía me faltaba recorrer un buen trecho para alcanzar ese grado de frialdad y cinismo para ver las cosas desde esa perspectiva y a través del prisma mental de Alfredo.    
Le dije a Miguel que fuese al agua con el otro, que yo iría enseguida, y agarré a Alfredo por las muñecas y le interrogué: “A cual de los dos poseíste?...... Con cual de ellos gozaste ese polvo, cabrón?”. Estabas dentro de Castor y violaste a Miguel, o fue dentro de ese chaval donde te ocultaste para disfrutar como una puta con el otro macho?”. Y Alfredo me miró muy sereno y me preguntó a su vez: “Me estás preguntando o son reproches motivados por los celos?..... Y si son celos, de quién estás celoso?....  De mí, de Miguel, o de Castor?..... Qué papel te hubiera gustado desempeñar en esa comedia?..... Porque en parte no fue más que eso. Una comedia en la que cada cual eligió el rol que más le apetecía interpretar”. “No te entiendo”, alegué con cara de duda. “Pues deja que te lo aclaré, so tonto!..... Que eres más inocente que un higo. Y ni siquiera chumbo que tienen espinas y pican si los coges mal”, me fijo Alfredo riéndose otra vez. Y ya me estaba poniendo enfermo con tanta risa y estuve a un tris de darle un puñetazo igual que el recibido por Castor y tan bien dado como se lo atizó Miguel.
“Vamos, muchacho!”, exclamó Alfredo con tono de suficiencia que me repateó todavía más. Y continuó hablando: “No voy a negar que me metí en Castor para enfriar sus ánimos y romper el hielo entre los dos chavales....... Y el inició del beso que le dio a Miguel fue cosa mía. Pero ahí se acabó mi intervención........ Bueno, le soplé a Castor un par de cosillas, pues le falta experiencia en eso de perforar otros agujeros que no sean en la vagina de una mujer, pero nada más que simples sugerencias sin demasiada importancia, aunque esenciales para introducirla por donde debía hacerlo....... Y a partir de ese momento ni siquiera hice de apuntador....... Me limité a observar como hiciste tú...... Y nada más, puedes creerme..... La representación corrió a cargo de ellos solitos y sin mi ayuda para nada más........ Sí. Y no pongas esa cara de idiota que te están esperando para bañarse contigo. Vete con ellos y cuidado que Castor no te viole a ti también. Me temo que le va a coger afición a eso de entrarle por detrás a otro tío que tenga un culo prieto y recio. Y tú todavía lo tienes muy duro”. !Calla la boca, cabrón!”, dije con un exabrupto. 
Si eso era cierto, lo que estaba pasando me superaba. Castor fuera consciente de lo que le hacía a Miguel y ahora o disimulaba aparentando que no pasara nada entre ellos, o se lo estaba tomando con una naturalidad y un cuajo que no me imaginaba eso de acuerdo con la manera de ser de ese muchacho. Y por otro lado, Miguel sólo habría soportado y sufrido el agresivo ataque sexual del otro, o lo disfrutara verdaderamente, como insinuaba Alfredo, e incluso se regodeaba sintiendo el picor y las molestias que le dejara en el ano su compañero?. Me estaba haciendo un puto lío y cuantas más vueltas le daba menos entendía aquel asunto. A ver si iba a resultar que a partir de ese día Sole quedase relegada a un segundo plano en las apetencias sexuales de su novio?. Me costaba  creerlo viendo como babeaba el chico al mirarla y más cuando ella lo encelaba con sus pechos y moviendo las caderas al trajinar por la casa o antes de decirle que le apetecía dormir la siesta un rato; y los demás sabíamos a que se refería la chica con eso de disfrutar la siesta, aunque la dormida fuese nula o se limitase a un rato muy corto. En fin!. Era mejor esperar acontecimientos y dejar a un lado tales quebraderos de cabeza. Por el momento tocaba baño y juegos con los dos chicos y a ver como se portaban el uno con el otro tanto dentro del agua como una vez que saliésemos y nos tumbásemos sobre la hierva para secarnos al sol. Habría malas caras o gestos desabridos?. O por el contrario se mirarían con cierto recelo, o buscándose de nuevo para volver a gozarse mutuamente los dos?. Eso sólo el paso de los segundos y minutos, o quizás horas, lo resolvería. A no ser que Alfredo me mintiera y ninguno de los dos se enterase de nada, o al menos Castor, lo cual no sería extraño en él.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La casa grande XVII

Miguel adoraba los caballos y su atracción por ellos crecía a tal ritmo que pronto consiguió dominarlos y mantenerse sobre la silla, o cabalgar incluso a pelo, y daba la impresión que se entendía con ellos y podría hablarles un su misma lengua. Al montar sobre el lomo del noble bruto era como si otro ser estuviese en su pellejo y fuese ése y no él quien le hablaba al animal. A mí me encantaba dar largos paseos con el chico, montados en los dos caballos más nerviosos y de mejor estampa, y nació entre nosotros una confianza y camaradería más propia de dos chavales de su misma edad que entre un chico tan joven y un hombre ya maduro que había dejado atrás los cuarenta. Y, sin embargo, nos entendíamos bien y a veces creía que Miguel estaba más cómodo conmigo que con Castor. 
Eso no quitaba que al ver medio desnudo a ese otro mozo, enseñando el inicio de la raja del culo, cosa que era habitual en él, Miguel se pusiese muy colorado y nervioso y a mi me entraban sudores pensando en el tacto recio de esas dos bolas de carne que el muy cabrón solamente dejaba que se insinuasen. Yo siempre me decía para mis adentros: “Cómo debe gozar Sole agarrando con fuerza esas putas nalgas y apretarlas contra ella cuando la está follando”. Y seguramente a Miguel lo que más le jodía era que si el enseñaba también el comienzo de su trasero, que lo tenía precioso, Castor se quedaba indiferente y no le causaba la menor inquietud verle el culo entero. Castor se quedaba entontecido al mirar las apretadas tetas de Sole que sobresalían por el escote de la blusa o el vestido dejando ver la mitad de sus bonitas manzanas algo doradas por el sol. 
El caso era que Miguel y yo nos divertíamos juntos y podíamos hablar de cualquier cosa que no fuesen temas sobre los que el chaval no poseía conocimientos suficientes o ninguno en absoluto, como eran los propios de mi profesión, o ese otro tabú, que yo no quería mencionar ni que saliese a relucir nunca hablando con el chaval, por si fuera el caso que él sospechase algo acerca de ese espíritu que más de una vez entrara en su cuerpo para usarlo de medio en la extraña relación amorosa que yo mantenía con Alfredo. Puede que Miguel no fuese consciente cuando el otro se apoderaba de su voluntad y transformaba sus ojos y mirada, volviéndola de un intenso color gris brillante como una estrella solitaria que resalta en el firmamento en una de esas noches sin luna, pero plagada de estrellas unidas en constelaciones. Como ese astro que llama nuestra atención al verlo en la oscuridad y llegamos a creer a veces que en vez de una estrella podría ser algo extraño a nosotros y al universo que nuestras mentes alcanzan a ver y entender. 
Esa experiencia utilizando a Miguel como caparazón del espíritu de Alfredo se había repetido en dos ocasiones más después de la del río. Y ni mi sentimiento de culpa ni la vergüenza inicial de entonces pudieron evitar que me plegase al deseo de Alfredo y besase los labios de Miguel absorto en los ojos grises del que lo dominaba desde el interior. Y en algunos instantes me parecía advertir que el verdadero Miguel reaccionaba también a mis caricias y debajo de los de Alfredo me miraban sus ojos pardos, no con odio ni sorpresa por usarlo sin su consentimiento, sino con un atisbo de asentimiento y placer al sentir en la piel mis manos y el calor de mi cuerpo sobre el suyo. Sin embargo, yo estaba seguro que el chico deseaba al otro muchacho y no se le pasaría por la mente apetecer sexualmente a un tío que le llevase tantos años, pues en ese tiempo le doblaba la edad al chaval. Además, no hacía falta más que ver el modo en que Miguel miraba a Castor para darse cuenta que en sus poluciones nocturnas estaba presente ese mozo y no otro hombre ni mucho menos una mujer. Con Sole el rapaz mantenía un entente cordial sin llegar a intimar más allá de lo justo ni permitirse un resbalón que la pusiese en guardia sobre las secretas intenciones del chico respecto a su novio.
