miércoles, 3 de marzo de 2010

Capítulo XI



Sentir el agua caliente sobre mi cabeza me da la impresión de que con ella se escurren por mi cuerpo todos los temores, y que cuando salga de la ducha Gonzalo entrará a pedirme algo o simplemente que lo hará por verme desnudo y secarme la espalda, tirándome del temperamento con mil procacidades e insinuaciones cargadas de erotismo y pasión.

No puedo admitir lo que está pasando. No soy capaz de asimilar que todo mi universo se desvanezca en humo como ese firmamento de colores que fascina la noche en los días de fiesta. Me queda Paco, desde luego. Y, sin embargo, no me basta. Necesito a la otra parte de mí mismo para estar completo. Sigo precisando el amor de los dos para ser feliz.

Nos acostumbramos con tal rapidez a disfrutar de todo lo que la vida pone a nuestro alcance, que sólo cuando perdemos algo aprendemos a valorarlo en lo que vale. Y ni siquiera el amor se escapa de eso. Sólo cuando nos acosa de cerca el riesgo de perderlo sabemos cuanto amamos verdaderamente a alguien.

Y hundido en el vapor del agua, que semeja la niebla de temor que circunda mi mente, puedo palpar hasta que punto el amor me ata a Gonzalo y a Paco.

Estoy tan obsesionado conque se produzca una llamada, que todo ruido me parece el del teléfono y cualquier sonido de ese dichoso aparato podría parecerme un simple ruido sin importancia; pero esta vez creo que es el teléfono.

"Buenos días señor"
"Buenos días Román. ¿Ha podido descansar lo suficiente?"
"Sí señor, gracias. La señora le llama por teléfono. ¿Le paso la comunicación al baño, señor?"
"Sí, hablaré desde aquí"
"Enseguida le paso, señor"
"Gracias....... ¿Mamá?"
"Hola hijo. ¿Cómo estás?"
"Te lo puedes imaginar"
"Ya hijo, ya. Me dijo Román que aún no se sabe nada. ¿Pero que pudo pasarle a ese muchacho?"
"Todavía no lo sé mamá. Pero he hablado con un amigo mío que está en Interior y va a intentar averiguar algo al respecto. En cuanto tenga noticias te llamo. Y tranquila que seguro que no pasa nada anormal. Un beso y hasta ahora"
"Llámame cuanto antes hijo. Un beso"
"¿Qué ropa desea llevar a Pamplona, señor?"
"Pues no sé. Pon cualquier cosa para un par de días, por si acaso; y si necesito algo ya me las arreglaré. Supongo que seguirá habiendo tiendas en Navarra"
"Desde luego señor. En occidente hay tiendas por todas partes"
"Román, Navarra es una excelente tierra y Pamplona una preciosa ciudad en la que hay de todo; incluso mariquitas, te lo aseguro"

¡Y tanto que hay mariquitas en Pamplona!. Y hace unos años conocí uno muy guapo, que a macho no le ganaba nadie cuando se trataba de correr delante de los toros en San Fermín. Pero luego en la cama era simplemente una delicia. Te ofrecía todo su cuerpo para lo que quisieses hacer con él. ¡Y que bien le quedaban aquellos pantalones blancos que le marcaban y traslucían unos calzoncillos de algodón como los que te dan en la mili!. ¡Qué bueno estaba el pamplonica de Dios!. ¡La madre que lo parió, que bien terminado lo hizo!. ¡Aquello no era carne sino acero!. ¡Jo!. ¡Y cómo corría el cabrón delante de los cuernos del toro!. ¡Qué agilidad!. La misma que cuando se doblaba sobre sí mismo para que le entrase toda en el cuerpo. ¡Qué maravillosos polvos le eché al mozo durante las fiestas de aquel año en que se me dio por ir a casa de unos primos segundos que tengo en Pamplona!.

Es un amigo del más pequeño de mis primos y se llama Leandro. He vuelto a verlo más de una vez cuando viene a desfogarse a Madrid. Y también lo he catado en la villa y corte en más de una ocasión. Ya está cerca de los treinta, pero sigue estando como para comérselo de un solo bocado. ¡Qué muslos, que cachas, que brazos y que pecho tiene el chaval!. ¡Y cómo le gusta que le follen el culo al muy vicioso!. Me encanta que sean putas, no puedo remediarlo. Y eso que acabo de hacerme el propósito de no volver a distraerme con cosas de ese tipo fuera de casa; pero creo que me tranquilizará un poco contar alguna de mis experiencias con este macizo macharrán navarro.

A Leandro lo conocí la víspera de San Fermín, por la tarde, en un bar donde solían reunirse mis primos con su cuadrilla. Tan pronto me presentaron a los que ya estaban en el local, llamaron mi atención los morros de vicio del mocito, y, especialmente, la penetrante mirada de sus ojos claros. Leandro es de los que siempre miran de frente y te escudriña la entraña como si en realidad te estuviese haciendo una ecografía del alma.

Todos vestíamos el clásico atuendo de pantalón y camisa blanca, con la faja y el pañuelo rojo, que es lo típico de esas fiestas de Pamplona. Pero, entre todos, era precisamente a él a quien se le marcaba el culo más digno de todo respeto y admiración. Aquel pantalón también le hacía un buen paquete, mas las nalgas eran sencillamente divinas. El chaval, en conjunto, tenía mucho morbo, acentuado más si cabe por tener el pelo muy rubio y casi rapado al cero, lo que le daba un claro aire militar a la americana. A la primera de cambio, nuestras miradas se cruzaron atrayéndose una a la otra por esa secreta e irresistible fuerza que sólo la libido es capaz de provocar en los hombres, y solamente nos costó un segundo averiguar de que pie cojeábamos ambos. Al segundo siguiente ya estábamos sentados uno junto al otro, y dos más tarde su mano rozaba mi muslo y la mía se posaba sobre ella para mantenerla presa donde estaba.

De dos perfectos desconocidos, apenas en un minuto pasamos a ser cómplices de nuestra propia sexualidad en un ambiente absolutamente antagónico para esta clase de debilidades carnales. Chistes, comentarios y algunas otras procacidades relacionadas con las mujeres, compaginaban mal tanto con nuestros particulares pensamientos como con los deseos que por momentos se despertaban en nosotros dos, tras cada mirada o sonrisa que nos dirigíamos en medio de una auténtica parafernalia de machos llenos de vino y exaltación taurina.

Quedaba mucho tiempo todavía para que llegase la hora de correr delante de los toros al día siguiente, y la cuadrilla planeaba la mejor manera de matar el tiempo, hasta que el cansancio y el alcohol diesen con nuestros huesos en la cama o en un suelo cualquiera si nos veíamos incapacitados para llegar a ella. Pero Leandro y yo supimos escurrir el bulto a tiempo y sigilosamente nos escabullimos los dos solos a un lugar donde pudiésemos follar a nuestras anchas quedando en paz con nuestras apetencias sexuales.

Todo lo que el mozo prometía vestido, lo ratificó sobradamente una vez que se quedó en pelotas frente a mí, masturbándose el grueso cipote con tan poca delicadeza que temí que fuera a arrancárselo de cuajo; lo que realmente hubiera sido una lástima porque ejemplares así no suelen verse todos los días. ¡Podéis creerme!. No es que fuese largo, pero sí de buen calibre. Lo que se dice sabrosamente gordito. De esos que te gusta agarrar con la mano y apretarlos como para medir la fuerza que tienes en los dedos. El mío también lo encandiló, porque no le quitó la vista de encima desde que se mostró ante él con una esplendorosa e intensa erección. Enseguida soltamos nuestros propios miembros para sobar y amasar el del otro, y el ceremonial fue desarrollando uno a uno todos los pasos oportunos para alcanzar la máxima satisfacción erótica entre un torbellino de besos, muerdos, lametazos, mamadas y caricias, terminando con la práctica del coito penetrando a satisfacción el maravilloso culo del valeroso pamplonica. ¡Daba verdadero gusto ver como se abría su esfínter para recibir el ansiado y apetecido nabo en su interior!.

Desde luego follarte a un tío tan macho es algo indescriptible. Personalmente creo que es uno de los mayores placeres que el hombre puede tener en este mundo. Y por eso sigo alucinando en colores cada vez que lo hago con Gonzalo y tengo a mi disposición su atrayente virilidad concentrada en ese culo que tan gustosamente me beneficio. ¡Cuándo lo tenga delante le voy a meter un polvazo que le va a salir el semen por los ojos!. ¡Se va a enterar el muy hijo puta!. Sin ánimo de ofender a mi suegra, naturalmente.

Como era de esperar, ni a Leandro ni a mí nos llegó un polvo para nada y continuamos juntos el resto de la noche, montándonoslo un par de veces más (¡Oh maravillosa juventud!). Y, entre bromas y veras, se nos vino encima la hora del encierro y tuvimos que salir corriendo para llegar con tiempo suficiente a la calle de la Estafeta.

A mí me temblaban las piernas de auténtico miedo, pero si Leandro corría yo no podía ser menos. Y aunque en ello me fuera la vida, tenía que ponerme delante de los toros y correr. De pánico, por supuesto, pero correría tanto o más que Leandro y no habría astado que pudiera dejarme en mal lugar ante mi precioso compañero de cuadrilla. Si ello era necesario, estaba decidido y resignado a dejarme meter el cuerno con tal de volver a meterle a él el pitón. ¡Este mundo es de los valientes!. Me dije. ¡Y que no se diga que a un barón de mi estirpe le faltaron huevos para emular el arrojo de un joven navarrico y conquistar su bravo corazón!.

