martes, 16 de agosto de 2011

La casa grande X


Como si un enjambre de abejas se hubiera instalado en mi cerebro, o mejor sería decir de avispas rabiosas que me aguijoneaban inmisericordes anulando mi capacidad de razonar con claridad, sólo aturdía mis ideas una palabra que repetía sin parar y no era más que un nombre propio, Alfredo. Alfredo se convertía en mi obsesión, incluso mayor que la casa grande. El amor de amalia con sus ojos grises y una sonrisa que hipnotizaba se llamaba Alfredo y muriera en ese mismo puente que el otro, el Alfredo que me acompañaba al río por las tardes y luego hasta ese mismo puente que no quería cruzar. Ese también era Alfredo y sus ojos grises me miraban cautivando mi alma y su sonrisa me prendía a él como si fuese la más dulce miel que llama a las moscas para atraparlas y dejarlas morir pegadas en el panal. Así era mi Alfredo y se parecía demasiado al otro, al de Amalia, para no admitir que tenían mucho en común los dos.
Pero yo no quería ver más allá de lo que mi deseo esperaba para seguir viviendo una aventura inimaginable junto a ese chico. Aunque al cerrar tras de mí la puerta de la casa de Amalia eché a correr escapando de mis propias elucubraciones y sin querer ver hacia atrás para no darme cuata de que pudiera haber otra verdad que no me gustase tanto como la posible ficción que yo mismo creara. Corrí alocadamente, pero no recorrí a penas un par de metros cuando a mi espalda oí su voz otra vez. “Pedro!. Por qué te escapas?..... Es que ya no te acuerdas que estoy aquí?”, me gritó Alfredo. Y este era el mío y no el de Amalia. Me detuve y no me atrevía a mirarlo, pero él me adelantó y se paró frente a mí con esa sonrisa y esa mirada que me desarmaban y me rendían sin poner la más mínima resistencia. Entonces llegué a tener claro que para ese crío no significaban nada ni los segundos, ni los minutos, ni las horas. Y mucho menos tendrían que tener significado para él los días o los años. Me figuré que su existencia no estaba sometida a medida ni dimensión alguna como la del resto de los seres. Su existencia sólo era un destello que por el momento solamente me iluminaba a mí; y eso no sé por qué me hizo sentirme orgulloso y distinto a los demás.
Y ese era mi Alfredo y no el de Amalia y entendí por fin que no debía ni tenía por que compartirlo con nadie más. Era mío y solamente mío y nada importaba ni el antes ni mucho menos el después. Y le pregunté a mi amigo: “Te cansaste de esperar?..... Creo que estuve demasiado tiempo con Amalia....... Me ofreció arroz con leche y como me gusta tanto y ella lo hace tan bien, pues me puse a comerlo y se me pasó el tiempo sin darme cuenta....... Pero ya estoy aquí contigo otra vez”. “Ni me di cuanta del tiempo que pasó...... Hasta puedo decirte que no me separé de ti”, respondió Alfredo, convenciéndome de que efectivamente apenas nos separáramos unos minutos. Y seguimos hacia el puente despacio, retardando a propósito el momento de separarnos otra vez. 
Y yo me atreví a preguntarle: “Cual es el motivo por el que no quieres cruzar el puente?”. “Ya te dije que no se me perdió nada del otro lado y no quiero ir a esa orilla del río. Mi casa está de este lado y yo me siento más seguro aquí”, contestó Alfredo. Estaba tan resulto a no cruzar ese puente que desistí de intentar convencerlo de lo contrario. Pero antes de llegar nos sentamos en una cerca de piedras, bastante baja para impedir a nadie entrar en la finca que pretendía guardar, y nos miramos de frente y sin parpadear ninguno de los dos y yo tomé la iniciativa: “Alfredo, qué harás cuando me vaya?”. “A dónde?”, preguntó él. “A mi casa”, le dije yo. “Ya vas todas las tardes y vuelves otra vez a buscarme“, alegó él como si yo quisiera enredarlo en un sin sentido. “Me refiero a irme del pueblo y volver a mi casa de la ciudad..... Volver a estudiar y a salir con mis amigos....... A eso me refiero”, agregué yo. “Pero volverás otra vez para estar conmigo”, dio por sentado él. Y yo le dije: “Sí....... Claro que volveré, pero será el próximo verano....... Y hasta entonces que harás tú?”. “Esperarte”, me dijo él dando por zanjado el asunto. 
Pero yo no me quedé contento y le pregunté: “Y dónde está tu familia?..... Dónde vives el resto del año?”. “Aquí. En el pueblo........ Ahora vivimos en la casa grande, donde vivieron los abuelos......... No tenemos otro sitio mejor donde ir”, me dijo Alfredo con tanta naturalidad que quise creerle.  E insistí: “Y por qué nunca están ni tu madre ni tu padre en esa casa cuando voy a buscarte?”. El apartó la mirada por un instante y al mirarme otra vez le vi los ojos húmedos y me aclaró: “No tengo padre y mi madre me dejó hace tiempo......... Estaba cansada de arrastrar un vida muy amarga para ella........ Ahora yo soy toda mi familia a no ser que tú quieras serlo y así seremos dos y no estaré solo”. Me desarmó de tal modo que lo abracé y sin darme cuenta busqué sus labios y los besé. No se apartó ni rechazó mi beso y volví a besarle la boca consciente de que eso era lo que deseaba hacer.
Seguimos hasta el puente y al llegar a ese punto Alfredo se despidió hasta el día siguiente y yo le contesté y moví la mano en un adiós incompleto. Mas antes de que él se diese la vuelta y echase a correr como había hecho el día anterior, le pregunté de sopetón: “Como se llama tu madre?”. “Clara........ Se llama Clara”, me gritó Alfredo al alejarse. “Clara!”, exclamé rebobinando la información que me diera Amalia. Si su madre era Clara, Alfredo no era el Alfredo de Amalia. Era otro Alfredo. El mío. El hijo de la hermana de su Alfredo. Y eso ponía muchas cosas en su sitio. Ahora estaba resultas muchas cuestiones y entre ellas también estaba resuelto el hecho de si el chaval era o no el dueño de la casa grande. Lo era, porque era el heredero de don Amadeo y doña Adela. Era su nieto. Sin embargo el dijera que su abuela era la señora del retrato y esa no era doña Adela. Esa señora era la madre de don Amadeo y por tanto su bisabuela. Bueno, tan poco tenía importancia un grado más o menos en eso del parentesco. Y hasta podría ser que él no supiese quien era la buena señora del cuadro y la tomara por su abuela, o se refiriese a las dos señoras llamándolas abuela. La madre le hablaría de todos, pero seguramente no pudo enseñarle la casa antes de morir. Alfredo sabía que esa mansión era de su familia y ahora le pertenecía por ser el único miembro que quedaba.  Y eso sí se lo diría su madre. Pero ahora tenía que saber que fuera de Clara después de morir su hermano. Lo que podía intuir, sin temor a equivocarme, era que el nombre del chaval era en recuerdo de su tío. Y ese dato tenía que conocerlo Amalia sin lugar a dudas.
Volé hasta mi casa, nervioso y loco de contento al tener algo a que agarrarme para dar consistencia a esa realidad que ya no era tan imaginaria como le pareciera a mi amiga Amalia. Alfredo, mi Alfredo existía y su nombre era el de ese otro Alfredo que fuera y seguía siendo su amor eterno, porque el mío era sobrino del suyo e hijo de su gran amiga Clara. Todo encajaba como en un puzle al que hasta ese momento no le encontraba la pieza clave que uniese el resto del rompecabezas. Y corría y gritaba lleno de euforia: “Alfredo existe y es mi amigo!”.
Mi madre se asustó al verme tan excitado y riendo de una manera tan rara; y me preguntó si me pasaba algo. Yo le respondí que tenía un amigo en el pueblo. Un chaval de mi edad muy majo con el que iba al río y lo pasábamos en grande los dos. Ella quiso indagar de quien se trataba y si era de una familia conocida. Y yo, en mi incontenible euforia, le contesté: “Sí, muy conocida!. Es nieto de los señores de la casa grande”. “Pero que cosas dices!”, exclamó mi madre. Y yo recalqué lo dicho: “Sí, mamá. Es el hijo de Clara...... La hija de esos señores y seguro que tú te acuerdas de ella...... O no se llamaba así la hija de don amadeo y doña Adela?”. 