Mi conciencia me remordía con tanta fuerza como me atraía el muchacho al verlo a mi merced sumergido en un letargo que yo imaginaba inconsciente. Pero aunque quisiera evitar aprovecharme de él de ese modo, me sentía incapaz de revelarme contra los deseos que me imponía la carne y mucho más para hacerle frente a la persuasiva invitación que Alfredo me hacia para gozar una relación que estaba vedada a un ser sin contorno definido ni dimensión alguna de tiempo y espacio. “Sólo a través de ese muchacho podemos sentir lo que siempre has deseado desde que nos conocimos”, me repetía Alfredo insistentemente al verme reacio para abrazar y besar la forma humana de Miguel. Muchas veces estuve tentado a preguntarle al chico si notara algo raro en ocasiones, pero no me atreví a profundizar en algo que para mí mismo era todavía inexplicable. E incluso a veces me parecía que tan sólo lo había soñado y no se produjera el menor contacto físico con Alfredo por medio del cuerpo del muchacho. 
Pero al margen de tales conjeturas, he de decir que mis días en la casa grande con los chicos y Sole eran tranquilos y sobre todo muy felices. Tanto que ni echaba de menos mi anterior vida en la ciudad, ni ganas tenía de volver a ese mundo de prisas y agobios de tráfico y asuntos de trabajo o compromisos que suelen presentarse con variado cariz. Sole realmente nos alegraba con su risa y un modo de ver las cosas por el lado positivo. Y Castor ponía un toque de sencillez en sus maneras y gustos, sin afectación alguna, y envuelto él mismo  en una sinceridad tan aplastante, que aparte de tremendamente viril resultaba un tanto rústico y encantador. Era una criatura afable y con buen humor que nunca fruncía el entrecejo ni decía a nadie una palabra malsonante. Me parecía tan entrañable como atractivo y entendía que le gustase tanto a su novia como al otro muchacho. Lo malo era si llegaba a estallar una rivalidad entre Sole y Miguel, queriendo llevarse al huerto a Castor cada uno por su lado. Y hasta llegué a pensar si el ambiente de la casa grande, o un espíritu que nos dominaba a todos dentro de ella, influía en nosotros despertándonos deseos y pensamientos que quizás en otro lugar mantendríamos dormidos.
Y lo más real era que los tres formábamos ya parte de esa mansión y cada día que pasábamos juntos en ella nos convertíamos en su misma esencia, atrapándonos entre sus paredes sin dejarnos escapar ni tampoco querer huir de allí. Flotábamos en su atmósfera y nos sujetaba a esa finca una fuerza superior que nunca podríamos vencer. Al menos ni Miguel ni yo y puede que Castor tampoco. Desde que fui consciente del influjo que la casa grande operaba en algunos espíritus, supe que si alguien podría escapar de ella era Sole. Nosotros tres, me refiero a los dos chavales y a mí, estábamos enredados en una red invisible, pero más fuerte que el acero, que nos retenía en la casa para alimentarse con nuestras vidas y completar su alma con las nuestras. Y no sé si todo eso lo orquestaba Alfredo o también él era parte del mismo juego a que nos sometía la casona para prevalecer en el tiempo sobre aquellos que la habitaban creyéndose sus dueños. Y la única dueña de ella misma era la casa grande; y también era dueña de todos los que entrábamos en ella para quedarnos. Porque fuese cual fuese las intenciones, la casa se encargaba de cumplir sus propios designios y apoderarse de sus habitantes para siempre.
Ahora estoy convencido que todos bailamos al son que quiso tocarnos esa casa y no fuimos capaces de salirnos del círculo mágico que trazó a nuestro alrededor para mantenernos controlados y unidos a su antojo. Y, como remate, no faltaba la colaboración de Alfredo para poner las cosas en su punto si era preciso darnos un empujón y llevarnos al terreno donde la casa grande quería vernos. Y fue una tarde, tras el almuerzo y al ir a dormir la siesta cada cual a su cuarto, cuando ocurrió lo que nunca esperaba ni creía posible. Castor y Sole no parecían tener ganas de irse a su habitación a descansar un rato y Miguel me dijo que subía a echar una siesta un par de horas. Yo no tenía sueño, pero me gustaba saber que en la habitación vecina estaba el chaval desnudo y probablemente cachondo pensando en el otro chico. Y subí detrás de Miguel diciéndole hasta luego a los otros dos jóvenes que ya retozaban en el sofá de la sala.
Sin embargo, Miguel no entró en su cuarto y se quedó en la escalera espiándolos. yo entré en mi dormitorio, pero no cerré la puerta del todo y por la generosa rendija que dejé abierta podía ver a Miguel agazapado en los balaustres del pasamanos. Sólo lo veía a él, pero por sus gestos y actitud pude imaginar que pasaba abajo. Y vi con claridad como Miguel se desabrochaba los pantalones y su brazo me indicaba que la mano se ocupaba de algo más contundente que acariciarse el pene. Sole y Castor tenían que estar morreándose de lo lindo o follando medio en pelotas, porque la excitación de Miguel demostraba que la escena que miraba lo estaba poniendo como un burro. Así estuvo un rato; y yo, tan caliente con él, aguardaba el desenlace de su calentura, pero me sorprendió que de repente se diese media vuelta y dirigiéndose a mi cuarto abriese la puerta y la cerrase tras él. No dijo nada y yo disimulé mi empalme ahuecando las sábanas para que no notase la rigidez del miembro que intentaba esconder. Pero no debió cuajar la treta porque el chico se acercó a mi cama, se sentó a mi lado y sin dejar de mirarme con sus ojos pardos me besó en la boca. Me quedé atónito de entrada, pero al segundo reaccioné y fui yo quien lo besó a él en los labios con mayor fuerza todavía. Miguel, sin incorporarse, se quitó los pantalones y la camiseta y me destapó para tumbarse a mi lado y pegarse totalmente para rozarse voluptuosamente contra mí. Y esa vez era él y no Alfredo y no rechacé su entrega ni sus besos y sobeos. 
Duró poco, pues, probablemente más por la excitación nerviosa que por la sexual, los dos nos vertimos casi al mismo tiempo tan sólo con sentir el calor de esa otra carne, ansiando satisfacer una lujuria desbordada por el placer de otros y contenida por nuestra propia inseguridad. Y al irse Miguel quedé destrozado en lugar de satisfecho, porque estaba seguro que solamente me había utilizado para descargar sus testículos, recalentados por la visión de ese otro hombre que tanto deseaba solazándose con la novia. Y por si mis recelos al respecto no fuesen suficientes, vino a remachar el asunto Alfredo, diciéndome que todos nos aprovechábamos de otros si las circunstancias nos eran propicias. A mi me escocía que Alfredo se metiese en la piel de Miguel para que yo pudiese sobarlo y besarlo como dos amantes, pero no desaprovechó la ocasión mi querido amigo sin cuerpo para restregarme en las narices que el rapaz me había usado para satisfacer la libido provocada por Castor. Y por tanto no era como para tener tantos remordimientos que nosotros lo hubiésemos utilizado a él un par de veces o alguna más. Eso ya daba igual, pues el chico también buscaba lo mismo y estaba claro que prefería a un hombre para satisfacer sus necesidades sexuales. Y Alfredo tuvo el cuajo de recordarme que aunque ya fuese un cuarentón, aún tenía un cuerpo como para hacerme un favor y que no era tanto sacrificio para el chaval acostarse conmigo. El muy cabrón lo decía porque él seguía igual de joven y de guapo que cuando nos vimos por primera vez y sabía que su cara, sus ojos y sin duda su sonrisa me desarmaban y me rendía sin remedio a cuanto quisiera pedirme. 