Seguramente, en aquella desenfrenada carrera Leandro iba más pendiente de mí seguridad que de la suya propia, pero, embriagado por el sabor del miedo y sordo por gritos y bullicio, no hubiera podido escuchar ninguna de sus advertencias. Y, además, tampoco estaba yo para prestar atención a cualquier otra cosa que no fuese huir del peligro, ya que hubiera jurado por mis muertos que tenía tras de mí el resuello de un encelado morlaco zaino. Y, por otra parte, mi propio temor me hacía seguir adelante sin preocuparme de lo que hiciesen los demás, ni aventurarme a volver la cabeza para ver lo que podía llevar pegado a mis talones.

En honor a la verdad, debo confesar que sólo fui consciente de la presencia de Leandro a mi lado cuando me largó un empellón que me lanzó hacia un lado de la calle evitando que un cabestro me derribase. Fue tan rápido todo que por unos segundos no fui capaz de hacerme la composición de lugar necesaria para devolverme a la realidad. Poco a poco me encontré otra vez en este mundo, mirado por decenas de ojos extraños, en compañía de Leandro que me sujetaba la cara entre sus manos preguntándome con la mirada si me había hecho daño. Mi susto era tal, que ni siquiera pude hablarle y me limité a sonreir abrazándome a él como si aferrado a su cuerpo ya no pudiese alcanzarme mal alguno. Entre sus brazos me sentía tan seguro como el torero puede estarlo en un burladero y cerré los ojos para impregnarme mejor de su valor y arrojo para los lances toreros en los que por no perder un buen culo me veía inmerso hasta los tuétanos.

Y alguno se preguntará, ¿cómo es posible que se nos obnubile el cerebro y perdamos la tranquilidad y el sosiego por dos protuberancias que nos sirven de asiento y ocultan malamente la salida del conducto fecal; o sea, el agujero negro, por muy redondas y hermosas que estas sean?. Pues lo es. Y es una verdad que no tiene mayor secreto ni mejor explicación. Es así y punto. Cualquiera que sienta atracción sexual por otro ser de su especie, sea o no de su mismo sexo, sabe lo caliente que puede ponerle un respetable trasero. ¡Cómo para hacerle perder el coco al más pintao!. Y te lo digo yo que de eso sé un rato largo. Quizás sea otro misterio indescifrable de la madre naturaleza, o simplemente un capricho de la susodicha que quiso ponernos en nuestra cabeza el culo ajeno. De ahí debe venir el dicho: "piensas con el culo". El del prójimo, se entiende.

Aquellos días de San Fermín fueron desenvolviéndose por sus cauces consuetudinarios, y Leandro y yo mantuvimos una preciosa historia de amor y toros digna de ser puesta en romance. Creo, sin lugar a dudas, que de haber sido más propicio el destino este muchacho hubiera podido ser uno de los grandes amores de mi vida. Y, sin embargo, ese papel le correspondería a otros, como de sobra sabéis a estas alturas de mi relato.

Al hilo de lo que os acabo de decir, me viene al recuerdo otro gran amor frustrado, que pudo ser aunque apenas llegó a nacer, que conocí en París durante un curso de verano que realicé en la universidad francesa al poco tiempo de terminar la carrera de derecho. Ya me había pasado a varios franceses por la piedra durante mis primeros quince días en la capital de Francia, y, contra todo pronóstico, fui a dar con un españolito, gallego para más señas, de nombre Marcos. El mancebo en cuestión quería ser un gran pintor y estaba en París con el fin de perfeccionar sus conocimientos en bellas artes. Entendiendo por tales las plásticas, puesto que, con veintidós años, de otras artes ya sabía lo suficiente como para dar lecciones a cualquiera que se le pusiese delante, fuese francés o de otra nacionalidad.

Ciertamente, París es una ciudad propicia para el amor, y, naturalmente, Marcos y yo creímos que nos habíamos enamorado el uno del otro como dos colegiales quinceañeros. No puedo decir que aquello no fuese bonito, y el tiempo se me hacía tan ligero y corto a su lado que el día y la noche se sucedían sin enterarme si el almuerzo era cena o el desayuno almuerzo.

Pasaba las horas acariciando su cuerpo con mi mano y con mi mente, y necesitaba olerlo reposando mi cabeza sobre su pecho. Oír su voz sosegaba mi espíritu y penetrar en él colmaba lo que yo, por aquel entonces, entendía como la máxima felicidad que un hombre puede alcanzar en la tierra.

Bueno, de momento tampoco nadie nos ha convencido de que eso no sea uno de los mayores placeres del cielo. La verdad es que hay veces en que eso se parece mucho al mejor de los cielos posibles.

Aquel gusto que sentíamos pudo ser celestial o no serlo, pero desde luego los polvos fueron geniales. El ardor de nuestra juventud nos consumía las energías derrochando sexo hasta por las narices.

Realmente me gustaba el dichoso Marcos y no acierto a entender por qué nuestra relación no pudo ir adelante. Posiblemente éramos demasiado inmaduros aún y no acertamos a ver lo que cada uno podía dar de sí mismo al otro. Quizás toda la fuerza se nos fue solamente en sexo y faltó la auténtica entrega que dos seres necesitan para consolidar una convivencia enriquecedora y fructífera para ambos. Sea como fuere, el caso es que aquello no pasó de una mera aventura, más o menos bonita, peor al fin de cuentas intrascendente tanto para él como para mí. Se ve que mi destino estaba en otra parte. Y parte de ese destino me tiene ahora trastornado el seso y me ha quitado la paz y el sosiego cuya dulzura empezaba a saborear.

Así es la vida; y cuando te las prometes más felices un mal viento ha de estragar tus sueños derribando por tierra ese castillo de naipes que vamos formando cada día de nuestra vida.

Dónde estarás Gonzalo. Dónde estarás. Qué diablos te habrá distraído y qué cojones estarás haciendo para que no te acuerdes que estamos aquí esperando tu regreso. ¡Por qué no nos das noticias tuyas, cabrón!.

Estoy hecho un guiñapo por dentro y ya no puedo esperar más. Si en quince minutos no tengo noticias suyas me largo a Pamplona; y si es preciso pondré la ciudad cabeza abajo, hurgando en todos sus rincones hasta encontrar a Gonzalo. Pero no me atrevo a llevar a Paco, así que tendré que ir solo. Va a ser difícil convencerlo para que se quede aquí, pero, como ha dicho Petri, ya va siendo hora que coja las riendas de esta casa y empiece a poner en su sitio a este par de mimosos. Simplemente le diré: "te quedas en casa y no se hable más".

Me tiemblan las piernas pensando lo peor, pero ya estoy decidido.

"Román, me voy a Pamplona.... ¿Se ha despertado Paco?"
"No, señor. Creo que aún sigue dormido"
"Bien. Creo que será mejor que me vaya sin despertarlo...... Ah!. Cuando se levante dígale que llame a mi madre y le diga que he salido de viaje hacía Pamplona y que ya los tendré al corriente de lo que sepa"
"Bien, señor"
"Cierre mi equipaje y bájelo al coche"
"Enseguida, señor"
"Gracias, Román.... Sobre todo por la compañía que me ha hecho durante la noche. Ha sido Ud. muy amable"
"Para mi fue un placer, señor. Y gracias a Ud. Por su confianza. Espero de corazón que todo esto sólo sea un mal sueño, señor"
"Lo será, Román. Lo será"

O al menos, eso espero, me dije a mi propio oído.

martes, 2 de marzo de 2010

Capítulo X

Alguien me habla desde fuera de mi universo, y de pronto la realidad pega un giro de trescientos sesenta grados y vuelvo a estar sentado en el orejero de la sala invadido por la luz del pleno día.

"Señor. ¿Pasó aquí toda la noche?"
"¡Ah!. Eres tú Petri. ¿Pero qué hora es?"
"Las nueve y media, señor"
"¡Vaya por Dios!. Debí quedarme dormido oyendo música"
"¿Aviso a Román para que le sirva el desayuno?"
"No. Deja a Román que duerma tranquilo. Si haces el favor pónmelo tú y mientras haré unas llamadas"
"Enseguida está listo. ¿Todavía no sabe nada del señorito Gonzalo?"
"No, Petri. Aún no hay noticias. Gracias por preocuparse"
"Vd. sabe que yo les aprecio mucho, y en la casa todos estamos intranquilos. Y más tratándose del señorito Gonzalo, que es tan guapo y tan simpático"
"¿También a ti te tiene sorbido el coco, Petri?"
"¡No es lo que Vd. se cree!. A mí me llega con mi novio. Pero don Gonzalo es muy majo. Y porque no le van la mujeres, sino las tendría a montones. Se lo digo yo, que de eso sé un rato largo. ¡Hasta mi novio se pone algo celoso cuando le hablo del señorito Gonzalo!. ¡Y qué cuerpazo tiene!. ¡Está mejor que muchos de los que salen en las películas!. ¡Dónde va a parar!"
"¡Petri, que tienes novio!"
"Una cosa no quita la otra, señor. El Anselmo también tiene sus cosas muy bien puestas; y las maneja bien. Pero don Gonzalo es como esos que salen en las revistas. Como diría mi amiga Clara, ese es un hombre y lo demás son malas imitaciones"
"¿Lo has visto desnudo alguna vez, o qué?"
"Casi. ¡Pero fue sin querer!. No sabía que estaba en el baño y entré en su habitación para limpiar, y a poco más lo pesco desnudo. Pero tampoco hace falta eso, señor. ¡Una se puede imaginar muchas cosas viendo al señorito Gonzalo!. ¡Tendría que oír los comentarios de las vecinas!. ¡Más de una daría un brazo por una sola mirada de don Gonzalo!. Se lo digo yo"
"Que sabes mucho de eso"
"¡Y tanto, señor!"
"¿Y Anselmo y tú cuando pensáis casaros?"
"El Anselmo ya cumple con lo suyo. Y yo no voy a estar en ninguna parte mejor que aquí; por eso no tengo prisa"
"Me parece bien. Bueno voy a ver si este tío ya está en el despacho. Petri, no te pases con el desayuno que no tengo demasiado apetito"

No hay cosa que más me desesperé que llamar a un organismo oficial y tarden la intemerata en coger el teléfono. Si el horario de trabajo comienza a las ocho de la mañana, se supone que a las nueve y media debe haber alguien que atienda las llamadas. Más, cuando el teléfono no comunica. Pero quizás los nervios me hagan más impaciente de lo habitual y cualquier demora me parezca insoportable.

