
La farola. Así la llaman todos y en ella se citan y quedan, sobre todo los jóvenes y adolescentes de cuyas bocas brotan bromas, risas, vida y gritos. Siempre hay gentes que pasan junto a ella, pues su sitio es el centro del bullicio de su ciudad. Y, sin embargo, a esa hora estaba sola. No era ni tarde ni demasiado temprano, pero estaba sola conmigo y en su regazo de piedra nadie se sentaba, ni tampoco al pie de sus escalones había alguien deseando divertirse, o ser feliz por unas horas. O sencillamente estar allí sin aguardar ni tener nada ni nadie por quien esperar para soñar o reír aunque solamente fuese con los ojos de la esperanza. Estábamos solos los dos y ella me miraba desde sus tulipas de cristal y seguro pensaba que su soledad no era peor que la mía. Y yo la miré despacio, fijándome en su piedra labrada y sus adornos de hierro; y tuve que reconocer que es muy bella esa farola y por ello la eligen a ella para quedar con amigos, o, por qué no, para encontrarse los amantes y verse tan bellos como lo es la farola de esta ciudad. Y por la noche nos alumbra y todo se ve diferente a la luz de esta preciosa farola. Cuántas almas se acomodan al pie de una farola, su farola, para no estar solas y vivir y sentir el calor de su luz o abrigarse con sus sombras. Cómo se ha de amar para creer que ese amor es su farola y la vida discurre tan sólo dentro del círculo que forma su luz al pie de esa farola