Debí dormirme después de charlar con Alfredo y me di prisa por ver si también estaba levantado Miguel, por el sólo hecho de verlo y comprobar si me sonreiría al verme o se avergonzaría por haberse acostado conmigo. Pero no lo encontré y bajé para saber por donde andaba el muchacho. Y Sole, muy contenta, seguramente por el polvo disfrutado con su novio, me informó que Miguel y Castor se habían ido a darse un baño en el río. Y eso me descolocó totalmente y quise helarle la sonrisita en la boca; y maliciosamente le insinué que posiblemente ellos habían preferido ir solos y no llevarla al río para que también se diese un baño, porque seguramente lo pasarían mejor juntos. Sole, con una media risita me dejó claro que si no iba era porque no le apetecía, pues Castor, antes de marcharse, le preguntara si no le parecía mal que la dejase para acompañar a Miguel. Sin duda quiso dejar constancia que tenía a su novio comiendo en su mano como un cordero y si le soltaba la cuerda era porque estaba segura que era suyo y de nadie más. Y ahora era yo quien sentía celos de Castor. O quizás lo que temía era que fuese Miguel el que consiguiese encelar a su joven  amigo y lo llevase tras un matorral para saciarse de ese olor a macho que desprendía el mozo. Y si solamente fuese de un aroma viril de lo que tenía ganas Miguel!. Mas yo sabía bien que ese chaval necesitaba mucho más que eso y únicamente Castor podía darle lo que tanto buscaba en otro hombre.      
Salí de la casa con intención de montar a caballo y galopar sin rumbo para calmar mis ansias, pero me salió la paso Alfredo y me convenció para ir también al río y darnos un baño en compañía de los otros dos muchachos. Y no tuvo que hacer mucho esfuerzo para convencerme y llevarme donde él quería para hacer conmigo lo que le diese la gana sin que tuviese que forzarme demasiado para conseguirlo. El mandaba y yo no sabía como resistirme.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La casa grande XVI


Desperté tras esa primera noche en la casa grande como si hubiera renacido a otra vida  y que sería diferente en todo a la que llevaba en la ciudad. Me levanté nada más oír ruido en la habitación contigua, donde durmiera Miguel, y me acerqué a la puerta que las unía para comprobar si estaba cerrada del todo o si quedara una rendija entreabierta para que nuestros oídos espiasen los sueños. Estuve a punto de abrirla del todo y ver al chico desnudo o al menos como se vestía, pero no lo hice y me quedé sentado en la cama esperando  que él bajase primero las escaleras. Sentí que Alfredo me veía por el espejo del armario y le dije que no se celase del chaval, que tan sólo era un chico que me caía bien, pero sin pretender nada con él. Se le veía tan joven a ese rapaz, que entendías lo bella que resulta la vida cuando la sangre bulle en las venas y todo parece nimio y sencillo para echárselo a la espalda sin mayores complicaciones para ser sincero con uno mismo y con el mundo que te rodea. Alfredo se reía, pero no dijo nada y me puse encima unos pantalones cortos y una camiseta cualquiera para bajar a desayunar con mis nuevos amigos. Pero antes de salir del cuarto, me preguntó Alfredo: “Cuando comprarás los caballos?”. “Crees que podré montarlos todavía?”, le pregunté yo a él. fijo en los míos sus ojos grises y añadió: “Lo hacías bien cuando montabas en el picadero”. “Y tú como lo sabes?. Acaso estabas allí para verlo?, dije yo. Y Alfredo, sin dejar de sonreír, dijo: “Siempre estuve a tu lado viendo lo que hacías”. Eso me fastidió y le pregunté algo enfadado: “Y también estabas conmigo cuando hacía el amor con mi mujer?”. “No.... en ese tiempo no me necesitabas y menos para follar con ella. Y te dejé a tu aire..... Y así te fueron las cosas con esa mujer..... Y ya ves como has vuelto a mí y a desear que no vuelva a dejarte solo...... Convéncete que sin mí no eres nada, porque yo soy esa parte de ti que has intentado ocultar sin saber que de ese modo estuviste a punto de amputar parte de tu alma. Pedro, no se puede luchar contra uno mismo y hay que aceptar lo que cada uno es y siente”. 
Y estando con los chicos en la mesa de la cocina, nada más darle el segundo mordisco a una rebanada de pan con mantequilla y mermelada de fresa, le dije a Miguel: “Vamos a comprar un par de caballos...... O mejor tres. Porque será conveniente disponer de uno bien domado y no excesivamente brioso para que aprendas a montar antes de subirte a otro más fogoso....... Supongo que yo recordaré todavía mis tiempos en los que iba a un picadero. Era tan joven como lo eres tú ahora y no se me daba mal montar a caballo..... Espero que los años no me hayan privado de demasiada agilidad para poder sostenerme con cierta seguridad sobre la silla..... Ya veremos como se te da a ti la equitación...... Aunque estoy seguro que aprenderás pronto y enseguida podremos darnos largos paseos por los alrededores los dos juntos...... Y si Castor quiere acompañarnos, pues tendrá que aprender también a manejar las riendas y sostenerse sobre la grupa........ No crees, Miguel?”. “Claro!....... Lo primero es comprarlos y luego ya veremos quien monta mejor. Porque pienso aprender muy rápido!”. Y se oyó la voz cálida de la chica decir: " Acaso yo no cuento en eso de montar?". "Tú cuentas para todo", añadí sin mucha convicción.
No tuvo que pasar mucho tiempo para ver tres preciosos caballos en los establos, que los cuidábamos entre Miguel y yo, ni tampoco para que, como laboriosas hormigas, con los dos chicos emprendiera la labor de remozar la casa grande, por dentro y por fuera, animados por la grácil silueta de Sole; que, como la reina de la colonia, trajinaba de un lado a otro opinando y aportando sus ideas para dejar el escenario de nuestras vidas más acogedor y agradable de lo que nosotros hubiésemos logrado estando solos y no contar con las sugerencias de la muchacha. En cuanto la conocí, comprendí que tuviese a Castor embobado y encelado a sus preciosos pechos y a esas cimbreantes caderas que movía con tanto salero como gracia al caminar o hacer cualquier movimiento, aunque solamente estuviese parada mirándonos y dándole vueltas en la cabeza a algo que no acababa de ver claro o aún no le parecía acorde con el resto de la decoración o funcionalidad de la estancia, conforme a la dedicación y función que se pensaba dar a las cosas. La chica no sólo era guapa y con unos ojos tan expresivos como claros y espabilados, sino que apetecía tenerla al lado y no dejar de verla como una fruta fresca que alivia la sed en esas tardes tórridas del verano; aunque sabes que si abusas en su contemplación, es posible que aumente la temperatura de tu cuerpo y te haga sudar y tener pensamientos ardientes si la ves o imaginas ligera de ropa.
Confieso que me tenía en un bolsillo la moza y con cuatro carantoñas conseguía mi aprobación a cuanto se le ocurría. Y si a mí me traía como un manso cordero con un par de zalamerías, cómo no iba a tener cautivo de sus encantos a su novio!. A él le hacía bailar en un centímetro cuadrado sin mover los pies del suelo, con sólo mirarle los ojos o lanzarle un esbozo de beso por el aire al girarse y encontrase de frente los dos. Era al mismo tiempo tan alegre como una mañana de romería y seria si se terciaba el momento. Y siendo casi por costumbre dulce, sin llegar a resultar empalagosa, podía tener un repunte arisco si Miguel se empeñaba en buscarle las cosquillas. Sin duda añadiría que la chica tenía carácter y ya era toda una mujer.