Mi madre me miró como si en lugar de ver a su hijo mirase fantasmas y me dijo algo conmovida: “Hijo mío, quién te ha contado esas cosas que son parte de un pasado casi olvidado en este pueblo.......Yo casi no la conocí, porque se fue siendo muy joven y al poco del ocurrir el desgraciado accidente del hermano......... Y sé que en la capital tuvo relaciones con un sinvergüenza que la dejó preñada, pero no volvió al pueblo nunca más, que yo sepa...... Si llegó a tener un hijo tampoco lo sé, ni creo que nadie en el pueblo pueda atestiguarlo........ Por eso no creo que ese chico que dices sea su hijo....... Serán cosas que se le han ocurrido al pobre y vete tú a saber de que familia será ese infeliz!........ Ya sabes que ni a tu padre ni a mí nos gusta que te mezcles con gente que no sea de fiar ni sepamos quien son sus padres...... Hay que tener mucho cuidado con quien se junta uno en esta vida!...... Anda ve a lavarte las manos y a cenar que ya es tarde. Ultimamente te retrasas mucho en el río y no me gusta. Ya lo sabes”. No quise contradecirla ni perder tiempo en algo que ya vi de todo punto inútil. Pero sólo añadí para justificar la tardanza que me había entretenido merendando arroz con leche en casa de Amalia y tenía poca hambre. Y eso zanjó la cuestión sin más derivaciones ni consecuencias que tragar unos cuantos bocados de una jugosa tortilla de patatas con pimientos verdes y rojos.
Y solo en mi cuarto volvieron a mi cabeza ese quebradero que me tenía ofuscado sin dejar que me serenase ni pudiese conciliar el sueño. Le daba vueltas a todo lo que había oído por boca de Amalia y también lo que me dijera mi madre al regresar a casa. Pero sobre las palabras de ellas flotaba en mi cerebro la voz de Alfredo, mi Alfredo, que me daba esa explicación racional a su aparición en la casa grande y la relación que unía al chico con la familia de don Amadeo. Pero todavía quedaban flecos sueltos para que todo cuadrase sin fisuras y pudiese demostrarle a mi madre, a la buena de Amalia y al resto del pueblo que ese amigo mío era quien decía ser y por tanto el heredero y dueño de la que en otro tiempo fuera la gran casa de los más potentados de aquellos contornos. La de esa poderosa familia que todos respetaban y envidiaban por iguales partes; y que muchos, por envidia y despecho mal sano encastrado en el fondo de sus almas, vieron con regocijo caer y hundirse en la miseria y el olvido de todos sus vecinos. 
Aunque en parte así ocurriera con la muerte de doña Adela y don Amadeo, la casa seguía siendo el testigo de su pasada grandeza y posición preeminente, no sólo en la comarca sino en esa zona del país. Y ahora estaba en ella un miembro de la familia, joven y con suficiente ímpetu para levantarla de nuevo. Y yo estaba a su lado y convencido de que ese joven, que era mi amigo, sabría conquistar a todos como me conquistara a mí. Porque a mí me tenía en un bolsillo, como suele decirse. Y al no poder pegar ojo con tantos pensamientos en conflicto, mi mente desvarió en sus planteamientos y me vi en el río con él, con tal realidad que hasta notaba como me salpicaba Alfredo al tirarse de golpe al agua. Le gustaba hacerlo así y sobre todo salpicarme sin que yo pudiese evitarlo y oírme chillar al contacto frío del agua. Yo le devolvía ese remojón, pero él ya se había mojado entero y la sensación repentina de frialdad quedaba en gran parte mitigada. Y se reía y entonces nos agarrábamos y entrelazábamos los brazos para lograr que el otro cediese y se hundiese más, por el sólo hecho de verlo salir después con cara de susto o tosiendo por haber tragado agua del río.
Por mucho tiempo que pase, nunca podré olvidar esas tardes con Alfredo, ni tampoco el fuerte atractivo que ejerció en mí desde el primer momento en que me miró con sus ojos grises. En eso los dos Alfredos debían parecerse mucho. Y, como el otro dejó impresa en el alma de Amalia su sonrisa y esa mirada que la penetró sin remedio, a mí también este Alfredo me hirió con ese precioso acero al mirarme antes de darme el primer beso en los labios, como premio por vencerme en una carrera que no tubo meta ni línea de salida. Los dos llegamos al mismo tiempo, pero él me ganó por la mano dejándome inerte al rozarme con su aliento para darme ese beso que me neutralizó sin que él pretendiese al besarme atarme a él para siempre. O al menos eso quise creer entonces y di por supuesto que el chaval no tenía otra intención en su mente que  gastarme una broma con ese beso. 
Y si dudé al principio, yo mismo me convencí que solamente fuera un inocente juego entre dos leales amigos que empezaban a descubrir los misterios de la naturaleza, como solían decirnos lo mayores al referirse a esos temas que consideraban escabrosos por estar relacionados con el sexo. Y daba igual que tan sólo fuesen simples muestras de cariño entre jóvenes que no ven mal alguno en quererse como personas sin darle a la identidad de sexo más importancia que la que realmente debe tener. Es decir, en cuestión de afectos, ninguna condición conlleva tanta enjundia que pueda diferenciarse por ser entre dos seres de sexo contrario o del mismo. Pues el amor siempre es único si sale del corazón. Y debí dormirme al llegar al convencimiento de que Alfredo era tan real como yo mismo, porque al despertarme por la mañana mi madre me encontró muy risueño y tan contento como si me encontrase un inesperado regalo bajo la almohada. Y durante toda esa mañana desesperé para que llegase la tarde porque no veía el momento de ir a casa de Amalia para contarle mi descubrimiento. Estaba como loco pensando en la cara que pondría la buena mujer al saber que mi amigo Alfredo no era una fantasía sino la misma carne de su amiga Clara y su amado Alfredo. 

sábado, 13 de agosto de 2011

La casa grande IX

Casi me había zampado todo el cremoso arroz con leche espolvoreado con canela cuando Amalia retomó de nuevo el relato de sus vivencias. Recuerdo bien lo sabroso que estaba ese arroz y lo bien que me sentó una merienda aderezada además por la expectativa de desgranar los secretos de esa amable mujer y de la casa grande al mismo tiempo. Ella me preguntó como no recordando lo que ya me dijera: “En que quedamos ayer?”. Y yo le contesté: “En que pasó lo que tenía que pasar.....Pero que era lo que tenía que pasar?”. Y Amalia me miró como extrañada de mi inocencia y respondió: “Pues que cuando dos jóvenes tontean y andan enamoriscados y se buscan, se encuentran...... Así de sencillo, hijo mío”. 
Joder!. Esta mujer se estaba poniendo reacia a soltar prenda, o hablarme más claro, que venía a ser lo mismo. E insistí: “Amalia, entre dos jóvenes que se buscan pueden pasar muchas cosas. Pero qué es lo que pasó entre ese chico y tú?”. Ella río y añadió: Nunca creí que resultases ser tan curioso...... Casi un cotilla, diría yo!....... Bueno, pues casi todas las tardes íbamos al río con Clara y nos bañábamos y jugábamos los tres. Y en cuanto Clara se despistaba un poco él me cogía una mano e intentaba besarme los labios. Pero yo me escurría la mayor parte de la veces y lo dejaba tan sólo con el aire de mi aliento rozándole la boca......... Así pasábamos una tarde tras otra y al volver a casa yo me encerraba en mi cuarto y me acariciaba las mejillas y pasaba los dedos por los labios queriendo atrapar ese beso que yo misma me había negado...... Era un juego dulce y agrio al mismo tiempo, pues mi cuerpo se resentía por la calentura que traía del río; y no me refiero sólo por el efecto del sol.......Necesitas beber agua o empapuzarás con el arroz”. 
Y Amalia se levantó sin darme opción a decirle que no quería beber ni hacer nada que no fuese escucharla. Pero, sin embargo, cuando la vi venir con un refrescante vaso de agua recién sacada del pozo, cambié de opinión sobre la necesidad y las ganas de beberla de un trago y sin respirar. Me dijo que no fuese bruto y bebiese más despacio, pero yo ciertamente tenía sed y no sólo de saber, sino de beber también. Y volvió a sentarse y se acomodó ahuecando un cojín para colocárselo tras los riñones. Y me habló otra vez: “Una tarde todo cambió. Clara nos dejó solos con la excusa de ir a la otra orilla a coger unas hierbas, según ella muy buenas para calmar los nervios, y nosotros dos quedamos mirándonos tumbados sobre la hierba. Estábamos a la sombra de un sauce, pero aun así sentimos un calor repentino que nos hizo sudar y tuvimos la necesidad de refrescarnos dentro del agua....... Salimos corriendo de un salto y nos zambullimos juntos surdiendo unos metros bajo el agua como si nos diese miedo sacar la cabeza a la superficie de nuestros propios sentimientos y deseos....... Pero el ardor que nos causaba tal calor no era sólo sobre la piel, sino en las entrañas y no digamos en la entrepierna........... Hijo mío, tú de sobra sabes, o pronto lo sabrás, que cuando el fuego se apodera de ese punto que llevamos ahí abajo, la cosa requiere una urgente solución o todo nuestro organismos andará de cabeza”.