"Subsecretaría de Interior. Buenos días"
"Buenos días. Quisiera hablar con don Rogelio Palomo"
"¿De parte de quién, por favor?"
"Adrián de Fontboi"
"Un momento, por favor. No se retire"
"¿Adrián?"
"Buenos días Roy"
"Buenos días. ¿Cómo estas?. Hace un siglo que no nos vemos"
"Bien. Sí, tenemos que vernos un día de estos. Mira, te llamo porque necesito que me hagas un favor"
"¿Tú dirás?"
"Resulta que Gonzalo tuvo que ir a Pamplona por asuntos de trabajo, y debería haber vuelto ayer por la noche. Vamos, de suyo llamó por la mañana diciendo que venía, pero lo cierto es que no apareció y no tenemos noticia de lo que pudo haber ocurrido. ¿Podrías intentar averiguar que pudo sucederle?"
"Déjalo de mi cuenta. ¿Venía en coche?"
"Sí"
"Tú vas a estar en casa. ¿Verdad?"
"Sí. Llámame en cuanto sepas algo, por favor; porque estoy pendiente de salir para Pamplona si fuese necesario"
"No te preocupes. Te llamaré lo antes posible. ¿El resto, todo bien?"
"Todo bien, gracias"
"En un momento espero tener noticias. Hasta luego Adrián"
"Hasta luego Roy. Y gracias"
"Por nada. Para eso están los amigos. Hasta luego"
"Hasta luego"

Roy es un viejo amigo con quien pasé buenos ratos hace años, tanto de copas como en la cama, que conserva de mí un buen recuerdo (y yo de él, por supuesto), y que muy de tarde en tarde quedamos para charlar y tomarnos unas copichuelas o simplemente un café recordando tiempos pasados.
Me lo ligué en una sauna cuando nos duchábamos al mismo tiempo. Éramos dos chavales todavía, y simplemente con el encanto de la novedad nos bastaba a los dos para llevarnos al catre a quien nos diese la gana. Esa tarde posiblemente éramos los dos más cotizados de toda la sauna, y, como es natural, nos quedamos recíprocamente el uno con el otro, viendo como nos enjabonábamos y acariciábamos nuestro propio cuerpo bajo el agua provocándonos mutuamente. Él frotaba una y otra vez las nalgas, metiéndose los dedos entre ellas, sugiriéndome con sus ojos negros que lo realmente maravilloso sería apretarme el pijo con su hermoso culazo. Cogí la directa y el órgano empezó a disparárseme de la mano cubierto de espuma. A Roy le complació el calibre y no aguardó ni un minuto más para echarle la mano delante de los tres o cuatro mirones de costumbre. Aún bajo el agua, lo atraje hacia mí por la nuca y le besé la boca, mientras mi otra mano se complacía jugueteando con las yemas de los dedos en el epicentro mismo de su trasero, tan carnoso como un dulce pan de membrillo. Mirándonos fijamente, amagamos un rápido secado con la misma toalla que anudamos seguidamente a la cintura, y él hizo la invitación formal de irnos a una cabina para follar a lo bestia. ¡Y lo hicimos!. Al final nos corría mas agua por el cuerpo que si estuviésemos una hora seguida dentro de la sauna.

Tengo que reconocer que Roy tenía y tiene un bonito cuerpo con poco vello y una piel algo cobriza que le da un cierto aire mestizo, acentuado más si cabe por un fuerte y lacio pelo negro que brilla como si lo untase con aceite. Y en cuanto al sexo, tanto puede ser un cariñoso gatito como una pantera salvaje. Es excelente en la cama porque folla con todo su cuerpo y te hace sentir su propio orgasmo en todas las células de tu ser. Cuando se siente clavado por ti, su carne aprieta de tal forma que te estremeces prodigiosamente sin necesidad de hacer ningún movimiento con el pene. Bueno, al menos así era entonces cuando él y yo nos veíamos con cierta frecuencia para echar un polvete. E incluso puede que hoy día, con más experiencia, sea mejor que antaño. Recuerdo que le encantaba cogerme la polla con las dos manos y sobarla hasta ponerla como un morcillo; y ya madura, la engullía primero con la boca y luego se sentaba en ella muy despacio tragándosela completa por el ano. Después cabalgaba a pelo y sin bridas agarrado a mi cuello como un apache a las crines de su montura. Y también le daba palmadas en el culo en pleno polvo, porque me excitaba oír la sonoridad de su carne tensa por la excitación del placer.

Jodíamos sin mesura ni recato alguno, y siempre me pillaba el amanecer dándole por el culo al cachondo de Roy. Supongo que ahora, con tantas responsabilidades en el Ministerio, habrá sentado más la cabeza. Pero espero que siga follando tanto y tan bien como antes en provecho de su cuerpo moreno y en aras de una mejor salud mental, a fin de cuentas, siempre beneficiosa para todos nosotros, pobres administrados.

Y creo que efectivamente así es, puesto que, de ser ciertos los comentarios de Carlos al respecto, al parecer el bueno de Roy se ha liado con un joven escolta del Ministro, que calza un cuarenta y siete por lo menos, y el gorilita le deja el culo como una malvarrosa de contento. Carlos, que lo conoce, asegura que no usa recortada sino que va armado con una de cañón largo. ¡Así me explico esa alegría en la voz de Roy por las mañanas!. Es bien cierto el proverbio. Quien por la noche goza de un buen rabo, no tiene penas el resto del día. Tendré que quedar un día con Roy aunque sólo sea para que me confirme los cotilleos de Carlos. Que por cierto, la última noticia vía Alberto es que Fer y Carlos salen juntos. Mira por donde resultó cierto que las ácidas críticas de Carlos hacia Fer eran puros celos. Pero la muy zorra se salió con la suya y cazó al culo de mal asiento con titulación de ingeniero. ¡Hostias que sorpresa se llevaría Gonzalo si supiese la noticia!. Precisamente él era quien más sostenía que a Carlos le gustaba su amigo Fer. Y al fin de cuentas tenía razón. Pues me alegro por los dos. Y sobre todo por Carlos, si éste le dura; porque también anda bien calzado el muchacho, y a Carlos siempre le han ido las tallas grandes. En cuanto solucione lo de Gonza, tengo que llamar a esa puta para que me lo cuente todo con pelos y señales. Seguro que de entrada se hace la tonta y a todo lo más dice: "Bueno. Verás... No es eso exactamente. Lo único que hay es que Fer y yo nos vimos el otro día y tomamos unas copas". Y yo le preguntaré: " ¿Y qué más?". Y la zorra contestará: "Pues nada más. Solamente que después fuimos a mi casa a tomar la última". Y yo añadiré: "¡Y zas!. Al catre". Y él simplemente confesará: "Se le hizo tarde y se quedó a dormir". Y yo me cabrearé con tanto cinismo, y le chillaré: "Y antes de quedarse dormido te folló; y luego le cantaste una nana meciéndolo en tus brazos. ¡Pero por qué no dices las cosas con naturalidad, so puerca!. Te gustó siempre, confiésalo. Y no paraste hasta conseguirlo; lo cual me parece muy bien. ¡Pero coño!. ¡Por qué no dices lo que sientes en lugar de andar con subterfugios!". Seguro que le diré todo eso y mucho más si me queda humor para algo después de la odisea que nos está brindando Gonzalo.
¡Será hijo de puta este niño de mierda!. Con todos los respetos para mi querida suegra, pero su hijo en estos momentos es un perfecto hijo de la gran puta. Y de esta se la corto. ¡Lo juro!. Sólo espero tener noticias antes que se despierte Paco. Y si es posible, que sean buenas; porque no quiero ni pensar lo que ocurriría en caso contrario, tanto por su parte como por la mía. ¡Hasta a mi madre le daría un síncope si le pasase algo malo al jodido Gonzalito!. ¡Es curioso el cariño que es capaz de despertar en la gente este muchacho!. Quizás sea su aspecto indolente de niño grande, o sencillamente esos preciosos ojos verdes con los que te mira sin recelo ni prejuicio de ninguna clase. Pero lo cierto es que consigue meterse en el corazón y no tienes más remedio que quererlo con toda el alma. Parece que lo estoy viendo sentado bajo el viejo árbol del Parque del Oeste la primera vez que me sonrió. Se grabó a fuego en mí el brillo de su mirada y el limpio metal de su voz. Eternamente paladearé el sabor de su primer beso y seguirá electrizándome el suave pinchazo que su contacto produjo en mi cerebro. ¡Te quiero Gonzalo!. ¡Te quiero!. ¿Pero dónde diantre andas, so cabrón?. ¡Juro que si te recupero jamás te dejaré marchar de mi lado!. Renunciaré a lo que haga falta, pero nunca volveré a dejarte ir con otro. Será como en los primeros tiempos, sólo los tres, sin necesidad de mojar la minga en otras fuentes que no sean las nuestras. Solamente Paco, Gonzalo y yo; y todo lo demás sobra.