La reforma de la casa avanzaba, dándole un toque moderno y actual, tirando a minimalista, no sólo de acuerdo con mi gusto, sino también al de los muchachos, sin que nuca faltase que Sole pusiese un adorno floral, sencillo y nuevo cada día, sobre una mesa del salón para alegrarnos la vista al poco de levantarnos de la cama. Y hubo que cambiar bastantes muebles aprovechando únicamente algún que otro complemento decorativo con el fin de conservar el alma intrínseca de la casona y perpetuar el recuerdo de los que vivieran en ella anteriormente. Y, por tanto, el retrato de la matriarca, la perspicaz doña Regina que todo lo vigilaba con su penetrante mirada de ojos grises, se mantenía firme colgado en el lugar de honor de la sala. Se quitaron los viejos papeles que tapizaban las paredes y se desnudaron las ventanas de cortinajes y visillos, eliminando tanto trapo para dejar pasar la luz y alegrar el espacio permitiendo ver los árboles del jardín sin estorbos desde cualquier habitación de la casa.
Por las noches, a través de la puerta que comunicaba mi cuarto con el de Miguel, que algunas noches me daba por pensar que estaba entreabierta, escuchaba su respiración acompasada cuando él dormía y la agitación creciente que sufría su respirar al masturbarse en plena noche, sin que yo estuviese seguro que escenas imaginaba ese muchacho o que sensaciones acompañaban a su mano para llegar a ese solitario orgasmo  que yo oía y hasta podía oler desde mi cama. A veces daba por seguro que lo provocaban los crujidos que se filtraban desde el techo y los dos percibíamos mientras Castor y Sole gozaban su amor en la cama. Sin embargo, otras muchas noches no necesitaba el aliciente de esos morbosos ruidos para que Miguel se solazase él mismo apagando sus gemidos y jadeos al llegarle la eyaculación. Y yo me excitaba también con el chico y soñaba que estábamos juntos en la misma cama. Pero simplemente era un sueño que no correspondía a algo real. Aunque Alfredo venía a mi lado y me calmaba con sus caricias y esos besos tan tiernos que sólo él sabía como dármelos para poner mi lujuria en el disparadero.
El, mi Alfredo, estaba conmigo en cuanto me quedaba solo y los chicos atendían sus quehaceres. Ellos no lo veían nunca, porque él no deseaba que supiesen que estaba en la casa con nosotros y se escondía en cualquier lugar de la finca donde nadie, excepto yo, podría encontrarlo. Y no sólo me acompañaba al río como entonces, cuando éramos adolescentes los dos, sino que también me acompañaba a casa de Amalia si alguna tarde iba a visitarla. Y para no dejarlo solo esperándome en el puente, pocas veces volví a cruzarlo para ir a la otra orilla. Quien iba casi a diario era Sole y con cierta frecuencia lo hacía Castor. Pero Miguel, al igual que Alfredo, no quería pasar al otro lado ni alejarse más de lo necesario de la finca. 
Y recuerdo que una tarde en casa de Amalia, ella me trajo unas suculentas ciruelas, amarillas como el oro y rebosantes de agua tan dulce como el almíbar, y al ir a morder una, me fijé en los glotones ojos de Alfredo y alargué la mano para dársela antes de  llegar a probarla. Sin duda era la más grande y madura del plato y por un instante quedó suspendida en el aire, cayendo para estamparse en el suelo derramando sus jugos. Alfredo no fue capaz de cogerla con la misma realidad que lo hacía conmigo y la ciruela se perdió y quedó inservible hasta para las hormigas, pues Amalia se dio prisa en recogerla y limpiar bien para que su olor no las atrayese formando una interminable fila india hasta comérsela entera. Me gustaba estar con Alfredo a solas y sentir sus dedos sobre mi piel al tomar el sol en el río. Y a él le encantaba que jugase con su pelo y recorriese su espina dorsal con mi lengua para terminar mordisqueándole la nuca, haciéndole unas cosquillas que no soportaba.
Un día, estando tumbados al borde del agua entreteniéndonos en esos juegos, oí moverse unas ramas y al hacerse más cercano ese ruido apareció Miguel cubierto tan sólo por un vaquero sin perneras y con un par de rotos en el culo que dejaban ver dos retazos de sus nalgas. Me alegré al verlo y le dije que se acercara a nosotros, pero creo que Alfredo se molestó con él por interrumpirnos y nos dejó solos. El chico se acostó a mi lado y se estiró en el suelo cruzando los brazos detrás de la cabeza, pero solamente se desabrochó la cintura del pantalón sin bajar la cremallera ni quitárselo para ponerse desnudo como estaba yo. Miraba al cielo y yo le miraba a él. Concretamente posé mis ojos en su vientre y no los moví de ahí mientras esperaba que me hablase de algo, ya que a mí no se me ocurría ningún tema de conversación en ese momento. Miguel torció la cabeza hacia mí y me preguntó: “Estuvo casado, verdad?”. 
Me quedé un tanto sorprendido por la pregunta, soltada tan de sopetón, y respondí que sí. Y el chaval añadió: “A un hombre que le gusta una mujer, puede sentir algo por otro tío?”.  No sabía si contestar lo que yo creía o si decirle lo que él desearía oír, pero le dije que sí. “Y si la ama?”, insistió. Y le respondí: “Si la ama de verdad y no es un espejismo formado por la bruma de sus propios anhelos y miedos a la soledad y a no ser querido, entonces la querrá y deseará tanto que no tendrá ojos para nadie más. Pero si no es tan fuerte el sentimiento hacia ella, la atracción por otro ser no tardará en vencer su resistencia y claudicará para entregarse y caer en sus brazos, ansioso por sus besos”.
Miguel calló y sin decir nada más se quitó los pantalones quedándose desnudo. No pude negar que era bello el cuerpo de ese joven y me entró un sudor frío que me hizo tiritar. Me puse boca abajo y él se quedó adormilado panza arriba. Y con algo erótico debía estar soñando porque su pene empezó a engordar y endurecerse, creciendo notablemente a lo largo de su vientre. Y a mi lado apareció Alfredo diciéndome: “Tócalo si eso es lo que quieres y te mueres por hacerlo”. Me revolví hacia él y exclamé: “Estás loco!..... Es un chaval y no desea que otro hombre lo acaricie ni le toque con otra intención que no sea tan inocente como sus pensamientos y deseos”. Alfredo rió y me dijo: “Qué tonto eres!..... El loco es él, pero lo está por su amigo y compañero. A este muchacho le gusta Castor y desea tocarlo y besar su boca. O no oyes como se masturba?. Lo hace pensando en ese otro joven que por ahora sólo tiene ojos para su novia. Y Miguel sufre y necesita que otro hombre lo desee y le quiera tal y como es, con defectos y virtudes. Y sin reprocharle que no sienta atracción física por una mujer. Vamos!. Atrévete y besa sus labios!. Está dormido y te aseguro que no sabrá nunca lo que has hecho durante su inconsciencia, porque a quien besarás y amarás no es a él sino a mí”. Y los ojos de Miguel se abrieron y su color no era pardo sino gris. Y Alfredo me besó a mí con la boca de Miguel y me acarició con sus manos y yo abracé a mi amigo estrechando ese otro cuerpo joven y prieto que tan sólo dormía, posiblemente imaginando que era otro el que estaba acostado con él en la hierba. Y por primera vez. Alfredo y yo nos amamos realmente. 