Amalia se puso en pie y fue hacia la ventana como si necesitase aire para continuar su relato. Y sin mirarme ni volver a sentarse, dijo: “Como si nos entendiésemos por medio del pensamiento, salimos del agua y nos cogimos las manos cayendo de rodillas en la hierba. Me besó en la boca. Bueno, en principio sólo fue un beso, pero yo le di pié para que aquello tomase un cariz más intenso y efusivo...... Como se dice hoy, nos dimos un morreo que aún me parece tener en mi lengua la suya y confundir el sabor de su saliva con la mía.......... Se me pone la carne de gallina recordando todo esto......... Cómo se puede desear tanto ser de otra persona!............ Una de sus manos me acarició la cara y se detuvo en mi barbilla; y yo cerré los ojos porque no podía soportar por más tiempo su mirada y el fulgor de unas pupilas que todavía me miran cuando la oscuridad se adueña de mi vida cada noche”. 
Un profundo suspiro y el ademán de retirar una lágrima de sus ojos fue el inicio de otro entreacto que amalia quería hacer en esa confesión que me hacía de sus debilidades de moza. O mejor dicho, de su auténtica vida que ha iluminado todos los años de soledad que se sucedieron después. Y ella añadió: “Me tumbó despacio y él se recostó a mi lado sin dejar de mirarme. Y sin palabras, pero con los labios entreabiertos mostrando un ápice de sonrisa, blanca y uniforme, se puso sobre mí y yo separé mis piernas instintivamente sin que él forzase para nada lo que iba a suceder”. 
Amalia inspiró profundamente y agarrándose las manos hizo una pausa. Me sentí un poco incómodo al asistir al desnudo integral de la conciencia de Amalia y le insinué que no era necesario entrar en detalles, pero ella me hizo callar indicándomelo con el índice sobre su boca y prosiguió: “Me besó tan fuerte que no pude emitir ni un quejido al sentir un agudo dolor dentro de mí......... Y todo pasó demasiado rápido esa vez....... Me estremecí al notar como temblaba su cuerpo y casi me asusta con sus jadeos profundos como si le fuese a faltar el aire. Yo no noté nada más que esa molestia que me quemaba dentro de mis partes y cuando él apoyó su mejilla en la mía, apreté la boca contra su hombro para contener las ganas de llorar......... Fue todo demasiado rápido para saber si aquello merecía la pena”.
Me puse colorado como si quien constase algo íntimo fuese yo y no ella, pero amalia no me dio opción a decir ni una letra, pues siguió hablando: “Pero quizás la mujer siempre pierda la virginidad casi sin darle tiempo a sentir algo más que dolor o por lo menos más molestia que gusto....... No lo sé....... Vosotros los hombres seguramente no tenéis ese problema y la primera vez sólo sea un segundo de excitación y nervios que no dejan más que un regusto para lo que se supone que debe ser ese placer...... Tendría que ser hombre por unos minutos para saberlo y estrenarme con una mujer que fuese primeriza también”. Y mirándome de pronto me preguntó: “Eres virgen aún?......... Nunca has estado con alguna chica?”. “No.... Bueno quiero decir que nunca hice nada de eso con chicas”, dije yo aturullándome al hablar. “Eso quiere decir que no lo has hecho con nadie, o con chicas no, pero sí lo hiciste con otros chicos?, preguntó Amalia. Y yo, sin poder mostrarme ofendido como hubiera deseado hacer, contesté muy encarnado: “Con chicos tampoco!”. Pero me puse tan nervioso que más bien parecía que ella me cogiera en un renuncio. Y la verdad era que a esas alturas no había nada de lo que pudiera avergonzarme. Ni siquiera de empalmarme un poco al jugar con Alfredo. Eso solamente eran cosas de la edad y nada más, como yo mismo me decía para tranquilizarme. 
Hubiese preferido salir de aquella casa y no escuchar nada más, pero Amalia no me dio tiempo a reaccionar y continuó con sus cuitas: “Al volver con nosotros Clara nos encontró cabizbajos y silenciosos, pero no sospechó nada malo ni quiso saber más tarde lo que habíamos hecho su hermano y yo en su ausencia....... Pero después de esa tarde, las miradas que nos cruzábamos él y yo eran distintas y siempre cargadas de tensión y una pasión contenida que nos hacía padecer en lugar de gozar........ Y tuvo que haber una segunda vez para que yo supiese lo que era hacer el amor con un hombre........ También fue a la orilla del río, los dos solos y totalmente desnudos....... Pero esta vez él fue más despacio y me acarició entera y me besó por todas partes. Tocó con sus dedos el centro de mi sexo y lo humedeció con la lengua. Y yo besé el suyo y le lamí y aspiré el olor acre de su virilidad......... Se desató la pasión en nosotros y un escalofrío recorrió mi espalda al sentir que entraba en mí. Lo hizo lentamente esperando a que mi carne se amoldase a la suya y su pene se acomodase en el lugar que yo le entregaba y deseaba reservarlo solamente para él....... Y me amó y yo le amé a él........ Y fue algo tan profundo y largo como la vida misma. O al menos eso me pareció a mí al llegar ese punto en que sientes que dos seres su unen, sacudidos por la misma energía que les da la fuerza para apretarse y querer ser uno solo forzando el abrazo, mientras ambos estremecidos se vacían de vida y se llenan de amor, encendidos por un fuego que sin llamas que quemen te abrasa sin querer salir de la hoguera que los dos prendisteis........ Y una vez que eso se produce,  ya no tiene remedio lo que debe venir a continuación”.
Amalia quedó como desinflada al callarse y me levanté por si ya no quería seguir contando nada más por esa tarde. Lo cierto es que de pronto me entraron unas ganas irresistibles de ver a Alfredo y no sabía muy bien el tiempo que llevaba con Amalia y temí que mi amigo se fuese sin esperar a que saliese de su casa. Sin embargo ella tenía ganas de decirme algo más y me pidió que volviese a sentarme y me ofreció otro poco de arroz con leche para tentar mi gula y posar mi culo de nuevo en la silla. Y acepté el arroz y la silla.Y ella prosiguió el cuento: “Pero puede que la felicidad no sea posible, o que no resulte fácil conseguirla...... Y pronto surgieron los problemas..... Gentes, siempre bien intencionadas, le fueron con el cuento a don Amadeo de que su hijo y heredero andaba tonteando con una chica del pueblo, sin posición social para ser un día la señora de la casa grande. Y se desató la tormenta en casa de don Amadeo. No tuvo que hacer muchas averiguaciones para dar con la atrevida que osaba flirtear con su hijo y llamó a capítulo al muchacho amenazándolo con irse al extranjero a seguir sus estudios para que recapacitase y volviese la cordura a su alocado cerebro........ Doña Adela se llevó un disgusto de muerte, pues yo le caía bien y ella no daba tanta importancia a esas cosas del patrimonio y el apellido. Seguramente porque a ella siempre había tenido todo eso en demasía para darle un aprecio excesivo. Y hasta la abuela de Clara me tenía cariño, porque sabía que era la mejor amiga para su nieta. Lo que no sé es si la matriarca de la familia daría su consentimiento a una boda desigual para su nieto. Nunca dijo nada al respecto, pero tampoco mostró oposición a nuestra relación, ni le dijo a Clara nada en contra mía. A ninguna de las dos mujeres se le pasó por la cabeza la peregrina idea de que yo buscase solamente su fortuna. Cuestión que esgrimió don Amadeo  como la razón de más peso para convencer al resto de que estaba en posesión de la verdad absoluta y no cabía andarse con paños calientes en tales corcunstancias...... Su mayor preocupación era el desliz y la posible consecuencia en forma de carne de su carne y sangre de su ilustre familia. Pero eso es lo que desgraciadamente no pudo suceder, porque no hubo más encuentros con el muchacho para poder amarnos más veces y con mayor ternura y pasión que hasta entonces...... No hubo oportunidad de encabronar más a don Amadeo dándole un heredero de su heredero..... Y ahora que lo pienso fríamente, bien lo siento; pues tener un recuerdo tan vivo de mi amor sería el consuelo que me faltó en todos estos años añorando a ese hombre”.