"Puede pasar a la mesa cuando quiera que el desayuno ya está preparado"
"Está bien, Petri. Voy enseguida, gracias"
"¿El señorito Fran no se va a levantar todavía?"
"Si aún no se ha despertado es preferible que siga durmiendo. Y por si acaso no hagas mucho ruido por ahí. Petri, es mejor esperar a tener noticias antes de despertarlo. ¿No crees?"
"Creo que sí. Vd. se toma las cosas con más tranquilidad"
"No lo creas, Petri. No lo creas. Pero al menos procuro aparentarlo. Esa es la única diferencia"
"Pues da Vd. el pego. Porque la verdad es que está muy en su sitio. ¡Anda que cómo estaría yo si no supiese nada del Anselmo!. Ahora eso sí, en cuanto le echase el ojo encima lo mataba, y así aprendía para la próxima vez"
"Lo malo es que matándolo ya no habría próxima vez, Petri"
"Es un decir. Vd. me entiende. ¿O acaso no le entran ganas de retorcerle el cuello al señorito Gonzalo?"
"Sí, Petri. Tengo que confesar que sí. Le retorcería el cuello si lo tuviese delante en este momento. O quizás, tanto tú como yo, solamente los besaríamos de alegría al volver a tenerlos con nosotros. ¿No piensas que sería lo más probable?"
"Tiene Vd. razón. Eso sería lo que le haría al Anselmo. ¡Pero después bronca que te crió!. ¡Pues no es nadie para esas cosas la hija de mi madre!. ¡Qué se iba a ir de rositas el muy mamón!. Y perdone la expresión"
"Tendré en cuenta eso de la bronca, Petri. Éste tampoco se irá de vacío. No te preocupes. Me parece que en esta casa hay que empezar a poner respeto, porque estos muchachos andan un poco a su aire y están mimados de más"
"En todas partes tiene que estar claro quien es el que manda; y aquí le corresponde a Vd., que para eso es el mayor"
"Tienes razón, Petri. ¡Fíjate no había caído yo en eso de poder mandar por ser el mayor!. ¡No hay nada más sabio que la filosofía popular!. El viejo debe ser el que mande, y en esta casa el viejo soy yo, indiscutiblemente"
"Tampoco es que Vd. sea viejo"
"Déjalo como está, Petri. Es un hecho. Yo soy el mayor de los tres, y con diferencia además. Por tanto debo mandar yo y meterles en cintura a los dos"
"Bueno, don Paco es muy formal"
"¡Nada de eso!. Está muy consentido también. Tú tienes razón Petri. Cuanto más en corto se les ate, mejor marchan las cosas después. Los novios son como niños y hay que regañarles de vez en cuando para que se porten bien"
"En eso tiene Vd. toda la razón. Porque al Anselmo cuanto más le das más quiere. ¡No das abasto con él!"
"¡Y tú encantada!. Anda, que si no fuese así habría que oírte. ¡Ya quisieran pillarlo otras!"
"¡Ay si!. Que ya intentaron quitármelo. Y a más de una y uno tuve que enseñarle las uñas"
"¡Pero tu Anselmo también ...!. ¡Eh!"
"¡No!. Pero siempre hay gente aficionada a lo que no le pertenece. ¡Y con lo que gasta el Anselmo!. ¡Vd. dirá!. Una no es tonta y se da cuenta de las miradas y sonrisas que le lanzan por la calle y en la discoteca. Y él, como es así de corto, pues ni se entera de las malas intenciones con que va la gente. Vd. bien sabe como son estas cosas, que también tiene mucho que guardar de las malas pécoras que deben andar por ahí sueltas"
"¡Demasiadas, Petri!. ¡Demasiadas!. ¡No lo sabes tú bien!"
"Bueno. Le dejo que hoy no termino en toda la mañana. A ver si se sabe algo pronto del señorito Gonza"
"Eso espero, Petri. Y gracias por la instructiva charla"

La verdad es que debería haberme duchado antes de desayunar, porque me da la impresión de que huelo a tigre. Pero ahora no voy a dejar que esto se enfríe. Con lo cual, primero repongo fuerzas y luego ya me ocuparé del aseo personal.

Hablando del aseo personal, me viene a la memoria un guarrete que conocí hace cuatro años, al que le molaba cantidad oler los calzoncillos ajenos (cuanto más sucios mejor) y se ponía como una burra bizca metiendo la nariz en una entrepierna que no hubiera visto el agua de cerca durante dos días. Una humanidad sudada después de un arduo ejercicio, o unos pies recién descalzados al terminar una esforzada marcha, lo volvían loco y podía tener tres orgasmos seguidos sólo con imaginarlo. Vamos, no había nada más excitante y seductor para él que un barracón lleno de soldados exhaustos tras unas largas y agotadoras maniobras. El tío era un solemne cochino de tomo y lomo; mas, sin embargo, él no olía mal y le preocupaba su propia limpieza exageradamente. Seguramente, la razón estaba en que evitando el olor de su cuerpo apreciaba mucho más las esencias de los ajenos. Lo mismo que un catador precisa tener los sentidos del gusto y del olfato totalmente descontaminados de todo lo que no sea el caldo que ha de catar. Por supuesto, yo no tengo nada en contra de cualquier apetencia sexual o forma de erotismo; y puedo afirmar que con este muchacho me lo pasé en grande. Si quería restregarse mis calzoncillos por la cara por qué no iba a hacerlo. Lo mismo que a otros les flipa otro tipo de aromas, a éste le chiflaba olerme el culo y los genitales, aspirando luego fuertemente los calcetines y el interior de mis zapatos, mientras le ensanchaba el ano para que tuviese una mayor ventilación interior durante el resto de la jornada. Y también he de decir que no andaba mal servido de cachas; duras, macizas y sin pelos, tal y como debe ser para meter la tranca entre ambas en busca de los placeres que ocultan en su interior.

Después de nuestro primer encuentro lo vi un par de veces más, y repetimos de pies a cabeza el mismo ritual olfativo, añadiendo algunos azotes en las posaderas, oportunamente suministrados a lo largo del polvo, al igual que un par de insultos y tres a cuatro frases vejatorias que le hicieron una gran ilusión erótico orgásmica. Podría dibujar su físico logrando un parecido aproximado; pero, por más que me estruje el cerebro, no recuerdo el nombre de este amante de lo escatológico.

¡Cómo se llamaba!. Lo siento, pero no me acuerdo. Y tampoco tengo ahora la cabeza como para andar haciendo esfuerzos de memoria, ya que bastante tengo con no pegar botes y lanzar gritos de ira por culpa del cabrito de Gonza.

Reconozco que nunca me sentí tan impotente y lleno de estupor como en estos momentos. Es normal que un imprevisto de esta naturaleza nos deje descolocados; pero a mí esto me tiene anonadado y no consigo coordinar mis ideas con la lucidez necesaria para abordar el problema. ¡Naturalmente si es que existe problema alguno!. Porque hasta ahora tampoco se puede afirmar que haya algo concreto por que preocuparse.

Esa incertidumbre es la que me tiene frito y me mata lentamente al no saber todavía a que debo enfrentarme. Creo que lo más prudente es que me refresque las ideas bajo el agua y me prepare cuanto antes por si tengo que salir para Pamplona cagando leches.

lunes, 1 de marzo de 2010

Capítulo IX

La cena no pudo ser más atroz, preocupados por el necio de Gonzalo que seguía sin llamar por teléfono o aparecer por la puerta. Y Paco pretendía a toda costa que saliésemos zumbando para Pamplona con el fin de averiguar si le había pasado algo al muy cretino. Cierto es que le gusta apretar el acelerador, sobre todo cuando va solo en el coche, pero también es verdad que conduce muy bien y no suele hacer tonterías al volante de un automóvil. De cualquier forma nadie está libre de un desafortunado percance. Pero no hay que olvidar que las malas noticias vuelan; y si le hubiese sucedido algo grave ya lo hubiéramos sabido hace tiempo.

Así razonaba yo con Paco, intentando tranquilizarle a él y a mí mismo, dado que botábamos en la silla como si los muelles hubiesen roto la tapicería. Me extrañaba muchísimo que el muy hijo de puta no telefonease, pero en ningún momento tuve verdadera sensación de que pudiese haberle ocurrido un accidente. Y por más vueltas que le daba en mi cabeza no encontraba una explicación lógica para todo aquello. Y Paco seguía insistiendo en su idea de coger el coche y marchar a Pamplona. Y, por si fuéramos pocos, mi madre no paraba de llamar preguntando si teníamos novedades sobre el paradero de Gonza. ¿Lo habrán secuestrado para la trata de blancos?. Me preguntaba yo. Pero no. Gonzalo ya es lo bastante mayorcito como para saber cuidarse solo. Y, además, es demasiado fortachón y puede partirle la crisma a cualquiera que se le ponga tonto. Este cabrón ligó con alguien, mascullaba yo por lo bajo para no soliviantar más los ánimos de Paco. Pero tampoco tiene sentido; porque de ser así, hubiese dicho que no podía venir hasta más tarde o al día siguiente. ¡No nos lo íbamos a comer por eso a estas alturas, digo yo!. Por eso, un simple polvo había que descartarlo. ¿Y a qué podría deberse el móvil desconectado?. La intriga me estaba matando y ya no podía prever el tiempo que aguantaría sin reventar.

"Adrián. ¿No conoces a nadie en Pamplona a quién podamos llamar?". Me preguntó Paco.
"¿Y donde lo buscan?. Al hotel ya llamamos y no está. Abandonó el hotel esta tarde. ¡Cómo no llame a la policía para que lo traigan por una oreja!". Contesté. Pero pensé para mí: "El caso es que den con su paradero"
"Bueno. Pues entonces vamos a buscarlo nosotros". Me respondió Paco.
"Pero vamos a ver. Piensa un poco. Si nosotros salimos ahora y él viene de camino, nos cruzamos sin enterarnos de que él y nosotros vamos en dirección contraria. Y si no salió de Pamplona, tampoco sabemos donde encontrarlo. Por lo tanto es mejor esperar sin perder la calma". Dije con seguridad, pero sin convencerme ni yo mismo de lo dicho.
"¡Joder, Adrián!. ¡Parece cómo si no te importase nada Gonzalo!"
"Paco. ¡No me toques los cojones!. ¡Si no me importa Gonzalo y tú, quién me va a importar!. Mi familia, por supuesto; pero vosotros dos ante todo. Que nunca se te olvide, mi amor"
"Perdona; pero no sé ni lo que digo. ¡Cuándo coja a ese mamón lo hago trizas!. ¡Se le habrá atascado la polla en el culo de alguna puerca y no la puede sacar!. Por eso no llama ni viene el muy jodido"
"Habrá otro motivo, porque para telefonear no hace falta usar la polla"
"Ese utiliza la minga para todo. ¡Y más que nada para pensar!". Dijo Paco al límite de un sórdido cabreo.