Luego quedé tendido sin fuerzas junto al chico. Y al notar que se despertaba, cerré los ojos para ocultar mi vergüenza por haber usado su cuerpo soñoliento y sin voluntad, mientras lo poseía Alfredo para que los dos retozásemos como nunca hubiéramos hecho entonces, en nuestras primeras tardes en ese río que tanto sabía de mis verdaderos sentimientos y mis deseos más íntimos y secretos. Imaginé que se palpaba al oírle mascullar entre dientes: "Joder!. Debí ponerme muy cachondo porque estoy pringado!..... Esto se arregla con agua". Y noté un rápido moviendo a mi lado y en décimas de segundo escuché un chapuzón que indicaba que el chaval se tirara al agua de golpe. Y pocos minutos después, sentía la salpicadura fría unas gotas sacudidas sobre mi cara. Y abrí los párpados fingiendo que me despertaba; y el chico me preguntó con intención de empujarme hasta el río: "Vamos al agua?". "Vamos", respondí. Y sus ojos eran pardos y bajo esa piel solamente estaba Miguel. Y me pregunté en silencio: "Será posible que no se haya enterado de nada?". Pero lamenté que eso fuese así.

martes, 30 de agosto de 2011

La casa grande XV

Antes de llegar a los establos me detuve y pensé en que le diría al chico que me encontraría allí, sobre todo si al mirarme sus ojos brillaban y me hería otra vez con ese color gris que los hacía irresistibles. Eché una mirada a mi alrededor por si algo me indicaba cualquier otra presencia que no fuese humana, mas al no escuchar nada extraño ni ver ningún ser, a no ser que me observase sin que yo pudiera verlo, entré en las cuadras y vi a un mozo, de espaldas y desnudo de cintura para arriba, que se afanaba en limpiar un pesebre vacío. Tuve que admitir que su cuerpo era bonito y con ese color de  piel uniforme y en un tono de tostado que tiraba al ámbar, daban ganas de tocarlo y rozar sus fibrosos miembros superiores. No pareció oír mi llegada y ni se volvió para verme ni se inmutó tampoco cuando le di las buenas tardes. Y al mirarme sin extrañeza, ni mostrar alguna timidez por serle desconocido, me fijé que quien me veía de arriba a abajo tenía los ojos de un precioso color pardo transparente.
Y eso me tranquilizó y sonreí al tiempo que le felicitaba por el estado tan pulcro de aquellos establos. Y añadí: “Veo que deben gustarte los caballos. Pero aún no hay ninguno para que cuides los pesebres con tanto mimo y dedicación.... Sabes montar?”. El chico me dedicó una sonrisa tan sincera como agradable y respondió: “Señor, sé que pronto habrá un par de caballos en este establo y me anticipé a preparar todo esto para albergarlos como es debido...... Porque además también sé que serán de pura raza y a esos ejemplares hay que saber tratarlos....... Yo los cepillaré para que su capa esté siempre brillante y luzcan su bella estampa al trotar por los alrededores...... Nuca anduve  a caballo, pero aprenderé si a usted no le importa que los monte”. “Siempre tuviste esa afición por los caballos o es algo repentino?”, le pregunté para sonsacarle. Y él me contestó: “No. Pero desde hace poco me gustan. Y aunque no sé el por qué, quiero cuidar esos caballos que va a comprar y dedicarme a ellos”. “Pero de dónde sacaste esa idea de que yo quería tener caballos en esta finca?”, exclamé. Y Miguel miró hacia otro lado y respondió: “Lo sé. Eso es todo”. “Pero por qué crees saberlo?”, insistí. Y el chico sin volver a mirarme, dijo: “Me lo dice él”.
Y no tuve más remedio que gritarle: “Mírame a los ojos!”. Y allí estaba la mirada que imagina ver. Los ojos de Alfredo me sonreían desde la cara de ese chaval, seguramente inconsciente en ese instante de lo que decía y sucedía en su interior. Y fue su voz la que me habló para decirme: “No pensarás ir al río a estas horas?........ Te entretuviste demasiado, en casa de Amalia, supongo, y ya no nos da tiempo de ir a darnos un baño...... Será mejor dejarlo para mañana”. Me quedé callado mirando la transformación de Miguel en Alfredo y al ver que seguía sonriéndome, esperando que le hablase, dije: “Es necesario que hagas esto?....... Entiendo que quisieses atraerme a esta casa, pero por qué no lo has hecho de la misma manera que entonces?...... Por qué utilizas a otros para verme y hablarme?...... Eso no lo entiendo, Alfredo”. El me clavó su mirada y dijo: “Qué importa como me veas si sabes que soy yo?...... Mejor dicho, qué más da como deseas darme forma, si al fin y al cabo eres tú quien me hace real!...... Sólo existo porque tu mente me crea y me da cuerpo y espíritu, cuando tan sólo soy una idea, una sombra que nunca llegó a vivir...... Primero fue mi madre la que me hizo como a ella le gustaba que fuera y me puso los ojos y el nombre de otro..... Y luego tú y nadie más me hizo sonreír de un modo fascinador y puso sentimientos en un corazón irreal, pero que supo aprender pronto a desear y amar al que me daba vida. Te necesito para seguir siendo lo que deseas tener y no te atreves a admitirlo. Y sin mí tú no puedes continuar viviendo....... Soy esa parte de ti mismo que nunca has dejado salir para darla a conocer al resto del mundo. Soy tus sueños y tus pesadillas y los más secretos deseos de tu ansiedad”.
Me senté en una banqueta pegada a una pared de la cuadra y un calor sofocante me hizo sudar y me costaba respirar el aire que se volviera pesado de repente. Y con la voz quebrada, dije: “Alfredo, deja en paz a otras criaturas si al único que quieres poseer es a mí. Me rindo y no voy a luchar más por apartarme de ti ni engañarme creyendo que puedo olvidarte, cuando en todo este tiempo nunca me has abandonado ni despierto ni en mis sueños........ Sal de ese cuerpo y deja a Miguel que viva y tenga sus propios gustos y aficiones y no le hagas decir ni querer lo que a ti se te antoja....... Tanto Castor como él son buenas personas y demasiado jóvenes para que no les dejemos vivir sus sueños tranquilos...... Y a ti no te voy a negar que me gustan..... De sobra sabes lo que sentía al estar contigo jugando desnudos en el río. Pero ellos tienen otros gustos y aspiran a una vida a la manera que más les apetezca...... Y supongo que Sole también, aunque todavía no la conozco...... Déjate ver como eras antes, porque así me gustabas mucho más”. Cerré los ojos agotado de digerir lo que me estaba pasando y al abrirlos de nuevo me encontré con un Miguel muy asustado que me abanicaba con una mano y me preguntaba si estaba bien y que iría a llamar a Castor para que avisase a un médico por si mi desvanecimiento pudiese deberse a algo grave. 
“No hace falta que llames a nadie!”, exclamé. Y el chico se quedó parado sin dejar de mirarme con gesto de preocupación. Y le pregunté: “Qué pasó?”. Y Miguel respondió: “Estaba hablando conmigo y de pronto se puso blanco y se sentó ahí; y en cosa de segundos se le pusieron los ojos en blanco y luego balbuceaba palabras que no pude entender. Y las pocas que entendí no tenían sentido. Tardó poco en recuperar el conocimiento, pero menudo susto me dio!. Se encuentra bien?”. “Sí. Debió ser cosa del cansancio, pero ya estoy bien....... De todos modos ayúdame a levantarme y acompáñame a la casa”, le dije a Miguel. 
Y salimos de la cuadra despacio y yo me apoyé en el brazo del muchacho, que no dejaba de mirarme como si fuese a caerme de nuevo al suelo.  Castor nos vio venir y se acercó, primero sonriendo y al estar más cerca puso cara de interrogación, y preguntó si había sucedido algo. Y Miguel le contó a grandes rasgos el incidente y les dije a los dos que la cosa no era para tomarla de forma tan seria y que no se preocupasen por mí. Y ver tan pendientes de mí a esos chicos y notar con que afán me acogían, me obligó a replantearme mis planes respecto a la casa grande y comencé a dudar sobre si lo que pretendía hacer entraba dentro de la cordura. Quemando la casa y la finca alteraría no sólo la vida de ambos chavales, sino también el orden natural de los acontecimientos que se estaban desarrollando desde el primer momento que llegué a la casa. Y con la mano en el corazón me dije a mí mismo que no tenía ningún derecho a destruir todo aquello para sepultar malamente mis propios temores e indecisiones para plantarle cara a la vida tal y como realmente debía vivirla hasta el final de mis días.