Se tomó un respiro y mirando hacia la ventana continuó: “Tardamos semanas en vernos desde aquel día en que fuimos tan felices. A él le habían prohibido acompañar a su hermana y apenas le dejaban respirar sin ser observado de cerca por su padre o algún criado de la casa de la total confianza del señor. Estaba preso en sus propia casa y ni tan siquiera podía montar a caballo, que era su pasión y su afición favorita....... Adoraba los caballos y presumía de montar muy bien. Y realmente daba gusto verlo cabalgar y hacer que el caballo caracolease y trotase luciendo el tranco perfectamente acompasado que él le enseñara. Sabía de caballos más que su padre y no se quedaba atrás si tenía que emitir su opinión sobre la pureza o nobleza de un nuevo ejemplar........ Y un caballo fue su perdición.......... Después de una violenta discusión con don Amadeo, negándose a ir a un colegio inglés para niños de familia rica y protestando por esa decisión arbitraria de su padre, don Amadeo le dio un bofetón que sonó hasta en el cielo, ofendido por la aptitud de su hijo. Y el muchacho salió del despacho del padre, ciego de rabia, y se fue a las cuadras y montó un pura sangre que le acababan de comprar como regalo de su cumpleaños. El noble animal aún estaba sin domar del todo, pero este rapaz no estaba para atender a razones y se lanzó a todo galope dejando atrás la casa y a su madre desolada y llorando como una magdalena. Clara vino corriendo a mi casa y me lo contó, pero cuando estábamos hablando delante de esta misma ventana, lo vimos venir en su caballo  cortando el viento y se paró de golpe, frenado la montura en seco y obligándola a levantarse de manos. Clavó sus ojos grises en mí y vi por última vez su sonrisa, que se quedó grabada en mi cerebro para no olvidarla jamás......... Pico de nuevo espuelas y salió como un rayo en dirección al puente........ Mi corazón me dio un vuelco y presentí que allí se acababa mi vida.......Al atravesar ese puente el caballo se asustó y los dos saltaron el petril cayendo al río..... El animal se partió el cuello en al caída y el cuerpo del muchacho apareció ahogado y con varios golpes en la cabeza, posiblemente dados contra las piedras o alguna roca........ Esa fue la versión oficial, pero la mía es que hizo saltar al caballo a propósito y se precipitó en el fondo del río para no tener que vivir la vida que intentaba imponerle su padre sin atender a más razones que el puro interés de la familia y el dinero. Se vio atado de por vida a una mujer sin amor hacia ella y soportando una existencia mediocre y sin ilusión........... Y así, de ese modo trágico, casi sin despedirse ni preguntarme si quería ir con él al fin del mundo, Alfredo se fue y desapareció de mi vida sin dejarme otra cosa que desolación y la más profunda de las tristezas”.
Oí ese nombre y mis resortes de alarma se dispararon. “Has dicho Alfredo?”, pregunté por pura fórmula, ya que había escuchado perfectamente el nombre. “Así se llamaba el hermano de Clara”, respondió Amalia. Y por si no fuese suficiente añadió: “Cuando ocurrió eso era casi tan niño como tú. Al menso lo parecía aunque tuviese unos pocos años más...... Fue mi único amor y nunca pude olvidarlo....... Ni he querido hacerlo. Eso puedo jurarlo y sólo desearía volverlo a ver e ir donde quiera que ahora esté para seguir amándonos sin nada que ya nos lo impida...... Lo quise y lo quiero y querré a ese hombre hasta que mi corazón dé el último latido”. Y Amalia esta vez sí calló y sólo volvió a hablar para decirme adiós y hasta mañana. 

miércoles, 10 de agosto de 2011

La casa grande VIII

No daba crédito a lo que mi propia mente estaba a punto de dar por cierto y no me quise rendir a esa aparente evidencia de no ser más que una ensoñación lo pasado con Alfredo la tarde anterior. Me fui derecho al punto por donde había entrado en la finca la otra vez y miré para todos lados antes de dirigir mis pasos a la casa para comprobar si algo podía indicarme que no era pura fantasía aquel muchacho de ojos grises. Iba sin poder resistir el afán de llegar a la sala donde estaba el retrato de la anciana dama, pero nada más dar los primeros pasos sobre la infinidad de ramas secas esparcidas por la tierra, sonó risueña la voz de Alfredo a mi espalda: “Dónde vas tan rápido?”. “A buscarte”, respondí con una expresión en mi cara que ahora pienso que fue mejor no vérmela. Y el otro rapaz añadió sin inmutarse lo más mínimo ante mi expresión desesperada: “No sé si tú me lo has dicho o lo soñé esta noche, pero creo que te gustan las moras y fui a cogerlas. Además pensé que no vendrías tan temprano. Todavía hace demasiado calor para bajar al río...... Tienen una pinta que están para comerlas!....... A que sí?”. “Sí”, me limité a contestar sin dejar de mirar los ojos de Alfredo.
Y todavía lo vi más atractivo que el día anterior en el agua, pues no llevaba puesta ninguna camisa y sólo se tapaba sus partes con un escaso paño blanco que dejaba salir y ver por debajo la punta del pene. Ese entrever de su sexo por el borde inferior de la tela me obligó a clavar la mirada en ese punto concreto, sin reparar que el mío, mi miembro, cabeceaba inquieto y temí que volviese a apoderarse de mí la excitación padecida antes de dormirme. Alfredo no parecía darse cuenta de nada, o no le daba importancia a que yo estuviese a un tris de empalmarme al verlo de esa guisa, y me dijo: “Hay que lavarlas antes de comerlas, porque mi madre siempre dice que no se debe meter en la boca nada que esté sucio....... Y las moras siempre tienen polvo encima...... Además están demasiado calientes y es mejor refrescarlas........ Todo está mucho más rico si está fresco. Verdad?”. Y yo dije: “Sí”. Y entramos en la casa por la cocina para lavar las moras y poder refrescarlas un poco. Y lo que yo necesitaba era calmarme, pues aún estaba nervioso al creerlo un espíritu y no un chaval tan vivo como yo, y me hacía falta refrescarme como las moras; cosa que no sería tan fácil de conseguir mientras viese el pito de Alfredo asomado por uno de sus muslos.
En el mismo canastillo donde recogiera las moras, Alfredo las lavó bajo el grifo y dejó que escurriese bien el agua para ofrecérmelas diciéndome: “Coge, y verás que buenas son estas moras. La zarza está en la parte de atrás de las cuadras. Luego podemos verlas, porque tenemos tiempo para ir a bañarnos....... Antes había varios caballos en ellas, pero ahora no queda ninguno. Pero voy a volver a tener al menos un caballo. Aunque sé que a mi madre no le gusta esa idea....... A ti no te gusta montar?”. “Sí”, respondí, Y de inmediato añadí: “Pero no sé si sabré, porque nunca me subí a un caballo”. “Es fácil, ya lo verás”, dijo Alfredo como si el animal ya estuviese ensillado y esperándonos en la cuadra. Y volvió a acercarme el canasto para que cogiese más moras. 
“Nos van a hacer daño”, dije después de ponernos los dos morados, nunca mejor dicha esa frase tras zampar tantas bayas silvestres. Y él ser rió y me gritó: “Echamos una carrera hasta las cuadras y el que llegue antes puede hacerle al otro lo que le dé la gana!”. Y sin más salió corriendo de la casa y yo detrás suya sin saber hacia donde debía correr, pues no conocía en que lugar se hallaban esas dichosas cuadras de las que me hablaba mi amigo. Pero corrí como un loco con Alfredo sin verdadera intención de ganar la carrera, sino de ir a su altura nada más. La diferencia en la competición estaba en que él conocía el lugar de la meta y yo tenía que limitarme a ir a su vera sin dejar que me sacase ventaja, pero sin poder rebasarlo, pues no sabría hacia donde tirar sin llevarlo de guía.
Y tras unos robustos castaños vi unos muros de piedra que me hicieron sospechar que ese era el final de la contienda. Y así era y la cuadra se dejó ver en toda su extensión, que no era pequeña, y entramos en ella y me quedé pasmado al ver los pesebres vacíos y sucios que debieron albergar antaño bellos ejemplares para arrastrar algún lustroso coche o lucirse al trote montados por un avezado jinete. Ahora sólo quedaba en ellas el recuerdo de lo que fueran y hasta las moscas se habían ido a otra parte por falta de animales a los que molestar, obligándoles a menear la cola y dar coces al suelo. Pero para mis adentros reconocí que eran, o mejor fueran unas cuadras de lujo dignas de consideración y elogio. Alfredo estaba satisfecho al enseñarme sus cuadras y volvió a decirme que cuando tuviese un caballo lo montaríamos los dos e iríamos al río galopando sin bridas ni albarda. 