Para mitigar la tensión puse el concierto para mandolinas de Vivaldi e intenté distraer mi atención volviendo a la tarea de redactar algunas de mis más gratificantes aventuras, mientras Paco seguía a mi lado visiblemente inquieto, sin poder ocupar su mente en nada que no fuese la jodida espera que nos estaba haciendo pasar Gonzalo.

Y me vino a la cabeza la escapada que él y yo hicimos a Amsterdam hace tan sólo dos años. Fue a finales de primavera, coincidiendo con un viaje a Londres que se organizaron Paco y mi madre, que les apetecía enormemente ir de compras a la capital inglesa, y mi madre puso como pretexto que debía visitar a lady Madeline, una antigua amiga suya casada con un caballero del imperio, muy rico, sir Thomas Friars, que había estado en Madrid el año anterior durante el otoño. Total, que allá se marcharon los dos y Gonzalo y este menda se fueron un par de días a putear de lo lindo. Naturalmente, también tuvimos nuestra excusa para ir los dos juntos, ya que Gonzalo tenía que hacer un viaje a Holanda por motivos de trabajo, y, aprovechando la coyuntura, decidió que aquel era el mejor momento para realizarlo. Entonces se me ocurrió la genial idea de reunirnos los cuatro en París, a la vuelta de sus respectivos viajes, y Gonzalo sugirió que le acompañase a Holanda puesto que no le molaba nada ir solo. Y a todos nos pareció un plan estupendo para quedarnos tres días en la capital de Francia haciendo más compras.
Doña Isabel y Paco salieron volando para Londres, y media hora más tarde Gonza y yo hacíamos lo propio rumbo a Amsterdam cargados de condones; porque, eso sí, siempre hay que estar preparado por lo que pueda pasar.
Nada más poner el pie en suelo holandés, fuimos al hotel para dejar los bultos y acicalarnos convenientemente, y nos lanzamos a la vorágine y al desenfreno en cuanto bar y garito nos habían recomendado previamente nuestras amistades, antes de abandonar Madrid. En los primeros tugurios que entramos no pasamos de los clásicos quiebros sin rematar la jugada. Pero después de la cena, la noche se presentaba larga y comenzamos a peinar el terreno con la minuciosidad de un comando especializado en el rastreo de minas explosivas. Y una mina fue con lo que dimos en un club adornado con látigos y cadenas, donde los camareros y gran parte de la clientela vestían cueros, botas y toda clase de fetiches sado-maso.

El local contaba con gran variedad de compartimentos decorados a tono con el ambiente que allí se pretendía crear, y también había una especie de laberinto, apenas sin luz, dentro del cual podías darte de narices con los numeritos más insospechados. Luego, como es normal en este tipo de locales, tenía su sección de videos porno, cuarto oscuro y cabinas para coito en pareja, o folleteo en grupo en otras un poco mayores. Todo un abanico de sugerencias para que el personal pusiese de su parte un poco de imaginación a la hora de joder. Y tanto a Gonzalo como a mí lo que nos sobra es imaginación para darle a cada culo lo que necesita para sentirse a gusto.

Nada más entrar en el antro, echamos una visual por los alrededores de la barra y nos situamos cerca de unos tíos, como de veinticinco años, altos, rubios, medianamente fuertes sin llegar a ser ases de la pesa, y con esa piel sonrosadamente blanca propia de los nórdicos antes de salir de su país para tomar el sol. Pedimos nuestras consumiciones y Gonzalo pronto avistó la primera pieza aparentemente interesante para ser cazada. El tal, estaba al final de la barra, con gesto indolente, y miraba a un punto fijo sin que diese la impresión de ver nada en concreto.

"¿Parece mono, no?". Me dijo Gonzalo pidiendo mi opinión.
"Sí. Pero habría que verlo más de cerca". Respondí.
"¿Vamos a ver que culo tiene?". Propuso Gonzalo.
"Vale".

Nos aproximamos al absorto muchacho, previsiblemente holandés dado su aspecto en general y concretamente por su pelo, color de ojos, tono de piel, y todas esas cosas que caracterizan a los de por ahí arriba. Nos sentamos en unos taburetes justo a su lado, pero el chico no hizo ni un mal gesto que pudiese darnos a entender que nuestra presencia le hubiese causado el más mínimo interés.

"Gonza, éste pasa de nosotros olímpicamente"
"Déjame a mí y veremos si le enrollamos o no"
"Es todo tuyo"

Y Gonzalo lanzó su ataque planteando una estrategia directa, tal como preguntarle a boca jarro:

"¿Hablas inglés?". En inglés, claro, porque de holandés ni torta.
"Yes". Contestó el tío.
"A mi amigo y a mí nos apetece follarte". Dijo Gonzalo echándole un morro que se lo pisaba.
"¿Sois españoles?"
"Sí". Afirmó Gonza.
"¿Los dos?". Volvió a preguntar el nórdico.
"¿Si los dos somos españoles o si te vamos a follar los dos?". Inquirió Gonzalo.
"Si los dos sois españoles". Aclaró el chico.
"Sí. De Madrid los dos". Contestó Gonzalo.
"¿La tenéis grande?". Quiso saber el holandés.
"Lo suficiente para romperte el culo". Respondió Gonzalo con una desfachatez asombrosa.
"¿Eso es todo de verdad?". Volvió a preguntar el chico señalando el paquetón de Gonzalo.
"¿Por qué no lo compruebas?". Dijo Gonza desafiante.

Y el holandés palpó el paquete de Gonzalo entre exclamaciones de admiración y viciosos gemidos que indicaban como se estaba relamiendo de gusto por lo que el destino le había deparado esa noche para satisfacer su libido.

"¿Té basta?". Fanfarroneó Gonzalo.
"No está mal. ¿Haber el otro?".

Exigió el holandés mirándome a mí y alargando su mano pecadora hacia mis órganos sexuales. Bueno. De pecadora nada, porque su mano me los tocó con la suavidad de los mismos ángeles.

"Te van lo tríos. ¿Verdad, puta?. Fue lo primero que le dije yo, también en inglés.
"Me van lo machos con buenas pollas como vosotros".

Contestó el rubio holandés levantándose de la banqueta, lo que nos permitió verle bien el hermoso culo que ya suponíamos que tenía.Y, a la vista del formidable trasero, Gonzalo le dio un fuerte azote y dijo en perfecto castellano:

"¡Te vamos a brear el culo, cabrón!"
"No entiendo". Dijo el chico excusándose.
"Dice que vayamos a una cabina y así podrás apreciar mejor nuestros aparatos".

Le aclaré yo en inglés, haciendo una traducción un tanto libre de lo que había dicho Gonzalo.

Y nos fuimos hacia la trastienda del local, en cuya agobiante oscuridad se movían cuerpos sudorosos y semidesnudos que entraban y salían de pequeños cuartos formados por tabiques de madera, en cuyo interior se oían las respiraciones entrecortadas de seres que gemían entre bofetadas, hostias, y alguna que otra sonora leche. Y todo ello inmerso en una atmósfera húmeda, acre y viciada de humo y lujuria.

Entramos en una de las cabinas y el holandés no tardó en desabrocharnos la bragueta para sacarnos fuera el mondongo, sopesando al natural y sin tapujos de ninguna clase el peso y volumen de nuestros atributos. Sin más pérdida de tiempo, se puso en cuclillas y nos olfateó los huevos. Y después, lamía por turno nuestros penes mirándonos a la cara como esperando el beneplácito a su sumisión. Le obligué a levantarse, atizándole una hostia en la cara, y nos quedamos los tres en pelota picada. Y entonces comenzó el baile.

Y el que no terminaba de bailar con los nervios era Paco y estaba poniéndome histérico a mí también.

"¿Por qué no tomas algo para dormir y en cuanto sepa algo de Gonzalo te llamo?". Le propuse a Paco.
"¡Estoy yo cómo para irme a la cama en estos momentos!"
"Lo sé. Pero es mejor que te acuestes un rato. Anda tómate una pastilla para dormir y vete a la cama. En cuanto llame Gonzalo o llegue a casa te prometo que voy a despertarte. Venga. ¡No seas terco, joder!"
"¡No puedo dormir, Adrián!"
"Sí que puedes. Tómate esta pastilla"

Y tuve que mandarlo a la cama con un somnífero para no ponerme a dar votes y perder los nervios del todo. Y volví de nuevo a las teclas de mi ordenador.