Y esa aceptación de mi propio ser, pasaba por admitir mis pasiones más íntimas y escondidas y no negar mi necesidad de afecto y la dependencia a que estaba sometido por ese otro ser impreciso y sin término ni medida que que me obsesionaba desde mi más tierna juventud. Alfredo era tan real como yo, porque vivía en mí y yo reflejaba su forma en el contexto que me rodeaba. Sobre todo dentro de los límites de la finca de la casa grande, que me servía de escenario perfecto para darle cuerpo a mis ensoñaciones, que dejaban de ser irreales para encarnarse en un mundo creado en mi cabeza. O me equivocaba de medio a medio y ese mundo no lo ideaba yo sino Alfredo?. Y si él era la realidad y yo su ilusión para tomar forma y sentir la vida a través de otra existencia ajena y supeditada a su voluntad de ser algo cierto dentro del gran universo que todo lo engloba y trasforma hasta volverlo a su origen convertido en pura energía?. Era acaso el simple embalaje para contener esa fuerza superior que yo identificaba con Alfredo?. Mi cabeza me daba vueltas y sentí un dolor en la base del cráneo que me obligó a bajar la vista al suelo.
Sencillamente no quise luchar más contra hipotéticos gigantes, que tan sólo eran viejos molinos de viento, y claudiqué. Claudiqué de todo y respecto a todo. Y acepté lo que desde hacía tiempo debía haber admitido como mi verdadera y más real identidad. Y le dije a los dos chavales: “Desde hoy mismo habéis de considerar que esta es vuestra casa. Tan vuestra como mía, porque, entre los dos y con la ayuda de Sole, la habéis mantenido en pie y montasteis un hogar agradable y muy acogedor, tanto para vosotros como para mí...... Contaréis con la financiación necesaria para que ese negocio de las plantas prospere y también compraremos un par de caballos con buena estampa para que Miguel aprenda a montar y cumpla su deseo de cuidarlos. Y sé que pronto serás un experto en caballos y no me preguntes ahora como lo lograrás. Quédate tan sólo conque llegarás a conocer todo lo necesario para tratar con caballos....... Y en cuanto a ti, Castor, te encomiendo la administración de esta finca y la responsabilidad de remozarla y mantenerla mientras viváis en ella los dos....... Y para ello no es necesario que gastes tus ganancias, sino que yo correré con los gastos, porque a mí me corresponde hacerlo. Y por último, me gustaría dormir en la habitación que tú, Miguel, usas ahora; pero no quiero que te alejes demasiado de ella, porque deseo que duermas cerca de mí. Me gusta tu compañía y me sentiré más seguro si sé que te tengo a mi lado. Al lado de ese cuarto hay otro que es mucho más soleado y alegre. Y ese será para ti..... Espero que no te moleste hacer ese cambio?”. “En absoluto, señor. Además yo tengo otro cuarto en la parte del servicio. Ni sé por qué se me dio por dormir ahí unas cuantas noches!..... Pero si prefiere que me quede junto al suyo, lo haré de mil amores, señor. Estaré encantado de dormir en esa otra habitación...... Pero hay una cosa que debe saber. Cuando estuve arreglando los tabiques y retocando la puertas y ventanas, comprobé que entre las dos habitaciones hay una puerta que está tapada por el papel que tapizas las paredes. Lo sabía?”. “Sí..... Y mañana quiero que la descubras y dejes la puerta a la vista”, le ordené sin titubeos.
Y al oír eso, la sonrisa de Miguel quizás resultase enigmática para Castor pero no para mí. Yo sabía bien cual era el matiz de esa sonrisa y del gesto que dibujaban sus labios. Y aunque sus ojos no cambiasen de color, también supe qué quería decirme con su mirada elocuente y directa como un puñal que me lanzase al corazón. Les dije que necesitaba descansar un rato y subí al cuarto de Alfredo, que ya era el mío por derecho de propiedad. Me senté en la cama y al poco apareció Miguel con sábanas limpias para hacerme la cama, retirando las que él usara anteriormente. Y estuve a punto de decirle que por mí no se molestase y dejase las que estaban, pues no me importaría notar que él hubiera dormido antes en ellas. Pero no dije nada y el chico, con una diligencia asombrosa, mudó la cama y llevándose sus sábanas me dejó solo con mis pensamientos y deseos. 
Y tal y como estaba sentado me miré en el espejo del armario y me vi cambiado. Me pareció que mi semblante era más jovial y hasta mi cuerpo daba la impresión de haber rejuvenecido unos años. Me puse de pie y observé despacio mi propia figura y me vi todavía atlético y con un cuerpo bien definido que aún podía resultar muy atractivo. Y estando en esta contemplación, a mi lado apareció otra figura más joven y de aspecto ágil y elástico, mucho más guapo de lo que yo recordaba. Su tipo resultaba asombrosamente parecido al de Miguel; e inmediatamente comprendí por qué me resultara tan familiar y agradable el aspecto de ese muchacho nada más verlo. Más que sonreír, reí abiertamente al vernos juntos en el espejo y lo saludé: “Hola Alfredo....... Por ti no ha pasado el tiempo y sigues igual que entonces”. Sus ojos me abrasaron el alma y me respondió: “Ayer te dejé en el puente y hoy tardaste más de la cuenta en venir a buscarme para ir al río. Pero no importa porque iremos mañana y también todas las tardes que nos apetezca, pues ya no tienes que ir a ninguna otra casa. Ahora te quedarás en la mía conmigo. Y así no volverás a llegar tarde nunca más....... Mírate bien y verás que en un  solo día ni tú ni yo pudimos cambiar tanto como pareces creer. Siempre estás tan guapo que no puedo dejar de admirarte y desear estar contigo....... Además, mi permanencia en el tiempo sólo depende de que me recuerdes y me hagas presente. La inmortalidad simplemente consiste en que no te olviden y dejes de estar en la memoria de los vivos. A mí me creó una mujer en su recuerdo, porque me quería y no soportó que no llegase a ver a luz con mis propios ojos. Y mi madre, que me dio el nombre de su hermano, no fue quien me dotó de estos ojos grises, ni de una sonrisa que engancha a quien le sonrío. Esos atributos me los diste tú, porque son la sombra de los tuyos. Tus ojos verdosos se ven grises en mi cara y tu forma de sonreír, tan sensual, se vuelve encantadora en la mía, por que también lo es la tuya...... Soy el reflejo de ti mismo y ese muchacho que te recuerda a mí, es decir, a la idea que tu mismo te has forjado del ser que deseas y que amas desde que lo creaste en tu mente, es la tabla de salvación que necesitamos los dos para continuar viviendo y alcanzar la felicidad que nunca tuvimos plenamente”. Y Alfredo me besó de nuevo en los labios y creí morirme al contacto de su boca y al respirar su aliento, tan fresco y a la vez cálido que no pude resistirlo. 

domingo, 28 de agosto de 2011

La casa grande XIV


Una extraña sensación me inquietaba y se acrecentaba a cada metro que recorría para acercarme más a la casa grande. No estaba nervioso ni me dominaba el miedo o tan sólo un temor a encontrarme con algo inesperado, si es que tratándose de esa casa pudiese haber alguna cosa que me sorprendiese. Y al dar la última curva del camino, la vi, enseñoreándose del entorno como una aristocrática dama contagia el aire al abanicarse con elegante sensualidad. Me pareció la misma sin cambios aparentes ni en su fachada ni en el jardín que la rodeaba. Y, sin embargo, al apearme del coche y mirarla desde las verjas del portalón, me di cuenta que no estaba tan deslucida como entonces y los cristales de las ventanas y balcones no estaban quebrados ni estallados y hasta lucían limpios al darles la luz mortecina del final de la tarde.