Y lo único que se me ocurrió decirle fue que así nos caeríamos sin tener estribos para apoyar los pies. Y aunque nos sostuviésemos apretando las rodillas contra la panza del caballo, nos dolería el culo al votar sobre el lomo sin nada que amortiguase el contacto. De tanto subir y bajar, nuestras nalgas iban a quedar tan coloradas como el culo de un mandril. A Alfredo le hizo mucha gracia mi salida y me agarró por detrás para achucharme y soplarme detrás de las orejas. Nunca me habían hecho eso, pero hizo que una corriente recorriese mi espina dorsal. Y le grité que me soltase y que parecía medio tonto por hacer esas cosas. Pero el chico no me soltó y añadió: “Yo gané la carrera y puedo hacerte lo que quiera”. Protesté y le dije que no era cierto y que nadie había ganado porque entramos en la cuadra al mismo tiempo. Pero él añadió: “No es verdad. Y lo sabes. Tú ibas a mi paso, pero un milímetro más atrás. Y yo gané........ Ahora me perteneces y puedo hacer lo que me de la gana. Ese era el premio para el ganador y yo soy quien lo merezco”. Y esta vez me callé y no dije nada. Pero temblé al notar que el se acercaba más a mí y ya sentía su pecho muy pegado a mi espalda y su aliento en mi nuca humedeciéndome por dentro sin saber que me estaba pasando apresado entre los brazos de Alfredo.
Yo estaba muy quieto y sólo aguardaba algo que no podía o no quería ni imaginar. Y Alfredo me giró hacia él y sin pestañear acercó su boca a la mía y me besó. Estuvimos con los labios pegados un instante, pero en ese momento me pareció interminable aquel beso. Y ahora, que el tiempo aleja esos días y puedo verlo todo con más perspectiva, creo que solamente deseé que ese beso no terminara nunca, pero que en realidad fue un simple beso sin más intención que cobrarse una apuesta con algo que pudiera extrañar al perdedor por inesperado y poco corriente entre dos amigos. Pero eso pienso ahora, pero entonces supuse o quise creer algo muy distinto.
Después Alfredo me dijo que ya era hora de bañarse en el río y salió corriendo otra vez. Yo le grite: “Para, hostia!....... Es que piensas ir medio en pelotas?”. Y él me contestó: “Y qué más da!....... Allí vamos a estar desnudos.... Para qué queremos llevar pantalones o bañador?”. “Me parto el culo de risa contigo!”, exclamé. “Y si nos ve alguien?”, pregunté, dando por hecho tal posibilidad. “Y quién nos va a ver?...... Tú ya conoces mi culo y mi pito y yo los tuyos. Así que no hay por qué tener vergüenza. Vamos y no seas memo....... Tu vete vestido si quieres, pero puedes dejar la ropa en mi casa y luego ya te vestirás cuando volvamos del río..... Te daré otro trapo para ponerte e iremos más frescos los dos”. Y ni corto ni perezoso Alfredo me agarró por una mano y me arrastró a la casa.
Subimos a su dormitorio y del armario sacó otro paño parecido al que él llevaba puesto y me ordenó (porque esa es al palabra adecuada) desnudarme. Y le obedecí y me quedé en cueros delante de sus narices. Y él extendió el trapo con las dos manso y me rodeó el culo y el bajo vientre para enrollarlo y dejarme el sexo medio tapado. Y así, sin otra ropa, nos fuimos al río a bañarnos y volver a jugar en el agua como dos críos. Y esa tarde no pudimos ser más felices los dos hasta terminar agotados y tumbados sobre la hierba. 
Allí, acostados boca arriba, muy cansados de nadar y darnos un sin fin de chapuzones, Alfredo me preguntó: “Por qué eres tan amigo de Amalia?”. “Me cae bien”, contesté. Y agregué sin darle tiempo a hablar de nuevo: “Es una buena mujer y me trata con mucha amabilidad y cariño..... Y no sé por qué tú no quisiste conocerla o saludarla al menos....... Me pareció mal eso y no entiendo el motivo por el que no quieres que ella te vea..... Hoy vendrás conmigo a su casa y verás como te gusta estar con ella y puede que también te cuente cosas de su juventud que a mí me interesan mucho”. “Qué va a saber ella que pueda interesarme a mí?”, exclamó Alfredo muy seguro de si mismo. Y yo enseguida le respondí: “Pues muchas cosas, porque sabe bastante más de lo que imaginas sobre la casa grande y quienes fueron sus dueños...... Ya me contó algo, pero todavía tiene mucho guardado en su memoria para decirme”. “Yo ya sé todo lo que debo saber sobre mi familia y esa casa que ahora es sólo mía........ Y no necesito que nadie me cuente historias ni me diga nada sobre ellos....... Hace tiempo que lo sé todo y eso no arreglará nada ahora..... Ya no puede repararse lo que hicieron mal entonces....... Por eso no quiero verla ni que ella ni nadie me vea a mí”. “Y por qué estás conmigo entonces?.... Sólo yo puedo verte?”, dije muy alterado. “Sí...... Sólo me interesa tu compañía y que seas mi amigo....... Con el resto no quiero nada y por eso no deben verme ni deseo ver a nadie más....... Sólo tú puedes comprenderme y conocerme tal y como soy de verdad...... Porque además yo te quiero, Pedro. Y sé que tú también me quieres a mí y necesitas estar conmigo como yo contigo...... Nos necesitamos los dos más de lo que tú crees”. Y con estas palabras Alfredo me dejó anonado y todavía más perplejo que cuando la tarde anterior se fue corriendo al llegar al puente, sin darme una explicación lógica del motivo por el que no quería atravesarlo.
Volvimos a su casa y me vestí con mi ropa para irme a casa de Amalia y luego a la mía. Y le pregunté: “Vas a venir conmigo hasta el puente?”. “Sí...... Pero no entraré en casa de Amalia..... Te esperaré fuera y al llegar al puente nos despedimos hasta mañana. Porque vendrás a buscarme otra vez para ir al río, verdad?”, me dijo al tiempo que se vestía unos pantalones cortos. Y respondí: “Sí...... Claro que iré a tu casa y luego estaremos el resto de la tarde en el río jugando en el agua, desnudos y libres de cualquier atadura que no sean nuestros propios brazos..... Volveré a buscarte mañana y todos los días mientras esté en el pueblo....... Y tú me esperarás?”. “Sí....... Creo que ya sabes que te esperaré todos los días. Pedro, yo te esperaré siempre y mientras quieras venir a buscarme. Allí estaré. En mi casa. E iré a coger moras para ti y para mí. Porque ya no me hago a la idea de pasar el tiempo sin pensar en volver a verte y esperar a que llegues....... Ahora somos amigos. Más que amigos!. Camaradas!. Verdaderos colegas!, que es mucho mejor”.
Caminábamos despacio hacia la casa de Amalia y mis sentimientos estaban partidos ante la perspectiva de conocer más sobre la vida de aquella mujer y de la casa grande; y, al mismo tiempo, desazonado al saber que en cuanto llegase al puente Alfredo me dejaría y seguiría solo el camino hasta mi casa. Lo primero estaba por ver y era el deseo y la esperanza que diariamente me llevaba a ver a Amalia, aunque nunca supiese hasta donde llegaría el relato en esa ocasión. Pero lo segundo era algo cierto y que no estaba en mi mano evitarlo ni contaba con recursos bastantes para convencer a Alfredo que no se fuese y me dejase tirado a la entrada del puente. Casi estuve por suplicarle que no lo hiciese y que continuase conmigo hasta el pueblo. Pero no me atreví a decírselo y seguí andando sin mirar otra cosa que mi propia insatisfacción al no encontrar nada que retuviese conmigo a mi amigo Alfredo.
Amalia me vio llegar y me saludó con la mano. Y luego me indicó que me diese prisa. Y al estar más cerca de ella me gritó: “Verás que manzana cogí para ti esta mañana.... Estaba cubierta de humedad a pesar de que las hojas de la cepa la cobijaban del rocío....... Es de las que tanto te gustan!. Y además también te hice otra cosa que yo bien sé que te pirra.... Arroz con leche bien rociado de canela en polvo!. Qué te parece la merienda!”. Joder!. De pronto se me hizo el hambre en el estómago y no pude evitar ir corriendo hasta la puerta de la casa. Y de repente paré en seco y volví la cabeza por si Alfredo aún estaba detrás mía, pero el muy cabrito ya se había escondido. “Qué puta habilidad tiene este mamón para esconderse cuando quiere!”, casi digo a gritos, pero me contuve para no dar explicaciones innecesarias a la buena mujer que me mimaba tanto o más que si fuese mi madre o mi abuela. Aunque su comportamiento conmigo era más propio de una abuela consentidora que de una madre que no debe malcriar a su hijo.
“Primero a merendar”, me dijo Amalia. Y añadió: “Luego te cuento algo más sobre mis mocedades y las gentes que tanto te intrigan........ Vas a terminar soñando con esa dichosa casa y todos los espíritus que la habitan todavía!”. Qué mal sabía ella que ya soñaba con todo eso y aún más, puesto que estaba por medio Alfredo que, para mí, sin duda se estaba volviendo el mayor misterio que guardaba la casona entre sus muros. Mas mi curiosidad era insaciable, mucho más que mi apetito por muy bueno que estuviese el arroz con leche y jugosa la manzana crujiente como el cristal, y me acomodé en un sillón de mimbre para escuchar sin pestañear otra entrega más de la saga de la casa grande y los recuerdos de la propia Amalia.