Decía que empezó el baile entre Gonzalo, el holandés y yo, y la primera pieza fue un fuerte magreo a cuatro manos sobre el cuerpo del chico rubio hasta dejarlo como si hubiese recibido una paliza. Y eso precisamente vino más tarde; e inicié yo la sesión cogiéndolo por las orejas para obligarlo a tragarse el rabo de Gonza, que de crecido e hinchado que se le puso le produjo arcadas al pálido nórdico. Mamó hasta que le dijimos basta, y fue Gonzalo quien lo levantó, agarrándole de los pelos, para doblarlo hacia delante y, apoyándole el pecho en uno de sus muslos, le colocó las posaderas en posición ideal para recibir una buena ristra de azotes. El holandés flipaba de gusto con la somanta, y, por si no le llagaba con las barbaridades que le decíamos en inglés y castellano, se insultaba afirmando que era una puta guarra y rastrera que sólo merecía el desprecio de cualquier hombre. Tan pronto nos suplicaba que le diésemos más leña, como que lo follásemos vivo y le escupiésemos encima todo el asco que su viciosa naturaleza nos causaba. ¡Aquello era un trabajo ímprobo que agotaba el más pintado!. ¡Qué afición con que lo moliésemos a golpes, al tiempo que le reventábamos el culo metiendo y sacando una polla tras otra!. Llegó un momento que en lugar de un ano aquello parecía el túnel del tiempo. Se le dilató tanto, que no necesitábamos cogérnosla con la mano para introducírsela en el esfínter. Pero también es verdad que apenas sentíamos nada de tan holgadas que se encontraban en el interior de semejante bebedero de patos. El holandés acabó con el culo como un pimiento morrón; y probablemente, de seguir con semejantes ritmo, con una incontinencia de esfínter crónica. Aunque también es cierto que el chico se preparaba convenientemente para tales eventos poniéndose una generosa lavativa antes de salir de casa, y evitando así desagradables incidentes tanto para él como para sus eventuales chulos dominantes. Podía ofrecerse al sacrificio con un letrero en la espalda diciendo: "Practico el sexo seguro con esmerada limpieza tanto interior como exterior. Tomazme, soy dócil y servicial para lo que me gustéis mandar. También soy fuerte y aguanto pacientemente palizas a discreción. Doy placer y orgasmo garantizados". Estoy seguro que no iban a faltarle clientes a mazo.

Con el holandés nos corrimos un par de veces; pero las limitaciones biológicas nos imponían un respiro, obligándonos a descansar un tiempo prudencial para cargar baterías; y, de paso, aprovechar el compás de espera para tomar otra copa e ir oteando una nueva pieza que llevarnos al zurrón; entendido el término como bolsa de cazador y no como capullo en que se encierra la larva de la lagarta. Y de muchas y buenas lagartas estábamos rodeados Gonzalo y yo en aquel puto club. Y mientras Gonzalo le daba palique al vapuleado holandés, sentados en la barra, yo me adentré en la caverna de los horrores por el morbo de ver solamente el show que pudiera estar montándose allí dentro. Deambulé de un lado para otro entre voces, zurras y escandalosos orgasmos, hasta que di con un calabozo equipado con aparatos e instrumentos más apropiados para la tortura que para el deleite del sexo. En ese instante, entraban también dos grasientas montañas humanas, con cueros y cadenas, que arrastraban materialmente hacia el interior a un indefenso muchacho de poco más de veinte años, también vestido con pantalón de cuero negro, pero con las nalgas al aire, y una camiseta sin mangas de color blanco, muy ajustada al cuerpo, que le marcaba el pecho y los abdominales, realzando de ese modo una cintura estrecha y la total carencia de grasa sobre sus músculos.

Los dos tipos con pinta de bestias llevaron al muchacho hasta una esquina de la mazmorra y lo colgaron por las muñecas, sujetándoselas con dos grilletes que pedían del techo. El chaval apenas rozaba el suelo con la puntas de los pies y aquel par de mulas pardas comenzaron a zarandearlo, dándole hostias en la cara a diestra y siniestra. El espectáculo me dejó atónito; pero una fuerza superior a mí impedía que me largase y mis pies se habían clavado al suelo negándose a responder a cualquier movimiento. Entraron otros dos tíos más en la sala de tortura y también quedaron quietos limitándose a presenciar el martirio del joven encadenado. Uno de los verdugos cogió de la pared una fusta y el otro un látigo de colas, y ambos brearon a zurriagazos las redondas y rosadas nalgas del muchacho, dejándoselas con más rayas que una cebra. El chico soportaba el castigo mordiéndose los labios para no lanzar ni un solo grito de dolor y cerraba los ojos y los puños a cada trallazo que restallaba sobre su carne enrojecida. El ruido de los azotes atrajo más mirones, y todos se colocaban a una prudente distancia para no perder detalle, pero procurando que su presencia no molestase al par de borricos que flagelaban al muchacho. El suplicio duró tan sólo unos minutos pero a mí me parecieron una eternidad. Por fin, las dos vacas frisonas dejaron sus flagelos y descolgaron al chico llevándolo esta vez hacia un arnés, también colgado del techo por cuatro cadenas a modo de columpio, y lo pusieron en el artefacto tendido sobre su espalda. Le amarraron nuevamente las manos y los pies con unas correas prendidas a las cuatro cadenas de las que pendía el arnés y le izaron los brazos y las piernas hasta que el ano quedó a la vista de todos pidiendo a gritos que lo follasen. Y así fue. Mientras uno le metía un enorme pollón por al boca, el otro le escupía tres veces en el agujero del culo y sin miramiento alguno, y mucho menos delicadeza, lo ensartó con su descomunal aparato como hacían en mi pueblo los niños con las ranas para hacerlas estallar a base de inflarlas. En este caso no se trataba de que estallase, pero si de inflarlo a pollazos, tanto por la boca como por el culo, sin dejar que el muchacho se tocase la minga ni por un momento. Lo forraron a polvos cuanto les dio la gana, y para finalizar el espectáculo se corrieron encima del chico salpicándole de esperma por todas partes. Y una vez saciados, los cabestros se dieron el bote dejando al chaval allí atado a merced de los buitres que aguardaban su turno para lanzarse sobre él. Y uno tras otro iban sirviéndose lo que más les apetecía de aquel festín de lujuria desenfrenada, y un súbito asco me devolvió a mi ser haciéndome reaccionar para salir por pies de aquel antro. Cuando regresé junto a Gonzalo, ya no me quedaban ganas de volver a joder con nadie que no fuese él.

Quizás en mi subconsciente estuviese deseando darle una buena manta de leches a Gonzalo, y por eso acudieron a mi memoria estas peripecias vividas en Amsterdam. Pero lo cierto es que el muy cabrón me tuvo muy jodido durante toda la noche.

Interrumpí de nuevo mi trabajo y fui a comprobar si Paco dormía. Entré sin hacer ningún ruido y me senté suavemente a los pies de la cama para contemplar el sueño aparentemente tranquilo de mi hermoso amante. Cuando Paco duerme, apenas se le oye respirar; e incluso a veces me he inclinado sobre su boca para observar si aspiraba el aire. Cuando Paco y Gonzalo duermen, todavía parecen niños.

¡Pero por qué no dará señales de vida este cabrón!, me dije. Y abandoné el dormitorio para continuar mi escritura y mi penosa vela a causa de Gonzalo.

Y sigo con lo de Amsterdam. Cuando salimos de aquel tugurio sadomasoquista, le dije a Gonzalo que si quería seguir la fiesta que continuase el solo, porque yo me iba al hotel.

"¡Todavía es pronto, joder!". Protestó.
"Pues ya te he dicho que te quedes, que yo me voy solo"
"¡Hostias tío!. Tampoco es así la cosa. ¡Para una vez que podemos pasarlo teta los dos juntos, joder!"
"Gonzalo, no me apetece joder con nadie más. ¿Lo entiendes?"
"No mucho, la verdad"
"Vale. Cuando llegues al hotel procura no hacer demasiado ruido. Diviértete y hasta luego".

Y sin más explicaciones di media vuelta e inicié mi regreso al hotel apurando el paso lo más posible, rayando ya la carrera.
En Amsterdam se puede decir que no hay distancias, y en cuanto cruzas dos o tres canales ya estás cerca del sitio a donde quieres llegar; y como el hotel donde nos hospedábamos estaba en el mismo centro de la ciudad, era innecesario utilizar cualquier otro medio de transporte que no fuesen tus propias piernas. La ciudad parecía dormir tranquila y no se veía gran movimiento en las calles y plazas por las que atravesaba camino del hotel. Después de cruzar uno de tantos puentes de los que hay en esa ciudad e ir a doblar una esquina para enfilar la calle del hotel, oí una voz familiar a mi espalda que gritaba mi nombre:

"Adrián... Adrián. Espera"
Me detuve y volví la cabeza instintivamente, y vi a Gonzalo que corría tras de mí intentando alcanzarme.
"¡Joder tío!. ¡Qué rápido vas!". Dijo, acercándose hacia mí.
"¡Y tú qué haces aquí!"
"¡Bolillos si te parece, joder!. ¡Pues qué quieres que haga!. Irme contigo a dormir"
"¿Pero no tenías tantas ganas de juerga?"
"¡Cuándo quieres pareces idiota, tío!. ¡Qué coño voy a pintar yo solo por ahí estando tú aquí!. ¿Me lo quieres decir?"
"Tú sabrás lo que te apetece hacer con tanta golfa como hay por ahí". Contesté.
"Aquí las más golfas somos tú y yo". Afirmó.
"¡También es cierto!. ¡Más que golfas pendones!". Puntualicé, y añadí: "En serio, si quieres irte de copas, conmigo no tienes ningún problema. Té largas y punto"
"¡Adrián, no me toques los huevos!"
"Que yo sepa en estos momentos no te estoy tocando nada"
"¡Me vas a tocar los cojones cómo sigas diciendo chorradas!. ¿Qué quieres oír?. ¿Qué quiero estar contigo?. Pues óyelo. Con quien quiero joder es contigo. ¿Qué más deseas que te diga?. ¿Qué me importan una mierda todos los tíos que hay en Amsterdam?. Pues me importan un puto bledo. Y los que haya en el resto del mundo también. Menos Paco, claro... Adrián, vamos a la cama. Estoy deseando tumbarme y tenerte a mi lado". Me dijo Gonzalo con esa dulzura que sabe poner en sus ojos cuando habla de amor.
Y con idéntica ternura le contesté: "Sí mi amor. Vamos a la cama que yo también estoy deseando acostarme a tu lado"
"¿Sólo eso?". Dijo Gonzalo en señal de protesta.
"Bueno. Y todo lo que quieras hacer conmigo; ya lo sabes"
"¿Y a ti no té peta hacerme nada esta noche?". Sugirió él.
"Esta noche me apetece hacerte de todo. Incluso comerte al horno con patatas"
"Pues cómeme. Te dejo que lo hagas"
"Anda vamos, o no llegamos a la habitación con todo puesto. Ya sabes como nos las gastamos tú y yo cuando nos calentamos. Nos cegamos y sin darnos cuenta ya estamos follando. Así que andando, que te voy a dejar fino. Venga. A la cama, que eres lo más bonito que hay bajo las estrellas".