Me quedé quieto sin intentar entrar empujando la puerta ni comprobar si estaba abierta o cerrada. Y un crujido de pasos me sacó de la estúpida parálisis en que me dejara el hecho de reencontrarme con esa mansión. Era un mozo de aspecto joven y sano, vestido con un peto de faena, que, al no llevar puesta una camisa, enseñaba a medias su torso y la fortaleza de unos brazos curtidos y acostumbrados a las labores del campo. No me sobrepasaba en estatura y al llegar junto a la puerta de hierro, me miró con sus ojos pardos, grandes y bien defendidos por largas pestañas; y lo único que se me ocurrió pensar al verlo fue que nunca había reparado en que los chicos de pueblo, aun con esos atuendos poco favorecedores, fuesen tan guapos como los niños pijos y bien acicalados que se ven en la ciudad.Y este lo era y mucho, además. 
El veinteañero me saludó sonriente y me preguntó, dándolo ya por hecho, si yo era el nuevo dueño de la mansión. Y afirmé con un movimiento de cabeza sin pronunciar todavía ninguna palabra. Y sin darme tiempo, él se adelantó y me dijo que se llamaba Castor. Y no le dije mi nombre puesto que me lo anticipó el chico, diciéndome que el anterior dueño le había informado de la venta y que tuviese preparada la casa y la finca para cuando yo llegase a ella. Y realmente, al fijarme más en todo, aquel jardín no era la selva que yo esperaba encontrar, ni la tierra estaba descuidada o los arbustos desmadrados y medio secos. El parque de la casa grande parecía otro del que yo conociera y el chaval sin duda se enorgullecía de ello a tenor de su mirada y la seguridad conque me recibía en la que ya era mi casa. 
Y abrió las dos hojas de la gran puerta de lanzas de hierro, ahora pintadas de verde oscuro en lugar de oxidadas como antes, y me preguntó si quería que él entrase el coche y lo llevase a una cochera que se había tomado la libertad de habilitar en un viejo galpón entre la casa y las cuadras. Accedí con otro movimiento de cabeza y entré en mi propiedad sin volver la vista atrás ni recapacitar en lo que me estaba pasando con cada paso que andaba para ir hacia la puerta de la casona. Castor llevó el coche y seguí mi camino para entrar en la casa después de tanto tiempo sin atreverme a volver a esa construcción, que por un instante me dio la impresión de tener vida propia.
Empujé la puerta y entré al distribuidor principal de la planta baja y me asombró que nada hubiese cambiado en tanto tiempo y que si entonces había suciedad por todas partes y telas de araña disputando el espacio a la mugre, ahora los muebles y objetos relucían y hasta las tapicerías y cortinas estaban como si fuesen nuevas. Sería acaso obra de Castor toda esa limpieza y orden?. Si era así, el chico era una joya y de inmediato me dio lástima que todos sus esfuerzos se fuesen al traste en cuanto le prendiese fuego a la casa con todo lo que había dentro. Mi intención era no salvar nada ni dejar algo que pudiera alimentar la memoria de quienes viesen en el futuro un sucio montón de escombros calcinados. Por quemar, quemaría hasta los árboles y todas las plantas, pero ya me daba mucha pena que todo el trabajo de ese voluntarioso joven se perdiese convertido en humo. 
Y estando en estas consideraciones y dudas, porque ya tenía serias dudas sobre lo que decidiera antes de llegar a la casa, oí a mi espalda la voz del chico que me preguntaba con un ilusionado tono de voz si encontraba todo a mi gusto. Y cómo iba a decirle que mi gusto era verla completamente abrasada. Yo esperaba que la casa estuviese en un estado contrario de como él la tenía. Deseaba ver una ruina para que mi labor de destrucción fuese menos drástica. Y no esperé más para preguntarle si el anterior dueño le mandara cuidar tan bien la propiedad y mantenerla en tan buen estado. Y di por supuesto que, además, le había proporcionado dinero para ello, dejándome de una pieza el muchacho al aclararme que todo lo hacía por su cuenta, a cambio del permiso del otro propietario para instalar un invernadero en el que cultivaba flores y plantas medicinales y también ornamentales. Con las ganancias de ese pequeño negocio se mantenía e iba poniendo parches en la casa para hacerla habitable. Porque él se alojaba en la mansión, usando uno de los antiguos cuartos del servicio. Me dijo que al ser más pequeño costaba menos mantenerlo caliente en invierno y para él y su novia no necesitaban una habitación tan grande como las del piso principal. 
Porque era la novia quien le ayudaba en la limpieza y con todo ese lío de tener las cosas de una casa en su sitio y preocuparse de la comida y otras faenas para las que a él no le quedaba tiempo si quería que todo aquello fuese arriba y no se perdiese todo su esfuerzo. Y antes de que yo le preguntase más sobre su relación con ella, me aclaró que, aunque Sole, que así la llamaron sus padres desde el nacimiento, vivía en el pueblo con su familia, a veces se quedaba en la casa; y lógicamente compartían la misma cama y habitación. Eso hizo que me acordase de mi mujer y de los años tan felices que vivimos al principio de nuestra relación. Y deseé sinceramente que estos dos chavales, tan jóvenes todavía, disfrutasen de sus ganas de vivir el gozo de amarse. La chica no estaba en la casa porque acababa de irse al pueblo y sentí un deseo enorme de conocerla y ver si era tan guapa como para hacer una buena pareja con ese novio que me estaba cayendo estupendamente.
Ese chaval me estaba gustando por su decisión y ansias de aprovechar la vida aclimatándose al entorno, pero amoldándolo a sus necesidades y aficiones de la mejor manera que sabía. Y para ser sincero he de decir que desde ese mismo momento entendí y vi claro que su tesón merecía al menos un respeto a su labor y no deshacer para acallar mis miedos y cismas todo lo conseguido con su esfuerzo. Y le pregunté: “Y vosotros dos habéis hecho todo esto?”. Castor bajó la vista al suelo y con una voz menos segura me respondió que no. Que en la finca estaba otro joven que les ayudaba en todo, aunque últimamente donde más tiempo pasaba era en los establos. “Acaso también hay caballos?”, le pregunté con tono de asombro. Y me pareció que el mozo dudaba en contestarme, pero al insistir respondió: “Todavía no....... Pero él me asegura que el nuevo dueño comprará un par de caballos de raza. Y por eso ha dejado las cuadras como un jaspe y se pasa la mayor parte del tiempo allí”. 
Algo me hizo pensar en lo que no deseaba, pero ya no era tiempo de eludir la verdad. Y le pregunté: “Y cómo es ese otro muchacho?”. Y Castor se apresuró a responderme: “Muy majo, señor. Y muy trabajador. Si no fuese por él no estaría la casa en estas condiciones. Fue quien pintó las rejas y ventanas, repuso los cristales de las ventanas y también limpió la piedra y repasó el tejado........ No se cansa de trabajar y tiene que ver como están de bonitas esas cuadras...... Porque no las ha visto todavía. O ya las conoce?”. “Las conozco. Estuve en ellas una vez, pero de esto hace muchos años. Tantos o más de los que tú tienes ahora”, contesté yo. Y añadí: “Y está allí ese chaval. Porque imagino que también es un chico como tú”. 