domingo, 7 de agosto de 2011

La casa grande VII

Estaba tan decepcionado por no continuar Amalia con la historia de la casa grande y en cierto modo la suya, que al ver de nuevo a Alfredo a mi lado como si nada hubiese ocurrido y no se apartase ni un solo instante de mí, casi le doy una hostia bien dada, pero me contuve y solamente le pregunté por que coño no quería que lo viese Amalia. Y él, con la mayor naturalidad de este mundo, me contestó que no era el mejor momento para dejarse ver por nadie que no fuese yo. Y eso sí colmó mi paciencia y le dije que era el tipo más raro que había conocido en mi incipiente vida de casi adulto. Pero él se rió y me dio una fuerte palmada en la espalda que me hizo trastabillar sin llegar a caerme porque el propio Alfredo me sujetó por un brazo.
Y llegamos al puente y ese muchacho que me tenía cada vez más desconcertado me advirtió que no pasaba de ese punto. Me dijo adiós y que me esperaba en la casa grande al día siguiente; y con la misma se dio media vuelta y echó a correr como un conejo perseguido por el zorro. Me que dé mirando como se alejaba y se iba haciendo cada vez más pequeño en la distancia y me alegré que al menos por esta vez no se hubiese volatilizado como ocurriera en la casa de Amalia. Pero no dejaba de ser muy raro el proceder del muchacho y seguí camino hacia mi casa, temiendo la bronca que me echaría mi madre por tardar tanto en volver del río. No se oponía a que me divirtiese y lo pasase lo mejor posible fuera de mi ambiente en la ciudad y sin tener cerca a mis amigos de costumbre, pero no le gustaba nada que llegase a casa demasiado tarde, o más allá de la hora considerada por ella como prudente, que normalmente nunca coincidía con mi criterio sobre esa cuestión. 
Mas esa tarde, ya a punto de oscurecer, mi madre sólo me preguntó que tal lo había pasado; y yo le conté a medias lo referente a Alfredo, pasando por alto sus apariciones y desapariciones repentinas y callándome también que Amalia me estaba contando vivencias de sus años mozos. Y a punto estuve de preguntarle a mi madre si ella recordaba algo sobre los dueños de la casa grande, puesto que de ese pueblo eran sus padres y ella naciera y viviera allí hasta que se casó con mi padre. Pero no me atreví y dándole un beso en la mejilla le dije que tenía hambre. Lo cual no era del todo cierto, pero sabía que a ella siempre le gustaba oír que tenía apetito. Decía que eso era un inequívoco signo de salud; y estando en el crecimiento debía comer mucho. Pero ya en la cama, a solas con mis pensamientos y aspiraciones, que nada más comenzar a realizarse se quedaran pospuestas para el día siguiente, me costó coger el sueño y anduve dándole vueltas a la cabeza con todo lo que me había pasado en esa tarde desde que conocí a Alfredo. 
Tenía más de irreal que de ser verdadero tanto el personaje como cuanto sucediera junto a él, pero yo no podía dudar ni negarme a mí mismo que ese chico tan extraño estuviera conmigo todo ese tiempo, incluso mientras se escondía de Amalia, pues en cuanto ella me dejaba solo él me llamaba y podía ver de nuevo su media sonrisa como si todo ese juego que se traía fuese de lo más natural. Y hasta pudiera ser que lo fuese y el raro sería yo y no él. E hice balance de esa experiencia con Alfredo y de lo que ya me contara Amalia sobre sus años mozos más que respecto de los personajes que habitaran la casa grande. Y me centré en cuanto me dijo acerca de la atracción que surgiera entre ella y el hermano de su amiga Clara, que me hizo gracia, pues nos cuesta imaginar que las personas que conocemos de mayores, fueran jóvenes como nosotros alguna vez y sintieran los mismos deseos y sentimientos que podamos tener nosotros a su misa edad. Quise verla con tan sólo quince o dieciséis años, en pleno florecimiento de su sexualidad, cautivada y repentinamente aducida a otra dimensión desconocida hasta entonces, y transfigurándose ella misma a los ojos del muchacho, tal y como él cambiaba de niño a hombre a los ojos de Amalia.
Y me sorprendí yo mismo al darme cuenta que, como a ella le ocurriera con aquel otro muchacho, Alfredo mudara su aspecto inicial a mis ojos y ya no sólo era un mocoso impertinente con el que me había peleado, sino que lo consideraba un amigo muy especial. Y al mirarlo desnudo en el río, no me percaté bien que este chaval me gustaba demasiado no sólo en plan de camarada, sino también como persona. Es decir, me agradaba su manera de ser y de ver las cosas. Pero, en la forzada vigilia insomne y al tibio calor de la noche, las sombras de mi entorno me hicieron ver más allá y caí en la cuenta que además de su personalidad también me atraían otras cualidades del chico; y no pocas eran solamente físicas.
Nunca me había fijado en el cuerpo de otro muchacho, fuese de mi edad o mayor que yo, y, sin embargo, al ver desnudo a Alfredo mis ojos se detuvieron en sus formas y me parecieron más que agradables a la vista. Y hasta si me apurasen en esos instantes, tal y como ahora lo recuerdo, hubiera admitido lleno de vergüenza y con los mofletes encendidos de rubor, que me excitó sexualmente al tocarlo y sentir su respiración y los latidos de su corazón cerca de mí. Me pareció distinto al chaval del jardín con el que me peleara y su pecho, sus brazos, y las piernas ya con vello, produjeron una reacción especial en mi entrepierna. Ya no era un niño, sino un joven guapo y bien hecho; y a pesar de no ser más alto que yo y quizás menos musculoso, su cuerpo resultaba muy armónico y se le notaba tan ágil y con una atrayente elasticidad en todos sus movimientos. Y sin darme cuenta, al imaginarlo en la oscuridad, me excité otra vez. Mas rechacé esa idea y me corté yo solo al ser consciente de que otro joven me estaba turbando la paz y el sueño. Mi miembro se desinfló despacio y me debí quedar dormido temiendo que volviese a mi mente la imagen de la deliciosa desnudez de Alfredo. 
Cuando me desperté por la mañana, bastante temprano para mi costumbre durante el verano, lo primero que me asaltó fue la idea de ver otra vez a ese chico imprevisible y se me hizo muy larga esa mañana en espera de poder ir al río y tener esa excusa para pasar por la casa grande y estar con mi nuevo amigo, que se me estaba haciendo imprescindible a tan sólo unas horas de pasarla juntos. Estuve nervioso y muy inquieto, tanto que mi madre me lo notó y me preguntó cual era el motivo de esa desazón que me tenía en vilo. Y nada más tomar el postre al mediodía me inventé algo que justificase que me fuera antes de casa y no esperar a que bajase algo más el sol. Corrí como un loco en cuanto ya no podían verme desde mi casa. Y crucé el puente lleno de ansias renovadas por oír a Amalia, pero quizás mucho más por encontrarme con Alfredo e ir juntos al río a bañarnos desnudos. 
Y hasta desee que Amalia no me viese pasar y dejar la charla con ella para la vuelta, pero me salió al paso, saliendo de su huerta, y me saludó con una sonrisa tan amplia como sincera. Yo no pude eludir hablarle y ella me ofreció como siempre una fruta recién arrancada del árbol, una pera de agua esta vez, y me ofreció una silla de mimbre para poder charlar con tranquilidad. Yo no podía reprimir mis nervios y mis ganas de irme, pero ella, sin darme tiempo a decir nada, empezó su relato en el punto que lo dejara el día anterior. Y me dijo: “Desde aquel día ya no pude pensar en otra cosa que en volver a ver al hermano de Clara. Y no sólo desnudo, sino de cualquier manera que se presentara ante mis ojos. Por las noches soñaba con él y mi piel sentía sus imaginarias caricias con tanta realidad como mis labios sus besos. Me enamoré como una tonta de aquel muchacho y cuanto más tiempo pasaba más deseaba ser suya y estar en sus brazos...... Teníamos que vernos por fuerza, pues yo estaba a diario con su hermana; y él también hacía lo imposible por venir con nosotras al río o acompañarnos a cualquier parte tan sólo por estar conmigo y poder cogerme una mano o darme un beso medio furtivo cuando no miraba Clara; o hacía que no veía, pero se daba perfecta cuenta de lo que pasaba entre su hermano y yo”.