Y reanudamos el paso para llegar cuanto antes a la habitación del hotel, donde íbamos a pasar nuestra primera noche en Amsterdam jodiendo hasta después del amanecer. Y durante el resto del día Gonzalo atendió sus asuntos. Y después de cenar temprano, tomamos un par de copas inocentes en un sosegado bar de ambiente, sin el menor devaneo tendente al ligue, y nos retiramos a descansar y dormir plácidamente para llegar a París al día siguiente frescos como dos lechugas de huerto.

Y con la relajante frescura de dos capullos en flor nos vio la capital francesa pasear por Los Campos Elíseos en dirección a la Concordia. Nos faltó cogernos de la mano para mostrar más a las claras el amoroso empalague que traíamos desde Holanda, en lugar de traer un queso. Que es lo que en un principio habíamos pensado comprar, por eso de venir cargados con algo típico del país. ¡Pero qué bonito es recorrer las calles de cualquier ciudad cuando vas con tu ser amado!. Todo es distinto. Y aunque caigan chuzos de punta, el día te parecerá más luminoso que cualquier otro en pleno verano si ese día estás solo. Era medio día e íbamos a reunirnos con mi madre y con Paco que habían ido a comprar modelos para la señora. Gonzalo jugueteaba al fútbol con cualquier cosa que se cruzase en su camino por más insignificante que fuera; y hasta una simple rama o una pequeña hoja le servía para simular un regate, haciéndose también de público para jalear la jugada. Él solo se montaba el espectáculo completo. Campo, público, balón, jugadores y jugadas. Esto último sobre todo, porque eran hipotéticamente magníficas y de gran rentabilidad a efectos de marcador. Al pasar por una elegante relojería vio un reloj muy deportivo, que le pareció precioso, y sentí la necesidad de regalárselo y cumplirle el capricho. Sin perder un minuto lo empujé al interior del establecimiento y pedí a un dependiente, muy bien vestido y educado, que nos enseñase el bonito reloj; y yo mismo se lo puse en la muñeca a Gonzalo, diciéndole:

"¿Me dejas que te lo regale?"
"¿Con qué motivo?"
"Simplemente porque te quiero"
"¿Y qué te regalaré yo a ti entonces?"
"Otra cosa que a mí me guste"
"Vale. ¿Y tienes idea de lo que puede ser?"
"Creo que sí"
"¡No será muy caro!"
"¡Carísimo!"
"¡Joder!. ¡Qué me dejas sin un duro!"
"¡No seas tacaño!. ¿Y para qué quieres tú un duro?. ¿Acaso té faltó algo alguna vez?"
"No. ¡Pero tampoco es eso!. Me gusta tener mi propio dinero"
"Y lo tendrás. Ganas lo suficiente para que puedas darme lo que te voy a pedir"
"¡Si es así, te compro lo que quieras. Aunque no me quede un duro; pero he de pagarlo yo con mi dinero solamente. ¿De acuerdo?"
"De acuerdo. Pero lo que yo quiero no es necesario que lo compres. Me lo puedes dar sin que te cueste dinero"
"¿Un polvo?"
"¡No!. Eso ya me lo das sin que tenga que pedírtelo"
"¿Entonces, qué es?"
"Que me prometas que al menos durante un mes sólo vas a follar con Paco y conmigo"
"¿Sólo es eso?"
"Sí. Sólo eso"
"Lo que me pides ya es tuyo. Pero yo también prefiero que tú me regales lo mismo en lugar del reloj"
"Bien. Te regalaré lo mismo, pero además el reloj. Date cuenta que después de lo amable que ha sido este chico no podemos irnos sin comprarle nada. Estaría muy feo. ¿No le parece a Vd. que tengo razón?"
"Si Vd. lo dice, señor, yo no podría contradecirle. Además al joven le queda divinamente ese reloj. Le va muy bien con su aspecto deportivo. ¿No lo cree así, señor?". Dijo el dependiente.

Y como estaba convencido que se había enterado de todo lo que habláramos Gonzalo y yo, respondí: "Sí". Y añadí luego: "Sobre todo con su personalidad. Desde hace un tiempo él y yo nos saltamos olímpicamente cualquier convencionalismo. ¿No es verdad mi amor?". Y esto último lo dije en correcto francés.

"Sí cariño". Me contestó Gonzalo también en la lengua de los modernos galos.

Y luciendo su nuevo reloj en la muñeca, Gonzalo me agarró del brazo y nos fuimos riendo de nada en concreto, simplemente por el hecho de reír; y tuvimos que darnos prisa para no hacer esperar a mamá y a Paco, que ya aguardaban sentados en la terraza de un clásico café parisino donde habíamos quedado citados. A mi madre la encontré guapísima. Sin duda el viaje a Londres con su estimado Fran le había sentado de perlas y se la veía contagiada por la juventud de Paco. Los dos estaban alegres y risueños; y era tal la cantidad de bolsas y paquetes que tenían a su lado, que me eché a temblar pensando en los consiguientes cargos en las tarjetas de crédito. Eufóricos, como siempre que han estado de compras mano a mano, fueron mostrándonos las monerías adquiridas para mi madre, que eran la tira, e inmediatamente pasaron a enseñarnos lo que habían comprado para mí y Gonzalo (todo un detalle, por cierto), dejando para el final las compras que habían hecho para Paco. ¡La verdad es que todo era monísimo!. Ya he dicho varias veces que el gusto de mi madre y de Paco es indiscutible. Y mientras tomábamos el aperitivo en aquel elegante café, mamá y Paco nos pusieron al corriente de los pormenores de su estancia en Londres y concretamente de la visita a lady Madeline. Tanto ella como su marido, sir Thomas, gozaban de perfecta salud, y yo me interesé especialmente por el segundo de sus hijos, Jeremy, que hace quince años era un chaval de veintidós, con pelo liso color pajizo dividido por mitad a cada lado de la frente y de constitución delgada pero fibrosa, al que me ventilé en el fayado del pazo de Alero, asido a una viga con uñas y dientes, estando el chico invitado por mi madre a pasar unos días con nosotros durante el verano.

Fuimos tremendamente felices aquellos días en París en compañía de mi madre y Recorrimos museos, palacios, tiendas, restaurantes, teatros y cabarets. En fin, lo más agradable que París puede ofrecer al visitante. Tan bien lo estábamos pasando, que los cuatro días que pensábamos estar en un principio los alargamos hasta completar una semana de estancia en la capital de Francia.

A mi madre le chifló exhibirse ante el todo París acompañada por tres hombres tan guapos, como siempre dice ella, y allá donde íbamos entraba cogida del brazo de Paco, orgullosa como la madre que es consciente de tener el hijo más bello del mundo. Indudablemente, tanto él como Gonzalo llaman la atención donde quiera que van, y las miradas se vuelven hacia ellos por simple admiración o codiciando también sus favores. A unos les atraerá más la armónica hermosura de Paco y la elegancia de sus maneras, y, sin embargo, a otros le va más la magnífica carrocería de Gonzalo, llena de sensualidad desde su generosa boca hasta la notoriedad de su sexo y la redondez de sus macizas nalgas. ¡Qué conste que en mí también se fijan todavía!. Pero en mi caso, lo más seductor es mi enigmática mirada y ese porte de elegante dejadez que me priva de toda afectación. Tampoco estoy mal físicamente. Y, en opinión de los demás, soy tirando a guapo. Hasta me atrevería a decir que con los años sigo siendo bastante guapo de cara y conservo un cuerpo envidiable. En resumen, la mujer estuvo encantada de la vida con nosotros, y nosotros con ella; y nosotros tres, en la intimidad de la suite que ocupamos en el hotel, nos amamos con la misma pasión que nos consumió en nuestro primer viaje a Venecia. Mi amor por ellos se fue haciendo cada día más grande, y más y más necesitaba de ambos aunque sólo fuese para poder vivir. Como aún sigo necesitándolos, desde luego. Y más en esta larga noche de impaciencia y de angustia en que no veo el momento de saber algo de Gonzalo.
¡Cómo puede ser a veces tan tierno y otras tan cabrón!. Esa es su forma de ser, y esa forma de ser es una de las virtudes por lo que lo quiero. Y lo que más me jode es lo mal que lo pasa Paco con estas cosas que tiene Gonzalo a veces. ¡Pobre Paco!. Cuando vio el reloj que yo le había regalado a Gonzalo se puso más contento que si el regalo se lo hubiese hecho a él. Siempre ha preferido que mime más a Gonzalo que a él. Y a pesar que Gonza es mayor que Paco, éste lo trata como si el otro fuese el niño de la casa; y quizás le dé todavía más mimos de los que yo le doy. Ahora va a resultar que el problema es que siempre estuvo demasiado consentido. De todas formas, en París también le hicimos un regalo a Paco, que desde hacía tiempo tenía ilusión por tenerlo, y fue otro reloj (bastante más caro que el de Gonzalo) que le hizo saltar de alegría en cuanto lo vio. Pero lo que más le emocionó sin duda fue nuestra promesa de no joder con otros durante un mes al menos. Sólo el hecho de nuestra buena intención le llegó al alma, y nos colmó de amor como para abastecer toda la tierra con la carga positiva de sus sentimientos. Y que conste que tanto Gonzalo como yo cumplimos nuestra promesa. No sin esfuerzo; pero en lo que a mí me atañe con menos del que imaginé en un principio. Casi puedo decir que me sentía liberado de la necesidad de seguir cazando para reafirmarme en la permanencia de mí atractivo y la autoestima de mi propio ego. El hecho de saber que Gonzalo tampoco ligaba con nadie sosegaba mi espíritu y evitaba que desease el sexo con simples cuerpos. Con Paco y Gonzalo gozo de un amor completo que trasciende los cuerpos para follar con toda el alma. De hecho no sólo fue un mes, sino que estuvimos muchos más sin pensar tan siquiera en follar con nadie fuera de nuestro trío. Y a Gonzalo tampoco debió costarle demasiado, ya que me confesó que no había hecho esfuerzo alguno para mantenerse casto sin probar carne de otros prójimos.
Avanzada la madrugada el timbre del teléfono me sobresaltó. Y, temblando por dentro como un flan, descolgué el auricular con el único deseo de oír la voz de Gonzalo.