Me daba la impresión que Castor estaba deseando hablarme del chaval y comenzó a explicarse: “Sí. Debe tener la misma edad que yo .... Si quiere conocerlo iré a buscarlo y lo traigo para que lo vea. Es algo tímido y quizás se azore al ver a un hombre que todavía es un extraño para él. Pero le aseguro que es un tío de ley y muy cariñoso también. Mi novia a veces siente celos de él y me dice que ese chico es tan amable y agradable conmigo porque le gusto. Pero son cosas que se le ocurren a Sole, porque si un defecto tiene es el ser bastante celosa. A mi me gustan las mujeres y a Miguel supongo que también. Pero la verdad es que nunca va al pueblo ni menciona si tuvo novia o si alguna chica le gusta. Pero tampoco habla de si antes de venir aquí tenía amigos o familia. Apareció un día por la mañana, ya hace un año, y me pidió si podía darle agua y descansar un rato al pie de esa magnolia. Lo vi tan cansado y sucio que me dio lástima y le dije si quería lavarse. Y al verlo limpio y recuperado de la fatiga, me pareció un chaval muy agradable e incluso atractivo. Y sobre todo con cara de buena persona. E indagué de donde venía y cuales eran sus planes. Me respondió que venía de otro país y sus proyectos eran encontrar un trabajo y quedarse en un lugar tranquilo donde poder vivir sin más aspiraciones que estar bien y tener un lugar donde dormir. Y le ofrecí quedarse conmigo para que me ayudase a mantener la casa y repartir las labores con las plantas. Y aquí se quedó. Pero hace un par de meses que está raro y hace cosas que no me las explico. Pero él sabrá el por qué y yo me fío de él, pues hasta ahora no me dio motivos para dudar de su amistad y buenas intenciones, tanto conmigo como con mi novia; a pesar de las tonterías que se le meten a ella en la cabeza...... Usted creé que un hombre puede enamorarse de otro?”.  
Dude para darle una respuesta coherente con mis pensamientos al muchacho, pero no me devané demasiado los sesos y respondí: “Bueno. En este mundo hay de todo. Y desde muy antiguo hubo hombres enamorados de otros, que se han amado con tanta fuerza e intensidad como puede hacerlo un hombre y una mujer. Sin embargo, no debe afirmarse sin más que el afecto entre dos muchachos o hombres adultos tenga que ser necesariamente un amor acompañado de un deseo carnal de uno hacia el otro”. Creo que me pasé usando términos tan académicos, pero eso debió convencer a Castor, o al menos puso cara de estar de acuerdo conmigo. Y me volvió a preguntar: “Voy a buscar a Miguel?”. Y como un ramalazo que me espabilase de repente, dije: “No..... Deja...... No te molestes en traerlo........ Iré yo a la cuadra y hablaré con él. Seguramente estará ocupado con algo y es mejor no distraerlo. Aunque sea algo tímido y aunque lo coja desprevenido, no creo que se esconda de mí...... Quizá le de una sorpresa, pero estoy seguro que él y yo vamos a ser buenos amigos”.
Y Castor insistió de nuevo relatándome las virtudes de Miguel: “Lo que más le gusta es ir a bañarse al río. Pero si vamos solos los dos. Cuando está mi novia y quiere acompañarnos él busca un motivo para no venir y quedarse en la casa. Eso es lo que me desconcierta de Miguel. Que no le guste que los tres pasemos un buen rato desfogándonos en el río. Es como si para esos juegos en el agua sólo me quisiese a mí y a nadie más. La verdad es que cuando vamos solos lo pasamos estupendamente, porque nos tiramos al agua a lo bruto y nos damos caladas y hacemos carreras. Y, además no nos importa estar en bolas y tomar el sol tumbados como lagartos sintiendo el calor en todo el cuerpo. Cuando estamos solos parece otro y siento que es muy feliz al verme a su lado...... Y yo también lo soy, que conste. Me gusta estar con él y me siento más libre para decir y hacer lo que me de la gana. Es distinto a estar con Sole. Pero ella me atrae de otra manera y además está lo del sexo. Ahí si que gana ella a Miguel!. Es muy guapa, ya la verá mañana. Y creo que está muy enamorada de mí. Tanto como yo de ella. Esa es la verdad”.
Ya tenía ganas de conocer a ese Miguel y también a Sole. Pero dónde quedaban mis planes destructivos?. Mi pensamiento era acabar con la casa grande esa misma tarde. Pero, al ver la cara de Castor y el entusiasmo del chico con todo lo que había levantado en ella, mi ánimo comenzó a claudicar y aceptar la idea de demorar la ejecución de la sentencia que yo mismo había dictado contra la gran casona. O mejor dicho, contra Alfredo y contra mi mismo, realmente. Además, por el momento este fantasma de mis recuerdos no se había manifestado todavía, como en el fondo yo esperaba nada más pisar el suelo de la casa grande. Y eso era un factor positivo a tener en cuenta para suspender por unas horas o días el cumplimiento de mis designios de destrucción. Pero tuvo que volver a hablar Castor del otro chico y se me pusieron los huevos de corbata. 
Y dijo: “Lo que pasa es que, como ya le dije, de un tiempo a esta parte está muy raro. Y coincide con esa manía que le entró por los caballos. Se pasa horas en la cuadra como si ya estuviesen los animales en ella. Y creo que algunas noches ha dormido allí en lugar de hacerlo en su cuarto. Que además cambió de habitación, también, y le dio por dormir en una de arriba, que me parece que era la del hijo de los antiguos dueños de esta casa, que se llamaba Alfredo y le gustaban mucho los caballos. Parece ser que se mató montando uno que no estaba domado del todo. Casualidades de la vida, no cree?”. Y tanto que hay casualidades en la vida y vaya si debía creerlo!. Que me iba a contar ese chaval de los Alfredos!. O del único Alfredo si es que el mío era el mismo que el de Amalia, lo que todavía no tenía claro ni me atrevía a conjeturar nada al respecto. Y Castor añadió, por si fuera poca la leña que ya alimentaba el fuego: “Será que le contagió esa afición dormir en el mismo cuarto y lo poseyó el espíritu de ese Alfredo?....... Yo no creo que existan fantasmas....Porque usted no creerá en fantasmas, verdad?..... No existen. A que no?”.
Así como escuchaba a Castor me iba quedando rígido y sin aliento. Y con un temblor en las manos que me delataba, sólo pude gritar:”Voy al establo a ver a ese chaval...... De que color son sus ojos?”. Castor hizo un gesto de incomprensión ante mi reacción y pregunta, pero respondió: “Pardos como los míos, creo”. “No estás seguro?”, pregunté. Castor lo pensó unos segundos y dijo: “Sí. Pero como ya le dije anda raro y a veces al mirarme me parecen que cambian de color y parecen..... No sé. Puede que sólo sean figuraciones mías y no le pase nada raro a Miguel”. “De que color te parecen sus ojos?”, le interrogué casi gritando. El chico hasta se asustó al verme tan agitado y con una voz apagada me contestó: “Creo que se parecen a los de la señora del retrato de la sala. El que está sobre la chimenea...... Pero él los tiene pardos, señor. Son como los míos y no grises. Así que debe ser por efecto de la luz que algunas veces se los veo de ese color....... Y suele ser cuando estamos solos y me mira a los ojos, o si me habla de los putos caballos de los cojones, que solamente están en su mente y no en la cuadra..... Al oírlo se me pone la piel de gallina de tan real como ve a esos animales que todavía no existen. Parece como si ya los tuviese delante y pudiese tocarlos y montarlos........ Un día se puso tan pesado con ese tema que llegó a asustarme. Pero Miguel nunca ha hecho nada para que le tenga miedo porque le gusten tanto los caballos y me mire con unos ojos brillantes como luceros en una noche de luna llena”. “Y su sonrisa es fascinante”, añadí yo. “Sí”, contestó Castor. Y el chico se encogió de hombros sin entender del todo mi deseo de ir a ver al chico en lugar de que él viniese a presentarse al nuevo amo de la casa grande.