Amalia quedó en silencio y yo esta vez no estaba dispuesto a quedarme a medias como la tarde anterior. Y le insistí que prosiguiera el relato de sus recuerdos de moza. Y ella, mirándome de frente a los ojos, me dijo: “Pedro, no sé si debo contarte ciertas cosas.... A veces te veo todavía muy niño para saber algunos detalles de la vida de los adultos y otras ya creo que eres todo un hombre suficientemente maduro como para saber los misterios que albergamos en el corazón los humanos...... El caso es que aquel chico y yo nos fuimos enamorando sin reparar en las consecuencias. Y cuando quisimos analizar la situación ya era tarde para entender que lo correcto en opinión de los mayores, no coincidía con lo que nosotros queríamos, ni tampoco se compaginaba con la idea que nos forjamos lentamente sobre nuestro futuro juntos. Clara nos secundaba, pero estaba su familia y fundamentalmente don Amadeo, que no transigiría de buen grado con la situación que pudiéramos plantearle su hijo y yo...... Y día tras día fuimos creando un mundo a nuestra medida sin contar con la opinión de nadie más, ni siquiera de Clara, aunque ella no veía mal esa relación ni por supuesto le desagradaba que yo me convirtiese en su cuñada.”
Y como Amalia volvió a callar y se levanto de la silla, yo le dije casi con un grito de desesperada curiosidad: “Y que paso?”. Ella se volvió hacia mí y respondió: “Simplemente lo que tenía que pasar”. Y salió de la habitación dejándome con cara de bobo y lamiendo esa intriga que me dejaba prendido en el aire. Cuando regresó junto a mí su cara era diferente y llevaba la vista perdida en el pasado. No hablé ni pregunté nada. Y noté que Amalia no deseaba seguir contando nada más. Y ella me recordó la hora que era y que seguramente tenía ganas de llegar cuanto antes al río. 
Me quedé chafado, pero no quise insistir y le dije que volvería a visitarla de vuelta  a casa, sobre la hora de la merienda. Eso era la más clara insinuación, no sólo de que me tuviese preparado algo rico, como una fruta jugosa, sino además que ya no me iría sin saber algo más sustancioso sobre su historia. Y me levanté y salí al camino con prisa por llegar cuanto antes a la casa grande donde imaginaba que ya me esperaba Alfredo. Tenía la ilusión y unas ganas enormes de verlo y tocarlo aunque sólo fuese para darle una palmada en la espalda como un gesto de sana camaradería. Porque, en mis adentros, lo quería como ese gran amigo que siempre deseamos tener a esa edad en que estamos a punto de dejar definitivamente la niñez y ya olemos y notamos los vapores de la edad adulta, pero que aún estamos a caballo de una indolencia propia de la fogosa juventud, sin darnos cuenta exacta de lo que tenemos ante las narices. Ni tampoco nos percatamos de la importancia real de las cosas, a criterio de los mayores, puesto que para nosotros los valores y la vara de medir todo y algunas cuestiones que se nos abren de nuevas, como el sexo, es diferente a lo que ellos piensan y dan por sentado. Y en muchos aspectos todavía no sé muy bien quienes están acertados y quienes errados en su estimación. 
El asunto que ahora interesa es que llegué casi volando a las verjas de la casa grande y me aferré a ellas con ambas manos esperando oír la voz de mi amigo. Miré hacia los dos lados de la puerta, pero no veía ni rastro de él. Y eso empezó a preocuparme. Y como una centella de azul incandescencia me fulminó la mente el temor a haber soñado con una imagen no real. O lo que sería mucho peor, aceptar las socarronas palabras de amalia cuando me dijo si creía en fantasmas. Y no podía ser eso!. Ningún espíritu puede tomar forma tan concreta que puedas abrazarlo y agarrarlo con fuerza y deseo de besarlo y retenerlo entre los brazos para aspirar y embotarte de su olor y el aire que mueve al agitarse contigo dentro y fuera del agua de ese río que nos esperaba impaciente a los dos, como si ya fuésemos solo uno.    

miércoles, 3 de agosto de 2011

La casa grande VI

La intriga y las ganas de conocer la historia de los habitantes de la casa grande vencieron mi desilusión y mi contrariedad por la súbita desaparición de Alfredo sin dejar el menor rastro. No estaba dispuesto a admitir que era un espíritu, puesto que a esa edad me tenía por un incrédulo respecto a casi todo lo que significase vida de ultratumba, aunque no me repugnaba la idea de que hubiese vida más allá de este planeta que nos ha tocado en suerte. Pero creer en fantasmas y seres incorpóreos no estaba en mi programa en aquel momento. 
Amalia se arrimó a mí y puso su mano en mi rodilla para decirme: “Pedro, esta historia no debes repetirla delante de otras personas, porque sólo unos pocos conocimos la verdad de los sucesos ocurridos ya hace años en la casa grande. Escucha y no me preguntes nada hasta que acabe de contarte lo ocurrido entonces”. No podía ni tragar por los nervios que me entraron al estar a punto de desvelar el secreto que encerraban las paredes de la casona; y también, saber de primera mano cual era la relación de Amalia con las personas que la ocuparan antaño. Mentiría si digo que no me martilleaba la cabeza el hecho de que Amalia no supiese nada sobre la posible relación de Alfredo con esa gente,  y mucho más esa misteriosa desaparición del chaval, puesto que ni ella pudo verlo ni yo lo vi tampoco desde que me dirigí a ella para presentárselo. Y que estuviera conmigo era un hecho cierto y tan real como yo mismo. Sin embargo, me era imposible encontrar una explicación lógica para tranquilizarme y poder escuchar a Amalia  poniendo los cinco sentidos en sus palabras.
Y cuando comenzó a hablar, ya me olvidé de paladear con gusto las hermosas brevas que me estaba zampando sin pestañear. Y ella me dijo: “En esa casa pasaron cosas que nunca debieron ocurrir...... Y puedo asegurarte sin miedo a equivocarme y ya sin rencor en mis palabras, que don Amadeo fue el principal responsable”. Amalia miró al frente sin ver nada más que el interior de su memoria para leerla y ser lo más fiel a sus recuerdos; y a mi me recomía el ansia por oír de una vez lo que por fin había prometido revelarme. Y prosiguió: “La mujer del retrato no era doña Adela. Era doña Regina, la madre de don Amadeo. Y su mirada era penetrante y a veces tan fría como cuando un gato se dispone a dar un zarpazo o cazar una rata. Pero no era mala mujer y hasta podía ser cariñosa con quienes ella consideraba merecedores de su afecto. Quedara viuda muy joven y ella supo enfrentarse a la vida por si sola y no sólo mantener la hacienda de su marido, sino aumentarla y atesorar un cuantioso patrimonio para su único hijo Amadeo. Ella lo crió y educó y durante años dirigió aquella casa y toda sus fincas y propiedades con acierto y prudencia. Y también ayudó al hijo a encontrar una esposa que fuese una buena madre para sus descendientes. Y principalmente con una considerable dote que viniese a acrecer el caudal de su hijo. Y esa dama, también rica y bien educada, fue doña Adela”.
Amalia se interrumpió y levantándose del asiento me preguntó: “Quieres beber agua fresca del pozo?...... A mí se seca la boca con estos recuerdos y necesito mojarla para que mis palabras salgan de mi garganta...... Traeré una jarra y dos vasos por si luego te apetece..... No vaya a ser que no te bajen bien las brevas y se te forme una bola en el estómago....... Espera que ahora vuelvo”. Y ella se fue a la cocina y me quedé mirando hacia la puerta como si dudase que volviera o que también se volatilizase como Alfredo. Y en eso, mientras palpaba varias brevas para coger la más madura, escuche que alguien me nombraba desde fuera de la casa. Y me levanté como un rayo y vi por la ventana. Y mi sorpresa fue mayúscula al ver a Alfredo otra vez. Y le dije bajando la voz, pero procurando que llegase el sonido hasta él: “Por qué te escondes y me dejas quedar como un idiota?.... Amalia es amiga mía y es una buena mujer que nunca hizo mal a nadie y menos a un amigo mío. Entra y verás como se alegra de conocerte..... Vamos!...... Empuja la puerta porque está abierta”. Y al escuchar que Amalia regresaba me volví para decirle muy ufano que allí, en la entrada de la casa, estaba Alfredo, pero al mirar de nuevo hacia fuera el muy cabrón ya se había escondido de nuevo. 
Y Amalia me preguntó: “Qué miras?”. Y yo sólo pude decirle que nada en particular. “Tan sólo tomaba el aire”, añadí con cara de mentir sin el menor pudor. Pero no quería volver a quedar como un bobo de baba y repetir de nuevo la escena de la llegada, que me resultó bastante humillante por parecer medio lelo y hasta creer que veía visones y mis horas con Alfredo solamente eran pura invención de mi fantasía. Y ahora lo que me interesaba era que Amalia siguiese el relato y no discutir con ella sobre si era verdad o mentira que ese chaval, un tanto raro, eso sí tenía que reconocerlo, existía o nada más que era humo con forma humana que una ilusoria ensoñación me hizo ver. De todos modos pensé que el problema de esa extraña aptitud de mi amigo no era tan grave, pues volvería a aparecer en cuanto dejase la casa de Amalia. Estaba claro que lo que no quería es que ella lo viese; y él sabría cual sería el motivo. Y, desde luego, ya lo aclararía con él más tarde y le sacaría las razones de su proceder aunque fuese a guantazos. Pues la pura verdad era que ya se estaba pasando con tanto salir y volver a meterse en su escondrijo como una vulgar comadreja.