"¿Diga?"
"Adrián, soy tu madre. ¿Sabes algo de Gonzalo?"
"Todavía no"
"¿Y no piensas hacer nada?"
"¿Y qué quieres que haga, mamá?. No sé dónde buscarlo ni a quien llamar. Por muy duro que resulte, solamente cabe esperar acontecimientos"
"¿Pero cómo puedes estar tan tranquilo, hijo mío?. ¡Qué cuajo tienes!. Debe ser en lo único que te pareces a tu padre y a tu abuelo paterno, que se les caía la casa encima y no se inmutaban. ¡A ese chiquillo tuvo que pasarle algo, porque esto no tiene explicación!"
"Mamá, ese chiquillo no es tan chiquillo y a veces tiene cosas de guardia. Sólo tienes razón en que hay veces que se porta como un chiquillo. Y hay otras en que lo hace como un niño de teta, también". Sobre todo cuando la mama, pensé yo.
"¿Y vas a quedarte sentado hasta que tengas alguna noticia?"
"Pues sí. A no ser que a ti se te ocurra algo mejor o más efectivo"
"No sé hijo. No sé, la verdad. No puedo pensar en estos momentos. Por favor llámame en cuanto sepas algo. Sea lo que sea"
"Descuida mamá. Te avisaré de lo que haya. Y procura dormir"
"¿Y Fran?. ¿Cómo está?"
"Ahora dormido. Tomó un píldora y quedó grogui. Pero estaba muy nervioso y excitado y por eso le hice tomar el somnífero"
"¡El pobre Fran no se merece esto!"
"¡Y tu hijo qué!. ¿Qué le den dos duros?. ¡Osea que ahora sólo te preocupa tu querido Fran!"
"No hijo mío. ¡Cómo no me voy a preocupar por ti, cariño!. Pero tú eres más fuerte y soportas las adversidades con más entereza. Fran es más sensible"
"Ya. El tonto siempre tiene que apandar con lo que le echen. Todo el mundo tiene derecho a ser sensible menos yo que tengo que ser de piedra"
"Perdona hijo. Pero ya sabes que cuando me pongo nerviosa no sé lo que digo. ¡Ya sé que tú también sufres!. ¡Cómo no lo voy a saber!"
"Bueno mamá. Acuéstate y no te pongas nerviosa que las malas noticias son las primeras que llegan. Un beso"
"Un beso hijo. Y llámame a la hora que sea. No te olvides"
"Bien mamá. Un beso otra vez. Hasta luego"
"Perdone, señor. ¿Necesita alguna cosa?". Me preguntaba Román a mi espalda, sin que yo me diese cuenta que había entrado en la habitación.
"¡Pero qué hace levantado a estas horas, hombre de Dios!"
"Me despertó el teléfono y pensé que pudiera ser el señorito Gonzalo. Y al oír su voz en la sala vine por si el señor necesitaba que le sirviese en algo". Respondió Román como justificando su presencia en la sala a tales horas.
"No era Gonzalo, Román. Y la verdad es que no sé si necesito algo además de que aparezca el señorito"
"¿Desea tomar un café o una infusión, o algo de comer?"
"No se moleste, Román. Y váyase a dormir que es tardísimo. Ande, acuéstese, que con que trasnoche uno es bastante"
"Si el señor me lo permite, prefiero acompañar al señor y mantenerme despierto por si puedo serle de utilidad en algo"
"Gracias, Román. Si ese es su deseo, no sólo se lo permito sino que se lo agradezco de todo corazón. Es Vd. muy amable, Román"
"Gracias, señor"
"¿Y a Vd. no le apetece tomar nada, Román?. Mire. Vamos a hacer una cosa. Prepara Vd. un café con algo sólido y me acompaña a tomarlo. ¿Le parece bien?"
"¡Señor!. Ahora mismo preparo lo que Vd. ordene; pero sería un atrevimiento por mi parte aceptar su invitación, señor"
"Pues le ordeno que haga lo que le he dicho y que se siente a tomarlo conmigo. ¿Está claro?"
"Lo que mande el señor". Y se retiró a la cocina para preparar un tentempié para los dos.

Dejé la escritura por un rato y cerré los ojos encerrándome en mis pensamientos cuyo punto central no era otro que Gonzalo. Olvidé la noción del tiempo y de nuevo la voz de Román me devolvió a la inquietante realidad que estábamos viviendo.

"¿Prefiere el señor que se lo sirva en el comedor?"
"No. Aquí está bien. Póngalo en esa mesa, por favor"
"Bien, señor"
"Y ahora, siéntese y acompáñeme"
"Gracias, señor. Como Vd. ordene"
"¿Cómo le gusta el café?. ¿Flojo o cargado?"
"¡Pero señor, deje que lo sirva yo!"
"Cállese. Diga como le gusta, Román"
"No demasiado cargado, señor"
"Vale. Entonces para Vd. con más leche. ¿Así está bien?"
"Sí señor. Y gracias. El señor es muy amable"
"¿Galletas o tostadas?"
"Prefiero galletas, señor"
"Pues sírvase Vd. mismo, Román. Y olvide por un momento tanta etiqueta y tanto señor para arriba y para abajo. Ahora Vd. es Román y yo Adrián. ¿Conforme?"
"Como Vd. mande don Adrián"
"Pues vale, entonces, Román. ¿Ha estado enamorado alguna vez?"
"¡Claro!. ¡Quién no estuvo enamorado en algún momento de su vida!"
"¿Sería muy indiscreto preguntarle de quién?"
"No. Eso fue cuando yo era más joven, allá en mi país. Era un muchacho ruso, no tan guapo como los señoritos, pero a mí me parecía hermoso y muy atractivo. Se hacía llamar Igor, y decía que su padre tenía ascendencia griega. Pero por su aspecto nadie podría negar que no fuese totalmente eslavo"
"¿Le quería mucho?"
"Muchísimo. Tanto como puede querer Vd. a cualquiera de los dos señoritos"
"¿Y él?. ¿Le quiso igual?"
"Eso creí yo al principio. Pero un día se fue y no volví a saber nada más de aquel muchacho. Me dejó sin explicación alguna. Así de sencillo. Sin más"
"¿Y pudo soportarlo?"
"Fue terrible. Pero tuve que ir acostumbrándome a la soledad, renunciando a toda esperanza de volver a ser feliz"
"¿Pero nunca encontró otro hombre en su vida?"
"Jamás podría haber otro como él. Sólo existe un ser ideal para cada hombre. O al menos para mí. Y ese era Igor. Lo demás sólo es satisfacer una necesidad biológica sin mediar sentimiento amoroso alguno. Saciamos el apetito de la carne sin entrega ni complicaciones de ningún tipo; y eso para mí no es gratificante"
"¿Eso quiere decir que no tiene ningún tipo de aventuras amorosas?"
"No. Eso quiere decir que solamente tengo aventuras vacías de sentimientos. Y con eso sólo mitigo la necesidad del sexo, pero no la soledad del corazón"
"Román, en el mundo tiene que haber alguien que pueda reemplazar a Igor"
"Creo que el verdadero amor es irremplazable. ¿Se imagina su vida sin cualquiera de los dos?"
"La sola idea me espanta... No lo soportaría"
"Sufriría día a día la ausencia, pero al final lo soportaría. Todo el mundo acaba por adaptarse a los reveses que le da la vida"
"No estoy seguro que pudiese acostumbrarme a ello. Hoy día sin Gonzalo y sin Paco no sabría como vivir. Mi mundo gira entorno a ellos; y si perdiese el centro me dispersaría en medio del cosmos. No quiero ni imaginar que algo así pueda suceder"
"Y no sucederá, señor. Estoy seguro. Los dos tienen mucha suerte de tenerle a Vd."
"Gracias Román. Pero la suerte es mía por tenerlos a los dos. ¿No cree que son estupendos?"
"Desde luego que lo son, señor. Y muy guapos, si me permite decirlo"
"Gracias Román. Ha sido Vd. muy amable esta noche y le agradezco sinceramente su compañía. Pero ahora vaya a descansar, y no se preocupe de levantarse a ninguna hora determinada. Duerma todo lo que le haga falta, porque si Paco y yo tenemos que viajar a Pamplona, lo haremos en cuanto él se despierte y venga a recogernos Manolo con el coche de mi madre. Vaya a dormir, Román. Y muchas gracias por todo. Buenas... Mejor dicho buenos días"
"Buenos días, señor. Y gracias a Vd. por su amabilidad"

Y quedé solo con mis pensamientos y temores otra vez, cuando la lívida luz del amanecer entraba ya por los cristales del ventanal acompañada por el rumoroso despertar del Retiro, que, vestido de flores y verde, gorjeaba y se animaba para sumar a su historia un nuevo día.

Abandoné perezosamente mi asiento, y quise escuchar la "Linzer Symphony" (sinfonía número 36) de Wolfgang Amadeus Mozart a muy poco volumen.