Volvió a sentarse a mi lado y bebió despacio, quizá planificando la mejor manera de continuar el relato de los sucesos acontecidos en la casa grande que pensaba revelarme. Y yo esperé pacientemente que se decidiera a hablar otra vez, acomodándome en el asiento para no perderme detalle. Y Amalia me contó que, al año de casados, don Amadeo y doña Adela tuvieron una hija, cuyo parto casi le cuesta la vida a las dos mujeres y por eso le pusieron el nombre de la santa del día de su nacimiento. Clara, en honor de la santa, por si acaso por su intercesión se salvaran madre e hija. La niña colmó la felicidad de la madre y de la abuela, doña Regina, pero a don Amadeo le hubiera gustado más que afuera varón en lugar de hembra y le costó algún tiempo ver a la niña con ojos de amoroso padre. 
Y al año siguiente el destino vino a satisfacer el deseo de don Amadeo por ver la continuidad de su estirpe asegurada y su mujer dio a luz un precioso niño al que le pusieron el nombre de su abuelo materno, el noble señor que mayor numero se tierras poseía en toda la comarca. La criatura fue el centro de atención de la vida de la casa grande desde su nacimiento y relegó a un segundo plano a su hermana Clara, que no sólo crecía hermosa y sana, sino además era lista y con una entereza en su carácter que ya la quisieran muchos hombres destinados a mover el mundo con sus actos. Y la niña quería a su hermano y no se sentía desplazada por él en el afecto de sus padres y menos de su abuela, pues ésta adoraba a esa nieta que le recordaba sus años mozos y mostraba una manera de ser muy similar a la suya. Aunque sus ojos y esa particular manera de mirar la tuviese el nieto y no la niña. Ambas eran mujeres fuertes en contraposición a la blandura y la docilidad de doña Adela, que vivía sometida a la voluntad y deseos del marido sin hacer valer su criterio para nada. Y él abusaba de sus privilegios de esposo y la tenía literalmente metida en un puño. 
Amalia tomó brío en su relato y dijo: “Clara siempre fue una persona que no se dejaba influenciar demasiado por nadie y mantenía sus propios criterios respecto a casi todo; y en particular sobre cuestiones como la amistad. Así, aun en contra de la opinión de don Amadeo, al que no le gustaba que sus hijos anduviesen con niños de inferior clase social que la suya, Clara pronto hizo buenas migas conmigo y nos elegimos mutuamente como amigas. De esas amigas que se cuentan todo y saben disfrutar juntas de las cosas más sencillas, pero que a la larga son las que mejores recuerdos nos dejan en esta vida. Solíamos jugar más en mi casa que en la suya, porque yo no iba a la casa grande si estaba allí don Amadeo. Cosa que ocurría con frecuencia, dado que se ausentaba oficialmente por negocios, pero más tarde se rumoreaba que mantenía una querida en la ciudad...... Bueno, tanto entonces como ahora esas cosas eran y son frecuentes entre los hombres de cierta posición. Y hasta en algunos casos con ello les hacen un favor a sus mujeres oficiales, pues no todas están enamorados de sus maridos, o la pasión ya se apagó con el tiempo, y no les resulta un plato de gusto soportar encima de ellas el peso de la barriga del hombre que les cayó en suerte, aunque sólo sea de pascuas a ramos”. Y Amalia hizo otra pausa para tomar otro trago de agua pasándolo por su garganta con demasiado parsimonia para mi ansiedad y prisas por llegar al meollo principal del tema con el que me tenía ensimismado. 
Y la azucé para que continuase y ella me miró sonriente y me recordó que las prisas nunca eran buenas para nada y menos para digerir bien las cosas. Pero prosiguió contando esos recuerdos de su infancia y juventud. Y me dijo: “Clara y yo fuimos las mejores amigas del mundo y nos queríamos a rabiar desde niñas. Y en honor a la verdad he de decirte que tanto doña Regina como doña Adela fueron nuestras cómplices y no sólo encubrían nuestra amistad ante el señor de la casa grande, sino que veían bien que Clara compartiese sus juegos e ilusiones conmigo; y hasta no ponían reparos para que fuésemos solas a bañarnos en el río cuando ya estábamos al final de la niñez..... Lo pasábamos en grande las dos, pero siempre teníamos que soportar al hermano que la tenía tomada con nosotras y gozaba tirándonos del pelo llamándonos cursis, o metiéndose en nuestros juegos para chafarnos la diversión. Era un plasta, como decís ahora. Y nos seguía hasta el río sin que nos diésemos cuenta. Y cuando estábamos en el agua buceaba para agarrarnos por los pies y hundirnos para que tragásemos agua. Nos parecía un completo cafre aquel niño, pero entonces no nos dábamos cuenta que se sentía solo y se celaba de nuestra complicidad. Se creía con derecho a ser el centro de nuestra atención y al ver que lo dejábamos a un lado se revolvía y pretendía hacernos la vida imposible con el único fin de llamar la atención. Muchas riñas se llevó a causa de sus travesuras, porque la abuela no le consentía que fuese tan incordiante. Y la madre, más complaciente con su hijo, le permitía más cosas, pero también le regañaba cuando se pasaba con nosotras dos”.
Y se hizo otra parada en el relato. Y esta vez no dije nada y aguardé con paciencia que Amalia retomase el hilo de la historia. Y continuó: “Así fue la relación entre nosotras y con su hermano durante la niñez. Pero al llegar a la adolescencia él cambió de pronto. En un solo día se produjo su transformación. De ser un niño se convirtió en un muchacho ante mis ojos. Un chico guapo y derecho como un junco que tenía en su cuerpo la flexibilidad del mimbre....... Clara y yo estábamos en el río a media tarde, charlando de nuestras cosas, y sin advertir su presencia ella me propuso darnos un chapuzón desnudas. Y a mí, que no hacía falta que me insistiesen en cosas de ese tipo, me adelanté a ella en quitarme el bañador y correr hacia el agua. Pero apareció él. Surgió de entre unas matas sin nada que tapase su cuerpo y me quedé parada en seco sin poder dejar de mirarlo. Lo vi tan hermoso y tan cambiado que no pude decir ni una palabra. El niño de ayer era un joven que me dejó sin respiración y me hubiera cortado el hipo de haberlo tenido en ese momento.......  Clara le llamo guarro y cubriéndose el pecho con el bañador le gritó para que se marchase. Pero él no se movió ni se cubrió con las manos el sexo y yo sentí un sudor por mi espalda que me paralizó”. Y la mujer le dio otro sorbo al vaso de agua y esta vez no pude reprimirme y le atosigué para que hablara. 
Y ella habló no para mí sino para ella misma: “Nosotras éramos dos adolescentes agraciadas, por no decir bellas. Pero él me pareció el joven más guapo de la tierra y aquel cuerpo me impresionó y se grabó en mi alma dejándola tocada para siempre. Y al ver sus ojos grises observé un brillo distinto y me di cuenta que su gesto y su cara eran diferentes también. No me miraba como lo había hecho hasta el día anterior. Parecía otra persona y su chispa maliciosa de antes se tornaba en una mirada profunda e incluso dulce........ Entonces, lejos de avergonzarse de su desnudez, se acercó a mí y cogiéndome de la mano me dijo que corriese con él hasta el agua para nadar juntos...... Y yo obedecí y me fui de su mano como una cordera. Clara se enfadó conmigo y me llamó tonta, pero no tardó ni diez minutos en seguirnos y venir a refrescarse en la frialdad de aquel río que a partir de entonces sería testigo de algo más que de la simple amistad entre tres jóvenes con ansias de vivir”. 
Y Amalia se calló otra vez y al insistirle para que continuase me dijo que estaba demasiado cansada para seguir contándome más cosas. Que lo dejásemos para el día siguiente y me prometía terminar de contármelo todo cuando fuese a verla por la tarde. Me sentí como si me quitasen algo muy importante o me abandonasen en medio de un gentío en plena plaza pública. Pero noté que Amalia estaba sudando y, sin embargo, daba la impresión que un hondo escalofrío sacudía su cuerpo por dentro como si estuviese helada. Hasta su cara palideció y, muy a mi pesar me despedí y me marché de su casa. Y nada más dar unos pasos por el camino, oí la voz de Alfredo a mi espalda y poniéndome una mano en el hombro me dijo como si no se hubiese separado de mi lado en todo ese tiempo: “Te acompaño hasta el puente como te prometí......... Y mañana te espero en mi casa para volver al río”.